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Granada tomada

Un año más, grupúsculos que no llegan ni a ínfimos han intentado –y de hecho conseguido– deslucir la Fiesta de la Toma de Granada.

Serafín Fanjul
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Un año más, grupúsculos que no llegan ni a ínfimos han intentado –y de hecho conseguido– deslucir la Fiesta de la Toma de Granada. Cada 2 de enero ya sabemos que los árboles están pelados, que las temperaturas descienden y que las cigüeñas aún no retornaron. Y desde hace unos cuantos, además, contamos con una panda minúscula, mezcla de analfabetos, resentidos y algún intelectual con afán de protagonismo, que publican protestas, berrean un rato en la granadina Plaza del Carmen y exhiben su odio al país que les da de comer. Paradójicamente, no hay muchos moros entre ellos: son más listos, o piensan que no necesitan dar la cara habiendo tontos útiles que les hagan el trabajo sucio.

Como es sabido, el 2 de enero se conmemora la Toma de Granada por los Reyes Católicos, un acontecimiento que, con justicia, concitó una gran oleada de adhesión y admiración hacia España en la Europa de la época, no solo por completar así Castilla su unidad territorial, eliminando del continente europeo el último vestigio de poder musulmán (ese que deberían disfrutar al menos una temporada quienes van a protestar contra la Toma), sino porque esta acción militar, largamente gestada durante casi ocho siglos, venía a responder de forma contundente a la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos en 1453, que habían acabado con el imperio bizantino, con el cristianismo en Asia Menor y con la cultura griega viva que aún subsistía en aquellas latitudes. Nada de esto saben –ni les importa– los indigentes morales que, año tras año, provocan broncas el 2 de enero, trifulcas a su medida: con ningún riesgo e impunidad total, dado el apocamiento (o cobardía, o connivencia: a saber) con que las autoridades locales vienen respondiendo a los gamberros.

Con el pretexto de la libertad de expresión y manifestación (no autorizada, como han puesto de moda los mangantes del 15-M), cada mes de enero ensucian una fiesta cívica cuyo delito consiste en no someterse a la moda progre del momento: tras una ceremonia en la Capilla de los Reyes, se ondea el pendón de Castilla, se gritan los nombres de los Reyes Católicos, toca la banda y desfila una pequeña fuerza armada. Y, a continuación, todo el mundo a picar tapas, vino de la tierra o de donde sea y a pensar en otra cosa, pero reconociéndose participes de una historia y una identidad comunes. Una desmesura fascista, ea.

Y un pecado de leso progresismo. Este año las folclóricas dos docenas de independentistas andaluces (que se merecen, ellos sí, una independencia verdadera y comerse los déficits que otros les enjugamos), más los dos arabistas y medio que les escriben los manifiestos –a ver si así salen en los papeles–, han sido rebautizadas por la pereza habitual de nuestro periodismo como indignados del 15-M. Galgos o podencos, es igual: ignoran adrede, o simplemente ignoran, que gracias a la Toma la ciudad y su gente están incorporadas a la Latinidad y a la Civilización Occidental (que no es cualquier cosa, otro asunto es el uso que hagamos de ello), que Granada no perteneció a Andalucía hasta 1833, con la división provincial de Javier de Burgos, y, sobre todo, que el atraso económico, político y social de la región no hay que buscarlo en remotos reyes sino en cercanos caciques, de la derecha en otro tiempo y del PSOE ahora mismo. Y mejor no cuento lo que harían en un país árabe con un grupo de disidentes que tuvieran la humorada de boicotear una fiesta bien-bien patriótica, porque las cachupinadas chovinistas sí se les dan de maravilla. Hagan la prueba y recuerden cómo mataron a al-Qaddafi.

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