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Pablo Molina

Pero, ¿hubo alguna vez 20.000 ultraderechistas?

Entre los verdaderos ultraderechistas y la ultraizquierda debiera haber un sentimiento de camaradería instintivo. Que se junten para discutirlo y a los demás, a los que no somos socialistas ni pardos ni negros, que nos dejen en paz.

Pablo Molina
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La extrema derecha, o mejor, la derecha extrema, por atenernos al canon actual del progresismo para definir a sus adversarios ideológicos, no puede ser una categoría política porque resulta imposible definir su esencia. Ocurre exactamente igual que con el "centro", un concepto geométrico y por tanto inservible para caracterizar el contenido ideológico de una opción política.

De hecho se da la paradoja de que lo que podríamos denominar como ultraderecha clásica no es otra cosa que un socialismo nacionalista y, por tanto, mucho más cercano a las tesis habituales de la izquierda para ordenar la sociedad que a lo que identificamos con la derecha política contemporánea.

La izquierda utiliza el espantajo de la derecha extrema no con intención de describir a un rival –en realidad un socio con el que comparte muchas ideas–, sino para denigrar a la derecha política situándola extramuros de la democracia. Para la izquierda, cualquier ciudadano que se atreva a poner en cuestión sus dogmas es sospechoso de veleidades ultraderechistas o proclive al fascismo, otra categoría política deformada por el cotarro político-mediático, incapaz de entender que para ser fascista es imprescindible ser primero socialista, circunstancia que no concurre en las personas que tienen ideas compatibles con la tradición liberal y conservadora.

En todo caso, si existiera en España de forma perceptible, la extrema derecha sería una opción tan admisible como el comunismo, que incomprensiblemente todavía pervive en el panorama político de las sociedades libres a pesar de que busca expresamente su destrucción. Pero el caso es que no hay en España un partido político nacional-socialista de importancia, más allá de las coaliciones puntuales que ahorma precisamente la socialdemocracia cuando necesita alcanzar el poder, otra contradicción de la que el PP, lamentablemente, no extrae el abundante rédito político que podría proporcionarle en la opinión pública

El Gobierno y sus terminales mediáticos están plenamente satisfechos con la propagación del estrambote ultraderechista para justificar la desafección popular hacia ZP, todavía muy inferior a lo que el personaje merece. Tal vez lo que buscan es que en una próxima convocatoria callejera aparezcan los comandos llamados "antifascistas" para dar una paliza a los contribuyentes que mantienen sus cuchipandas acusados de ultraderechistas, en cuyo caso, huelga aclararlo, la culpa será de las víctimas.

Y el caso es que entre los verdaderos ultraderechistas y la ultraizquierda debiera haber un sentimiento de camaradería instintivo. Que se junten para discutirlo y a los demás, a los que no somos socialistas ni pardos ni negros, que nos dejen en paz. El Gobierno el primero.

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