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Pedro Fernández Barbadillo

El Conservador, el partido de los trabajadores

La magnitud de la revolución política que estamos viviendo en Europa y América se comprende cuando observamos el cataclismo del sistema de partidos en el Reino Unido.

Pedro Fernández Barbadillo
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La magnitud de la revolución política que estamos viviendo en Europa y América se comprende cuando observamos el cataclismo del sistema de partidos en el Reino Unido, el más estable del continente europeo durante décadas. Tres elecciones parlamentarias en cinco años y partidos que aparecen y desaparecen como llamaradas.

Nigel Farage, que consiguió la victoria en el referéndum del Brexit, abandonó su partido, el UKIP, como el general que regresa a su hogar después de una guerra; pero a principios de año fundó otro nuevo, el Partido del Brexit. En unos meses, lo levantó y lo convirtió en el primer partido en las elecciones al Parlamento Europeo, con un 30% del voto y más de cinco millones de sufragios. Ahora, en cambio, no ha alcanzado ni el millón.

Esta revolución comenzó con el triunfo de la socialdemocracia después de la caída del Muro: economía financiera vinculada al Poder, ideas progresistas y un partido único. El ejemplo es Alemania, donde, voten lo que voten los alemanes, siempre gobierna Angela Merkel. Esta estructura, en que las oligarquías políticas, intelectuales y empresariales se reparten el Gobierno y los negocios, empezó a desmoronarse con la Gran Recesión de 2008. El malestar popular y el desapego a los políticos y a lo políticamente correcto se manifestaron en el referéndum del Brexit de 2016. En otras naciones europeas, el impulsor político fue la inmigración descontrolada del año anterior, promovida de manera absolutamente irresponsable por Merkel; en España, algo más tarde, la cuestión nacional, debido al golpe de Estado catalanista; y en el Reino Unido, la salida de la Unión Europea, donde el país estaba a medias (ni ha usado el euro ni se ha adherido a Schengen).

La primera sorpresa consistió en que numerosos distritos obreros que eran seguros para los laboristas en las elecciones desde hacía años votaron a favor del Brexit, promovido, según la caricatura, por nostálgicos de la grandeza británica. No sirvieron de argumento a favor del Remain las transferencias de fondos comunitarios que muchos de esos distritos reciben.

Luego, el Partido Laborista acabó en manos de un político profesional de extrema izquierda, Jeremy Corbyn, diputado desde 1983. Los militantes laboristas se desprendieron del programa de Tony Blair y Gordon Brown, que permitió al partido ganar tres elecciones seguidas desde 1995. La moderación política y la aceptación de las reformas económicas introducidas por la liberal Margaret Thatcher han sido eliminadas del partido socialista, que ha regresado a los años de Michael Foot.

El Partido Conservador cayó en una serie de conspiraciones y guerras internas que han estado a punto de dividirlo, con tres líderes en cinco años. Sin embargo, el actual, Boris Johnson, ha dirigido a los conservadores a una victoria brillante, con unos cuarenta escaños por encima de la mayoría absoluta. Su programa se ha reducido a la aplicación del Brexit y, para sorpresa de los socialistas de todos los partidos, ha bastado. Casi catorce millones de votos, un número que no captaba el partido vencedor desde 1992, en otra victoria conservadora.

No subsidios, sino identidad

Los laboristas invocaron las maravillas de la sociedad multicultural, prometieron la subida de impuestos ‘a los ricos’ para pagar inversiones en la sanidad, los transportes y la educación, y denunciaron la precariedad y la falta de empleos bien remunerados. Semejantes propuestas recibieron tal rechazo incluso en los distritos obreros que Corbyn ha obtenido el peor resultado (en escaños) de su partido desde 1935. Hasta Foot sacó en 1983 unos cuantos escaños más.

La identidad, de nuevo, demuestra que constituye el principal atractivo de los pueblos, y más en estos tiempos de globalización y desconcierto. El lema de los brexiters de recuperar el control de la política y la vida ("take back control") por el pueblo ha calado en la sociedad, de arriba abajo, y ha penetrado en todas las clases sociales, salvo las privilegiadas.

Por tanto, el Partido Conservador está atravesando una transformación similar a la del Partido Republicano de EEUU. Ambos, vinculados (a veces con exageración propagandística por parte de la izquierda y en otras con parte de razón) con los ricos, se han convertido en formaciones que captan a millones de ciudadanos de las clases trabajadoras e incluso de quienes malviven del Estado de Bienestar. Éste último se consideraba antes un grupo social monopolio de los partidos socialdemócratas.

A pesar de ello, se mantienen diferencias muy importantes, pues Trump ha sustituido el credo en el libre comercio del Partido Republicano por el proteccionismo, cosa que no ha sucedido en el Partido Conservador. Pero lo destacable es que los dos partidos ya no pueden ser identificados como el brazo político ni de Wall Street ni de la City londinense. En cierto modo, empiezan a parecerse, en cuanto al origen de su electorado, al Frente Nacional francés y la Liga italiana.

El último episodio en el desmoronamiento del tradicional sistema de partidos británico es el fortalecimiento del nacionalismo escocés. En unos pocos años, desde que Tony Blair, en una de las medidas más estúpidas de su Gobierno (como los tres referendos convocados por el conservador David Cameron), concedió en 1997 la autonomía al antiguo reino y a Gales, Escocia ha pasado de ser un feudo del laborismo a un fortín del independentismo. Una de las consecuencias electorales es que los laboristas se están convirtiendo en tan marginales como los conservadores.

De mantenerse estas dos tendencias, el afianzamiento del SNP y la penetración de los conservadores en las circunscripciones obreras, el laborismo tendrá muy difícil obtener una mayoría en el Parlamento en los próximos años.

¿Se producirá por fin la salida del Reino Unido de la UE? Dados la complejidad del Brexit y los intereses en evitarlo, el Reino Unido puede entrar en un bucle permanente que recuerde a la Italia de la posguerra: una sucesión de Gobiernos y elecciones sin que se arregle nada. Johnson y su camarilla pertenecen a la elite británica; se han graduado en Oxford y Cambridge; viven con holgura de sus patrimonios. Parece que estemos ante un retorno de los conservadores de las películas. Son un contraste con Matteo Salvini, que carece de título universitario y de apellido compuesto. Pero éste, Viktor Orban y Donald Trump están demostrando que son capaces de construir y gobernar. Por el contrario, en la práctica política, los nuevos conservadores están más cerca de los socialistas españoles.

Y mientras tanto, Estados Unidos y China se disputan el mundo.

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