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Miguel del Pino

Tramposos del clima

Mientras algunos se dedican a difundir crisis y catástrofes imaginarias, vamos a intentar entender las bases del funcionamiento del carbono.

Miguel del Pino
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Mientras algunos se dedican a difundir crisis y catástrofes imaginarias, vamos a intentar entender las bases del funcionamiento del carbono.
La joven sueca Greta Thunberg. | EFE

Con la llegada de la Cumbre del Clima a Madrid nos vamos a saturar de comentarios sobre crisis, catástrofes, reales o imaginarias, consejos para salvar el planeta y exaltaciones del carácter mesiánico de los consejos de Greta Thunberg. Mientras se deshiela el Ártico y los osos polares tratan de ponerse a salvo, vamos nosotros a tratar de entender las bases del funcionamiento del carbono en la naturaleza: el dióxido de carbono atmosférico, el gran denostado, es la principal fuente de carbono en el ecosistema Tierra.

La energía fluye a través de los ecosistemas disipándose en unos pocos saltos entre unos seres vivos y los siguientes en la famosa cadena trófica; se gasta porque cada uno de los seres vivos por los que pasa va consumiendo lo que necesita, de la hierba a los herbívoros, de los herbívoros a los carnívoros, de estos a los descomponedores y al final, la cantidad de energía que el ecosistema recibió procedente del sol, se ha gastado en tres o cuatro pasos.

Con los elementos químicos no ocurre lo mismo: no se gastan sino que pasan de unos a otros para volver finalmente al punto de partida: la energía fluye y se gasta. Los elementos pasan de unos a otros y terminan por reciclarse. Así sucede en el ciclo del carbono.

Algunos seres vivos hicieron trampa

El ciclo del carbono en la Tierra pertenece al grupo de los llamados atmosféricos, ya que la reserva del elemento que se encuentra a disposición de los seres vivos se encuentra en la atmósfera, en este caso en forma de dióxido de carbono. Allí se acumuló procedente de la desgasificación de la atmósfera primitiva a partir de las emanaciones de los volcanes.

También, definiendo ahora el fenómeno desde otro punto de vista, se trata de un ciclo cerrado, ya que a efectos prácticos puede considerarse que todo el carbono que pasa de la atmósfera a los seres vivos terminará por volver a ella sin pérdidas significativas a través de su paso por la vida.

La fijación por fotosíntesis

El carbono pasa de la atmósfera a los seres vivos fundamentalmente gracias a la fotosíntesis, un proceso que podemos definir como síntesis de materia orgánica a partir de materia inorgánica gracias a la energía solar captada por la clorofila.

Éste es el gran milagro de la vida: la materia orgánica encierra mucha más energía que la inorgánica, de manera que para pasar de ésta a aquélla es necesario que se produzca un aporte de la diferencia entre ambas, y el donante es el sol, pero sólo los vegetales verdes (con clorofila) saben captarla y almacenarla en forma de materia viva, es decir, de carbono vegetal (hay alguna excepción, como la que suponen los seres quimiosintéticos, pero en nuestro planeta actual es minoritaria).

Una vez que las plantas han fijado en sus tejidos el carbono atmosférico, el resto de los pasos son muy sencillos, ya que se limitan a la asimilación del carbono por parte de los animales herbívoros que comen plantas, de éstos a los carnívoros y ya tenemos el carbono en lo más alto de la cadena trófica.

Las vías de vuelta a la atmósfera

Ni las plantas ni los animales nos convertimos en dueños del carbono: sólo lo tenemos "prestado" y las leyes del ecosistema nos obligan a devolverlo a la atmósfera, de donde había partido. Las vías de devolución son dos, la respiración y la descomposición después de la muerte, y así viene ocurriendo desde los comienzos de la historia de la vida.

El CO2 que espiramos, los vertebrados terrestres por pulmones, los acuáticos por branquias, y en definitiva cada uno según el diseño de sus aparatos respiratorios respectivos, se produce como resto del metabolismo. Los alimentos carbonados se descomponen en energía, calor y finalmente el gas carbónico que emitimos como residuo. También hay otras formas de devolución, como el famoso metano que contienen los gases intestinales del ganado, del que tanto se viene hablando, en ocasiones con supuesta comicidad escatológica.

La descomposición de los cadáveres es la segunda forma de devolución a la atmósfera del carbono acumulado en nuestros tejidos. En este caso los procesos son bacterianos, pero al final todo debería volver a su fuente de destino, la atmósfera. Lo que ocurre es que, a lo largo de la historia de la vida, algunos hicieron trampa. Vamos a aclarar cómo se las arreglaron para conseguir quedarse con el carbono en sus organismos.

Los "tramposos" que fosilizaron

En determinados momentos y circunstancias de la historia de nuestro planeta, algunas masas de cadáveres de seres vivientes se acumularon y fosilizaron sin que se produjera la descomposición de sus restos; nos referimos a los procesos de formación de los depósitos de carbón, petróleo y otros productos naturales en los que la humanidad descubrió hace apenas tres siglos su potencialidad como combustibles, es decir, como susceptibles de ser quemados para aprovechar la energía del carbono que debieron devolver a la atmósfera al morir y no lo hicieron al quedar sepultados y sin oxígeno. Había nacido la revolución industrial.

Lo que el hombre ha hecho en los poco más de doscientos años de dicha revolución es devolver bruscamente a la fuente atmosférica lo que debió haber sido retornado a la misma durante millones de años. la Tierra dispone de mecanismos para volver a reciclar lo que le estamos enviando de forma tan brusca, pero ¿cuánto tardará en hacerlo? Aquí comienzan las especulaciones, ya que es imposible determinarlo con exactitud. ¿Treinta mil años quizá? Está claro que hemos sido unos derrochadores, pero en disculpa de nuestros tatarabuelos digamos que así heredamos el progreso y sus conquistas: el frigorífico, el automóvil, la luz eléctrica, y tantas y tantas otras maravillas que habrán amargado la infancia de Greta Thunberg, pero no sólo ha alegrado la de otros muchos niños, sino que incluso les han permitido sobrevivir a desastres como la mortalidad infantil, el frío o el hambre.

Pero reconozcamos que nos hemos portado como un monito jugando con un revólver y que ha llegado el tiempo de no derrochar y de buscar fuentes energéticas. ¿Se habla de ello en la próxima Cumbre de la Tierra o nos limitaremos a escuchar lecciones de demagogos, iluminados, mentirosos o caraduras? Pronto lo veremos.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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