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Impasibles ante el desastre

Sabedor hace tiempo de que no seguirá en Moncloa, se ha dedicado a tomar adrede disposiciones nocivas, a retrasar otras y a hundir y encanallar lo más posible a la sociedad, la economía, el crédito y la credibilidad de nuestro país en el exterior.

Serafín Fanjul
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Cuenta Albert Speer en sus Memorias que en los últimos días de la guerra, desde su alto cargo de ministro de armamento y valiéndose de ser notorio amigo de Hitler, se aplicó a sabotear las órdenes de éste, desobedeciendo, paralizando o disponiendo lo contrario de lo que se le mandaba, con el fin de impedir las destrucciones de tierra quemada, en Alemania, que el otro ordenaba, sometiendo a la población alemana al riesgo de desaparición física, por si el arrasamiento aéreo de los aliados no bastaba. Es posible que haya mucho de cierto en su relato, porque Speer podía ser oportunista pero no tonto y no todo serían intentos de embellecer sus recuerdos al escribir a toro pasado. Menos credibilidad merece la historieta de que urdió un atentado rocambolesco contra el Führer tratando de echar gases tóxicos por uno de los respiraderos de ventilación del famoso bunker, proyecto que no habría llevado a cabo por causa de la guardia exterior: suena a cuento redentor y autoexculpatorio.

Volemos en el tiempo y el espacio – y por tanto a través de un panorama de circunstancias por entero distintas – y asistamos al crepúsculo (verdadero significado de Untergang) de Rodríguez; sabedor hace tiempo de que no seguirá en Moncloa, se ha dedicado a tomar adrede disposiciones nocivas, a retrasar otras y a hundir y encanallar lo más posible a la sociedad, la economía, el crédito y la credibilidad de nuestro país en el exterior. No basta con dejar colocados a los cómplices con nombramientos y promociones de última hora para ministros, o repescas en el escaso poder territorial que conservan, mediante contratos a dedo, además es preciso arrasar las fuentes básicas de subsistencia de los españoles, empezando por las autonomías y ciudades que han votado al PP en mayo.

Demorar cuanto ha podido la convocatoria electoral (dentro de las presiones del exterior), no aprobar la prórroga de los presupuestos dejando el embolado para el siguiente, y bloquear las vías de financiación inmediata constituyen la venganza visible de Rodríguez contra los españoles que le rechazamos, lo mismo que Hitler se vengaba de los alemanes que LE habían hecho perder la guerra. Las diferencias entre uno y otro son de circunstancias y posibilidades de destrucción (las cosas, ahora, no se hacen de modo tan crudo), pero las intenciones de dejar en pos de sí tierra quemada son las mismas, aunque a Rodríguez le falta grandeza hasta para practicar el mal: lo suyo son las ratonerías de partido (a saber quién ha destapado el pastel de Pepiño).

Y la pregunta que podemos formularnos es si no surgirá un Speer –mejor varios – entre los socialistas que, sin llegar al atentado y no ya por honradez o patriotismo (lo cual es mucho pedir), sino por instinto de supervivencia, se apliquen a sabotear y contravenir las siniestras acciones e inacciones de su Guía, aunque impedir la voladura de una presa sea más fácil que poner a andar la burocracia para un presupuesto. Alguien consciente de que, al día siguiente de la muy merecida hecatombe, debemos seguir desayunando, viajando en Metro y comprando en El Corte Inglés y que para tan importantes actividades –lo son– se necesitan unos mínimos de capacidad económica, más allá de los rencores africanos de incompetentes y malvados. Y no olviden, amables lectores, de que antes de Navidad no habrá nuevo gobierno. Así pues, paciencia.

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