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Pablo Molina

Y los votantes, ¿qué?

Rivera tiene la opción de pactar con sus aliados naturales o hacer caso a Valls y echarse en brazos del PSOE.

Pablo Molina
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Los tres partidos que disputan a la izquierda la primacía en ayuntamientos y comunidades andan azacanados en sus conversaciones para tratar de formar Gobiernos liberal-conservadores en las instituciones donde suman mayoría.

La principal dificultad para llegar a acuerdos es la negativa de Ciudadanos a que Vox tome parte en los Gobiernos resultantes de esas negociaciones. Rivera cree que el mero contacto con los de Abascal provoca un contagio indeleble que infectaría de ultraderechismo a su partido y desvirtuaría su programa político, consistente como es bien sabido en que en Ciudadanos se opina y se hace lo que convenga al Gran Líder en cada momento.

Los dirigentes del partido naranja asumen sin rechistar el mandato de Manuel Valls, un señor que juró fidelidad a la Constitución de la V República Francesa y acaba de hacer alcaldesa a Ada Colau, a la que dedicó un aplauso puesto en pie. Valls dijo que a Vox ni agua y, a pesar de que en el partido han roto con él, sus órdenes siguen teniendo plena vigencia.

Los dirigentes de PP, Cs y Vox insisten en que actúan movidos por el interés de sus respectivos votantes, que el 26-M les dieron un claro mandato que cada uno interpreta a su manera. Pero ¿qué dicen esos votantes? A primera vista, no parece que los que votaron al PP deban tener reparos a que Vox entre en los Gobiernos autonómicos en función de su representación, exactamente igual que su partido ha ofrecido a Ciudadanos. Los que votaron a Vox, desde luego, lo hicieron para que sus candidatos tuvieran la mayor influencia política posible durante la presente legislatura, y para eso, qué duda cabe, es necesario tener alguna capacidad ejecutiva.

Así pues, el dilema está en Ciudadanos, un partido de aluvión cuyos votantes se debaten entre el miedo al PSOE y el desprecio al PP, al que Rivera y compañía iban a desbancar del liderazgo del centro-derecha español pero que les ha sacado un millón de votos en el último ciclo electoral.

Pero un acuerdo a tres bandas en el que dos partes están de acuerdo carga sobre el tercero en concordia la responsabilidad de que las negociaciones lleguen a buen puerto. Rivera tiene la opción de pactar con sus aliados naturales o hacer caso a Valls y echarse en brazos del PSOE. Para lo segundo hay que buscar un culpable, el partido de Abascal, al que acusan de intolerante cuando lo único que busca es defender el interés legítimo de los que le entregaron su confianza. La cerrazón de Vox obligaría a Rivera a pactar con el PSOE para evitar la repetición de elecciones en comunidades como Madrid o Murcia. Todo parece indicar que los tiros van por ahí.

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