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Rafael L. Bardají

Margallo y Palestina: una proposición indecente

Cuando un europeo se proclama "amigo de Israel" es para echarse a temblar. Y el caso del ministro de Exteriores no es una excepción. Todo lo contrario.

Cuando un europeo se proclama "amigo de Israel" es para echarse a temblar. Y el caso del ministro de Exteriores no es una excepción. Todo lo contrario.

El 18 de enero de 2012, recién estrenado como ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo se ofreció a dar el discurso de bienvenida de los premios Samuel Hadas, organizados por la embajada de Israel en España y que se entregaban en la sede del Gobierno regional madrileño. Abrió su discurso con el tradicional "Yo soy un gran amigo de Israel", declaración que teóricamente estaba muy bien, pero que, a juzgar de algunos de los asistentes, estropeó al añadir: "Yo no pido el boicot a Israel". Faltaría más que un miembro de nuestro Gobierno se alineara con las tortuosas e injustas campañas que aspiran a hacer de Israel un Estado paria y de los judíos los leprosos del siglo XXI.

Pero la verdad es que cuando un europeo se proclama "amigo de Israel" es para echarse a temblar. Y el caso del ministro de Exteriores no es una excepción. Todo lo contrario.

Este martes se discute y vota una proposición no de ley en el Congreso de Diputados, presentada por el grupo socialista, que reclama del Gobierno el reconocimiento inmediato del Estado palestino. Hasta anteayer, la posición oficial de España era, en palabras del propio Margallo, que ese reconocimiento sólo de produciría si dicho acto supusiera una contribución al proceso de paz entre israelíes y palestinos. Sin embargo, este fin de semana se ha autocorregido y ha anunciado que España reconocerá al Estado palestino "cuando exista el convencimiento de que la negociación no avanza".

Si la frase recogida por varios medios y comentaristas es exacta, sólo me cabe concluir que nuestro ministro de Exteriores es un clamoroso ignorante, un manipulador indecente o un cobarde político. O todo a la vez.

Por partes. Pensar que reconocer el Estado palestino hoy puede contribuir a alcanzar un acuerdo de paz mañana significa desconocer tanto el pasado de las conversaciones como la realidad actual y las perspectivas de futuro. Significa no saber nada de lo que se cuece en la zona, de hecho. Si las conversaciones están estancadas actualmente se debe, en gran medida, a que los líderes palestinos han elegido el camino de la unilateralidad y no el de la negociación. Quieren imponer desde fuera de la mesa de negociación lo que no quieren discutir en ella. No fue Israel quien rechazó el generoso acuerdo marco pergeñado por el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, sino la llamada Autoridad Palestina (como no fueron Ehud Barak ni Ehud Olmert quienes huyeron de un acuerdo en su día, sino Arafat y el mismísimo Abás).

Por tanto, reconocer unilateralmente el Estado palestino no favorece la paz sino que premia a unos dirigentes que se niegan a sentarse con el Gobierno de Jerusalén para poder mantener unas negociaciones serias. Es más, fortalece a aquellos más radicales que sólo creen en la fuerza y no en la negociación. Al fin y al cabo, estarían logrando lo que quieren gracias a los useful idiots (por usar una expresión de Lenin, ahora que vuelve a estar de moda en España) de los europeos.

Una medida poco eficaz porque premia a unos, quienes no quieren negociar, y lógicamente castiga a otros, a quienes defienden el camino de Oslo, a saber, que el acuerdo para una paz duradera sólo puede nacer del acuerdo entre las partes. De la negociación. Eso es lo que ayer recordó el homólogo alemán de García Margallo en Jerusalén, el socialista Frank-Walter Steinmeyer. Claro que seguro que nuestro Gobierno habrá estado muy ocupado con la independencia de Cataluña y no habrá tenido tiempo de leerle.

En segundo lugar, es una indecencia y una inmoralidad querer presentarse como un actor imparcial o mediador que no quiere favorecer a una de las partes, cuando de hecho eso es lo que se busca. El ministro español puede ignorar si quiere lo que ocurre en realidad sobre el terreno, pero no puede hacer la vista gorda a algunos detalles nada irrelevantes. Como por ejemplo, que la fuerza de sus palabras no van a significar que el aclamado Estado palestino nazca de la noche a la mañana y que, de hecho, es una declaración simbólica de castigo a Jerusalén. Así de claro. No sé si a Margallo le gustaría que Obama le azotase por no lograr recuperar Gibraltar, pero básicamente eso es en lo que él está cayendo en este tema.

Es más, Margallo no puede dejar de lado el hecho de que el actual Gobierno palestino está basado en un acuerdo y cuenta con el apoyo explícito de un grupo, Hamás, que está designado por su querida UE como una organización terrorista. Un grupo que por sus acciones terroristas, indiscriminadas y genocidas debería ser llevado al Tribunal Penal Internacional. Si no fuera por la colaboración existente entre Israel y la Autoridad Palestina, Hamás estaría hoy gobernando Cisjordania (o Judea y Samaria). ¿Es que nuestro ministro ama tanto al Estado palestino que poco le importa si está regido por terroristas, no es democrático o se cimenta en la corrupción familiar? Dada la generosidad con la que promete nuestro dinero, me gustaría escuchar una respuesta.

Finalmente, puede que sus declaraciones respondan únicamente a una táctica política de acercarse al PSOE, que no crea en nada de lo que dice y que sus palabras estén al servicio de un horizonte electoral que se augura problemático. Sería una pena. Una pena repugnante. En un momento en que todo el Oriente Medio está en llamas, donde nuestros vecinos del sur pueden caer bajo el influjo de los elementos yihadistas más radicales (no descuidemos que el califa del Estado Islámico ha acogido bajo su manto a organizaciones radicadas en Marruecos, Argelia y Libia), en que se aspira a dar una imagen de fortaleza a fin de doblegar la ambición nuclear de Irán… ¿es este el momento de abandonar al único aliado que tenemos en la zona? Sobre todo si es por asegurarse unos pocos votos o, aún peor, por no tener que oponerse al PSOE en el Parlamento.

Pues yo creo que sí es la hora de decirle no al PSOE; de decirle no a la demagogia antiisraelí; de decirle no al antisemitismo de la izquierda y la derecha españolas; de decirle no a los palestinos que nos encandilan mientras promueven intifadas a cámara lenta. Si de verdad el ministro Margallo quiere una paz entre israelíes y palestinos, lo que debería estar haciendo es denunciando la manipulación informativa, la incitación a la violencia, apoyando la lucha contra el yihadismo, incluido el palestino, y reforzando a quienes quieren el diálogo y no premiando a los enemigos de la conversaciones.

Pero no lo hará. Por una razón sencilla. La política exterior española sigue enraizada en las líneas maestras dibujadas por Zapatero. Véase Cuba y la próxima visita a la Isla de nuevo acercamiento al régimen. O Venezuela, donde sólo buscamos no ofender al impresentable de Maduro. No, desgraciadamente España no ha recuperado con el actual Gobierno el compás moral por el que votaron millones de españoles hastiados de Zapatero. Y por eso España reconocerá más pronto que tarde un Estado palestino que no existe ni va a existir y que con nuestras decisiones sólo complicaremos aún más que pueda llegar a ser algún día. El justo castigo que nos aguarda es que los palestinos reconozcan Cataluña. Nos lo tendríamos merecido.

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