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Ucrania, en manos del rey del chocolate

Son demasiadas incógnitas para que Poroshenko pueda permitirse el riesgo de no negociar con Moscú.

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¿Qué haría usted si tuviese 1.600 millones de dólares? Petro -o Piotr, si usted habla ruso- Poroshenko decidió ser el nuevo presidente de Ucrania. A sus 48 años, ha logrado el 55% de los votos y ha superado a la histórica Yulia Timoshenko. Poroshenko es un caso singular dentro de la casta de los oligarcas de la antigua URSS. Este partidario de Occidente –casi podría decirse que el único magnate que no ve en Rusia al aliado perfecto– hizo su fortuna en el negocio chocolatero –es dueño de la empresa Roshen, que produce más de 450.000 toneladas de dulces al año– y ha sufrido en sus propias carnes la dureza de una mala relación con Moscú, que prohibió la importación a Rusia de sus chocolates. Fue ministro de Comercio y Desarrollo Económico (2012) con Yanukóvich y de Asuntos Exteriores (2009-2010) con Yushenko. Tiene fama de conciliador y ha prometido solucionar el conflicto con los separatistas del este. En la campaña ha gozado del apoyo de Vitali Klitschko, el popular boxeador germano-ucraniano que se convirtió en uno de los líderes de Maidán. No le faltan, pues, credenciales nacionalistas.

La gran perdedora es Yulia Timoshenko, que ha obtenido el 13,2% de los votos y confió en que su aparición en loor de multitudes entre los manifestantes de Maidán la relanzaría como la salvadora de Ucrania frente a la agresión rusa. Se equivocó. El movimiento de Maidán ya no es como la Revolución Naranja, que la elevó al olimpo de los héroes proeuropeos. Al contrario, hay quien interpreta la victoria de Poroshenko como el cierre de la vieja etapa de la pareja Yushenko-Timoshenko. Nadie quiere volver a las tensiones de los conflictos del gas con Rusia (2005-2009).

Poroshenko hereda una situación dificilísima. Por lo pronto, en Ucrania Oriental las milicias continúan manteniendo escaramuzas más o menos violentas con el Ejército, que no se retira pero tampoco logra avanzar. Mientras escribo estas líneas, la aviación, apoyada por helicópteros, trata de recuperar el aeropuerto de Donetsk, que esta mañana ocuparon los prorrusos. Los corresponsales que informan desde Ucrania Oriental describen situaciones de paz, de combate o de calma tensa según la población donde estén. El Ejército ha atacado con morteros Slaviansk y hay, por el momento, dos civiles muertos.

Desde Moscú, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha reiterado su disposición a dialogar con Kiev. Lavrov ha recordado que el propio Poroshenko describe las relaciones con Rusia como de la máxima importancia e insistido en su disposición al diálogo. Sin embargo, Moscú cree que lo adecuado es que cesen las operaciones militares en Ucrania Oriental. Mientras tanto, Poroshenko ha dicho que no ve razón para detener las operaciones en Donetsk y Lugansk. Los prorrusos lograron entorpecer el proceso electoral en las dos provincias, y sólo el 20% de los colegios electorales abrieron para la cita del domingo. En Donetsk la participación, según las cifras publicadas hasta ahora por la Comisión Electoral Central, apenas superó el 11% del censo. En Lugansk solo llegó al 17%. Punto arriba o abajo, es evidente que las elecciones no se han desarrollado con normalidad en Ucrania Oriental.

Kiev lleva varias semanas de ofensiva terrestre con apoyo aéreo y no ha logrado doblegar a los prorrusos. Por supuesto, el conflicto puede sufrir una escalada, y entonces se crearía un nuevo escenario. Una guerra abierta en Ucrania Oriental sería una línea roja para Moscú, que, sin duda, encontraría el modo de apoyar a los prorrusos como, por otra parte, viene haciendo de distintas formas. Si Poroshenko quiere jugar la baza de la moderación y el diálogo, tendrá que reducir la tensión para ser creíble y distanciarse de los nacionalistas radicales, que desde la caída de Yanukovich lucharon por una legitimidad que buena parte del país jamás les ha reconocido. Esto significa sentarse a negociar con los rebeldes y con Moscú.

Si las negociaciones fracasan, a Poroshenko le queda un plan B, que es indeseable pero quizás sea también imposible de evitar: la chipriotización de Ucrania, es decir, dar como un hecho consumado –pero no consentido- la pérdida del control de parte del país sin asumirla jurídicamente ni hacer renuncia alguna. El control de la parte oriental quedaría en manos de los rebeldes, que ya han manifestado su voluntad de incorporarse a la Federación Rusa. Esto podría llevar mucho tiempo. Ahí tienen el caso de Transnistria. Por supuesto, esto iría acompañado de un giro decidido hacia la Unión Europea por parte de Kiev y de un impulso a su incorporación a la esfera de influencia de Bruselas. Podría reformularse el Partenariado Oriental o incluso avanzar en la agenda de su incorporación a la Unión, como ya adelantó la resolución del Parlamento Europeo de 13 de enero de 2005 y recordó Durao Barroso en octubre del mismo año, al afirmar que el futuro de Ucrania está en la UE.

Sin embargo, un giro europeísta de Poroshenko podría interpretarse como un regreso a las consignas antirrusas de Maidán. Sin duda, Kiev tendrá que pensarlo dos veces antes de dar un paso que pueda verse condicionado por las medidas que Moscú tome como respuesta. Por otro lado, habrá que ver qué consecuencias puede tener para los países del sur de Europa una hipotética entrada de Ucrania en la Unión Europea. Son demasiadas incógnitas para que Poroshenko pueda permitirse el riesgo de no negociar con Moscú.

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