Vidas curiosas. La de Pedro Solbes ha transcurrido prácticamente toda en un despacho. Más monótona, menos esforzada que la de Martín Villa, pero no carece de mérito. Tras licenciarse por partida doble en Madrid (Políticas y Derecho) y aprobar las oposiciones a técnico comercial, con 25 años –faltaban siete para que falleciera el dictador–, ya estaba en la delegación en Valencia del Ministerio de Comercio. Cinco años después –dos antes de que muriera Franco–, estaba en Bruselas, de consejero comercial en la delegación española en el Mercado Común. Otro lustro allí, hasta que regresó en 1978 para, primero, asesorar a Calvo Sotelo, ministro de Europa, sobre asuntos europeos, quien más tarde lo ascendería a director general de Política Comercial. No queda muy claro en su biografía de EFE si fue Juan Antonio García Díez, sucesor de Calvo Sotelo cuando éste pasó a presidencia, quien lo elevo a director general Técnico de Economía y Hacienda o fue Miguel Boyer quien lo hizo secretario general técnico del mismo ministerio ahora con los socialistas. El hecho es que don Pedro no estuvo ni un día vacante con ninguno de los cambios de poder que ha habido en España desde 1968.
En 1985, secretario de Estado para las Comunidades Europeas, donde sucedió, recuérdese al actual presidente del Congreso. Hasta el 91 cuando ascendió a ministro de Agricultura. Dos años después, le encargaron que arreglara, en la medida de lo posible, los destrozos ocasionados por Solchaga a su paso por el ministerio de Economía y Hacienda, donde permaneció hasta que se acabaron los trece años y medio del felipismo. Pasó tres años como diputado de a pie hasta que le hicieron comisario de la UE en el 99. Que se sepa, no tiene carnet del partido socialista. El Estado siempre ha contado con él, fuera cual fuera el sistema o los gobernantes.
Solbes, pues, representa la socialdemocracia responsable, aquella que, de buena fe y mientras no se demuestre lo contrario, cree en el estado de bienestar sostenible, elástico, adaptable a las variaciones del ciclo como una membrana de caucho; y cuando explota, ya se sabe, se hace lo que se puede y al tiempo que se dice no se alzan los ojos: esto es lo que hay, cumplo instrucciones. A pesar de las notables diferencias en sus carreras –aparte de ser economista del estado, la diversidad de cometidos desempeñados es mucho mayor– Miguel Ángel Fernández Ordóñez representa una corriente semejante, la que podríamos llamar ortodoxia contable, o sea, alegrías con el presupuesto, las justas.
Frente a esta tendencia, Miguel Sebastián, el elegido por Zapatero antes de ser presidente, pertenece a la otra vía de los economistas del socialismo español, la de quienes tienen al más keynesiano de nuestros teóricos, Luis Ángel Rojo, como maestro y a Carlos Solchaga como profeta. La gesta solchaguiana, como se recordará, tuvo lugar a finales de los 80 y principios de los 90, cuando el déficit público, la inflación, los tipos de interés y una peseta sobrevalorada hasta el absurdo, y sostenida ahí por curiosas teorías de diletante de primero de carrera, nos pusieron al borde del colapso. El escándalo Ibercorp, florecido al calor de Solchaga, con Mariano Rubio al frente del Banco de España y Luis Ángel Rojo de segundo, terminó con aquel desmadre. Quizá nadie recuerde el nombre de quien dirigía aquel chiringuito, Carlos Sebastián Gascón, catedrático de Fundamentos del Análisis económico de la Complutense y hermano mayor del cuasi ministro. A Rojo le pillaron con una pequeña cantidad en el chiringo, pero no sólo no le ocurrió nada sino que sucedió al decapitado Mariano Rubio al frente del Banco de España. En defensa del honor mancillado, al menos del intelectual, del ilustre profesor, luego incluso académico de la lengua, apareció en El País una carta firmada por quien entonces era un perfecto desconocido, Miguel Sebastián. Rojo, agradecido, acudiría años más tarde a la presentación del programa económico de Zapatero, elaborado por su defensor público.
Miguel Sebastián, por otra parte, mantiene buena amistad con el secretario de Estado de Economía, David Vegara, desde que ambos coincidieran en la empresa Intermoney, una afamada sociedad de inversiones con diversas ramificaciones. En la misma sociedad aparece también Carlos Arenillas, otro ejecutivo intrépido casado con la número dos de Zapatero, Mercedes Cabrera, aquella de la que nunca más se supo. Ambos aparecen en sociedades vinculadas a Intermoney.
En 1990, un economista vasco, Juan Urrutia, que un año antes había recibido el encargo del ministro de educación de crear la facultad de economía en la universidad pública del sur de Madrid, alcanzó la condición de consejero del BBV. De buena familia bilbaína, vinculada al accionariado de los bancos fusionados, fue elegido por Mariano Rubio como nuevo consejero independiente y afín al gobierno del banco fusionado. Como curiosidad, Urrutia es de la misma edad que Fernández Ordóñez y que Carlos Sebastián, un año mayor que Solbes. Una de las personas que trajo Urrutia a la Carlos III desde la univesidad del País Vasco fue María Jesús Sansegundo, la nueva ministra de Educación, la que no quiso presentarse con el número dos a la carrera electoral, puesto que le fue adjudicado a Mercedes Cabrera. En 1999, Miguel Sebastián se hizo cargo del Servicio de Estudios del BBVA, donde seguía Urrutia de consejero. En 2002, Urrutia tuvo que dimitir por, lo recordarán, unos fondos de pensiones opacos en un paraíso fiscal muy comentados, asuntos por el que le piden varios años. Sebastián, aguantó en el banco unos meses. Dimitió en enero de 2003.
El poder es un árbol con muchas ramas entrelazadas.
