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Pablo Planas

Buena y mala gente en Cataluña

Ni olvidan ni perdonan los nacionalistas, y además señalan a la gente.

Pablo Planas
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Ni olvidan ni perdonan los nacionalistas, y además señalan a la gente.
El supremacista Lluís Llach | EFE

El nacionalismo siempre ha diferenciado entre buenos y malos catalanes en razón del origen, la lengua, las costumbres y las inclinaciones electorales. Para el pujolismo, un buen catalán era alguien implicado en la erradicación del idioma español, consciente de la inferioridad genética del hombre andaluz, propenso a la exaltación melancólica de las danzas y gastronomías autóctonas, seguidor del Barça y votante de partidos de obediencia catalana, nada de sucursales o delegaciones de formaciones de "Madrit".

Según la teórica nacionalista, ser un buen catalán implica ser una buena persona, por lo que es imposible ser una buena persona si a la vez no se es un buen catalán. Para los nacionalistas es una cosa meridiana, como que el sol sale por oriente y los días tienen 24 horas. De hecho, ni siquiera se contempla la posibilidad de que un mal catalán o un catalán defectuoso sea una buena persona. Imagínense lo que el catalanismo piensa de los catalanes que se sienten españoles o de los residentes en Cataluña que no se sienten catalanes.

El pasado sábado por la noche, la televisión del régimen nacionalista TV3 entrevistó a la golpista Dolors Bassa, exconsejera de Trabajo de la cuerda de ERC y presa en una cárcel de Figueras. En el plató, la dirigente de los podemitas de Cataluña Jéssica Albiach se dejaba llevar por el sentimentalismo y se volcaba en elogios a Bassa, mujer y de izquierdas como ella misma, e injustamente encarcelada en su opinión.

Las redes sociales infestadas por el separatismo reaccionaron de inmediato contra Albiach, una botiflera (traidora) que tuvo la osadía de votar que no el día en que en el Parlamento regional de Cataluña se proclamó la independencia. Lluís Llach, el cantante afónico, se hizo eco de los tuits del odio. "Lo siento, no lo puedo olvidar", era el encabezamiento del mensaje de Llach con las imágenes de Albiach enseñando su voto de aquel día. Ni olvido ni perdón, remachaban los seguidores del exdiputado que ahora dirige un comité que redacta la enésima Constitución catalana.

Albiach es una decidida partidaria de la reedición del tripartito entre socialistas, comunistas y ERC, coalición con la que también fantasean en el PSC a pesar de que Junqueras ya le ha dejado claro a Iceta que le considera responsable de su encarcelamiento y poco más o menos que un ser infecto incapaz de mirarle a los ojos y culpable de que sus hijos crezcan sin la presencia constante del padre. A ese punto de inquina llega el santurrón que preside ERC y tiene línea directa con el obispo Omella.

Ni olvidan ni perdonan los nacionalistas, y además señalan a la gente. Así, mientras Llach marca a Jéssica Albiach, el secretario y hombre de confianza de Junqueras, Sergi Sol, escribe artículos sobre quién es la "buena gente" en Cataluña, gente que luce el lazo amarillo, decora sus balcones con esteladas y pancartas y contribuye con un mínimo de doscientos euros a sufragar las fianzas de los dos últimos cargos de ERC imptados por el golpe de Estado, el negociador con el Gobierno Josep Maria Jové y Lluís Salvadó, un tipo que dijo que para ser consejera de la Generalidad valía con tener las tetas gordas.

Así es que por eliminación, los que no llevan lazo ni pagan son mala gente. Por no hablar de quienes creen y lo cascan que los golpistas se merecen la cárcel y que aún han tenido suerte porque ni les han condenado por rebelión y encima ya disfrutan de permisos diarios para salir a trabajar. Esos directamente no tienen ningún futuro en Cataluña. Son muertos en vida, cadáveres sociales.

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