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Pedro Fernández Barbadillo

Los otros 'impeachments'

Hasta este 'impeachment' a Donald Trump, sólo otros dos presidentes de Estados Unidos fueron sometidos a este juicio político.

Pedro Fernández Barbadillo
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Hasta este 'impeachment' a Donald Trump, sólo otros dos presidentes de Estados Unidos fueron sometidos a este juicio político.
El actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump | EFE

El filósofo liberal Karl Popper resumió todos sus pensamientos sobre la política en la siguiente frase: "Lo decisivo es únicamente la 'destituibilidad' del gobierno sin derramamiento de sangre".

Cuando los miembros de la Convención reunida en la ciudad de Filadelfia, aprobaron la figura del presidente, le dotaron de numerosos poderes, pero también de límites, para evitar el surgimiento de un déspota. Por ejemplo, en su complicada elección intervienen tanto los ciudadanos como los estados que forman la Unión, equilibrando los estados más poblados con los menos poblados. Y para impedir una influencia sobre el colegio electoral, los miembros de éste se reúnen en las capitales de sus estados, no juntos en la capital federal.

Estas precauciones se completaron con la posibilidad de un juicio por "traición, cohecho u otros delitos y faltas graves", que realizarían las dos Cámaras del Parlamento. Se trataba de dar al Legislativo la potestad de controlar la acción del presidente (y de otros cargos públicos) y hasta de destituirlo sin tener que recurrir a la violencia, como pasó en Inglaterra en los siglos XVI y XVII, cuando los reyes Tudor y Estuardo sometían el Parlamento a sus deseos hasta que uno de éstos se rebeló contra el monarca y estalló así una guerra civil.

El juicio político, que ha pasado a casi todas las lenguas europeas con la misma palabra usada en la Constitución estadounidense, 'impeachment', se divide en dos partes: la Cámara de Representantes decide el ‘impeachment’ de un funcionario y las culpas (artículos) por las que se solicita su destitución y traslada la decisión al Senado, que puede aprobar las responsabilidad del presidente y causar así su destitución por dos tercios de sus miembros presentes.

Hasta el miércoles 18, en que la Cámara de Representantes, dominada por el Partido Demócrata, aprobó el 'impeachment' contra Donald Trump, sólo otros dos presidentes fueron sometidos a este juicio político.

Johnson, un sudista en Washington

El primero fue Andrew Johnson (1865-1869), un senador demócrata sureño que en 1864 formó parte del ‘ticket’ del republicano Abraham Lincoln y al que el asesinato de éste elevó a la presidencia.

La Cámara de Representantes aprobó el ‘impeachment’ en febrero de 1868, con once artículos enumerando sus delitos. La destitución pasó al Senado y no se aprobó por un voto. La causa de este juicio residió en la oposición de Johnson a los planes de reconstrucción del Sur que tenían los republicanos, ya que el demócrata quería mantener a los negros subordinados a los blancos, retirar las tropas federales y restaurar las instituciones estatales.

Los republicanos abandonan a Nixon

Un siglo más tarde, en agosto de 1974, Richard Nixon (1969-1974) dimitió cuando quedó clara su obstrucción a las investigaciones de un fiscal independiente sobre la investigación del robo de documentación en las oficinas de Comité Nacional del Partido Demócrata, que incluyó la destitución de altos cargos del Ministerio de Justicia, como en la llamada ‘masacre del sábado noche’ de 1973. Los demócratas tenían la mayoría en las dos Cámaras, aunque en el Senado los 42 escaños republicanos podían deshacer el ‘impeachment’. Sin embargo, cuando numerosos senadores republicanos se declararon a favor de votarlo, cayó la última línea de defensa de Nixon y éste decidió renunciar. Su sucesor le indultó un mes después.

El proceso a Nixon y su dimisión, después de la mayor victoria electoral de un candidato a presidente en 1972 hasta Ronald Reagan en 1984, muestran que los ‘impeachments’ se producen más por luchas entre partidos que por traición al pueblo.

Clinton se salva en el Senado

El siguiente 'impeachment' lo sufrió el demócrata Bill Clinton (1993-2001), cuando los republicanos tenían mayoría en ambas Cámaras por primera vez en cuarenta años. En 1994, gracias a Newt Gingrich y su Contrato con América, se hicieron con la Cámara de Representantes, controlada por los demócratas desde 1955.

En diciembre de 1998, la mayoría de los diputados aprobó el pliego de cargos contra Clinton: un delito de perjurio y otro de obstrucción a la justicia, surgidos en la investigación del pleito por acoso sexual en la que Paula Jones fue la demandante. El Senado absolvió de ellos al presidente.

En las siguientes elecciones, las de 2000, aunque los republicanos ganaron la Casa Blanca retrocedieron en ambas Cámaras.

Llama la atención que el Parlamento de EEUU procese a presidentes por asuntos menores en comparación con implicar al país en guerras, por mentir en sus campañas electorales o por ser financiado por potencias extranjeras.

El golpe de Estado continuo contra Trump

Puesto que los demócratas saben que el Senado rechazará el ‘impeachment’ debido a la mayoría republicana, ¿a qué se debe su aprobación? El Partido Demócrata y sus patrocinadores (Hollywood y Wall Street) no aceptaron su derrota ante Trump. Un grupo de actores lanzó un vídeo en el que incitaba a los electores vinculados al Partido Republicano a que no votaran por Trump. También trataron de paralizar su presidencia con acusaciones que parecían sacadas del mccarthismo de que Trump era un agente de Moscú. ¿Qué diría la progresía mundial si la derecha se comportara de manera similar ante un presidente demócrata?

La explicación más obvia es que los demócratas pretenden desgastar a Trump al comienzo del año electoral 2020, en que el presidente se presentará a la reelección. La aprobación demuestra no sólo que a los demócratas les importa un comino la estabilidad institucional de EEUU y el prestigio de la presidencia, sino la debilidad de su miríada de candidatos para las elecciones presidenciales.

El control del Tribunal Supremo

Pero hay otra explicación, que abona la teoría sobre las maniobras del 'Estado Profundo' contra un presidente que se ha opuesto a sus manejos y sus negocios.

La juez del Tribunal Supremo federal Ruth Bader Ginsburg, tal vez el miembro más izquierdista de este órgano (ha apoyado todas las causas progres, desde la discriminación positiva y el control de armas al matrimonio homosexual y el aborto irrestricto), se encuentra muy enferma. A sus 85 años de edad, entra y sale de los hospitales. Su fallecimiento o su retiro daría a Trump la posibilidad de proponer a su tercer juez, algo insoportable para los progres, tanto más cuanto Barack Obama, en ocho años, nombró dos.

La feroz y cruel campaña de difamación contra el jurista Brett Kavanaugh, al que se acusó falsamente de violador, indica la importancia que la izquierda de EEUU concede al Tribunal Supremo, que en las últimas décadas, bajo dominio progresista, ha sancionado todas las causas gratas a Hollywood.

Un reparto de los nueves jueces de la SCOTUS, cuyos cargos son vitalicios, entre seis ‘conservatives’ y tres ‘liberals’, detendría el activismo judicial (en España conocido como interpretación alternativa del Derecho) durante varias décadas y sería un ejemplo para el resto del mundo, sobre todo América y Europa. Si Trump está procesado, los demócratas tratarán de detener cualquier nombramiento de importancia, como el de un nuevo magistrado.

Ya ha dicho la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosy, que no va a remitir al Senado el pliego de cargos mientras ella no tenga la garantía de que se va a realizar "un juicio justo" a Trump. Es decir, o se le condena o la anciana política californiana no lo aceptará.

Todo lo anterior justifica que el presidente Trump haya tuiteado el siguiente mensaje: "Lo cierto es que ellos no van a por mí, sino a por ti. Yo sólo estoy en medio".

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