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Serafín Fanjul

La manola racista

Ya lo sabemos: si según Google, Franco fue el autor de los fusilamientos de Paracuellos, ¿por qué no va a ser la Iglesia responsable de impedir la vacunación contra la viruela?

Serafín Fanjul
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Una inocente fotografía de la Selección Española de baloncesto, achinándose los ojos con los dedos, provocó una hilarante campaña por parte de varios periódicos anglosajones, incluido alguno que pasa por serio, como The New York Times. Donde cualquier español no vería sino un gesto de broma suave, y hasta amistoso, los expertos cazadores de brujas, primero en Inglaterra y luego en el país descubridor de lo políticamente correcto y de la discriminación positiva, esas tabarras, sólo vieron una ofensa racista: con razón gastan tanto en psiquiatras.

Los inventores de redefiniciones como la de ciego ("persona con insuficiencia visual") y en cuya tierra el número de blancos y negros en los jurados ya predetermina los veredictos, nos fulminan por racistas: bueno está. En cuanto a los ingleses, desde la salvajada mortífera del estadio de Heyssel, mejor harían en ser prudentes. Recientes sucesos en estadios madrileños renovaron la acusación, también por parte francesa. Cuando este artículo aparezca ya se habrá jugado el partido España- Inglaterra y en Sevilla, según las exigencias de los ingleses, que no querían jugar en Madrid por ser esta plaza muy racista.

A la vista de semejantes comentarios y exigencias (a Pau Gasol que pidiera perdón a los asiáticos de California, como si fuera un vulgar gobernador de estado americano con trapisondas extramatrimoniales) no podemos evitar el recuerdo de la imagen de España construida desde fuera en los últimos dos o tres siglos, pero convirtiendo en racista a la manola. Parece clara una actitud fija por parte de los anglosajones –incluso los de ahora mismo– de menospreciar y denigrar cualquier cosa relacionada con España. Como si nos halláramos ante una resurrección de los escritos de los viajeros del XVIII y, en especial, del XIX, venero inagotable de disparates: T. Gautier incluye a Velázquez entre los decoradores de las techumbres del borbónico Palacio de Oriente; Andersen dice que la sevillana Casa de Pilatos fue "construida en la Edad Media"; E. Poitou estima de "construcción árabe" el puente romano de Córdoba y según él la Giralda se habría levantado "hacia el año 1000", misma datación de E. de Amicis, quien declara que la catedral de Granada es fundación de los Reyes Católicos, en 1529 (en verdad, se inició en 1528 y no por los Reyes Católicos evidentemente); Charles Davillier asegura que el Corral del Carbón de Granada es obra de Badis en el siglo XI, o que la basílica destruida por los musulmanes en Córdoba para levantar la Mezquita estaba dedicada a San Jorge, no a San Vicente. Según Casanova, la altitud de Madrid es de mil toesas, es decir 1.950 metros (aunque la realidad es de 655 m), pero el dato falso no es baladí, porque la altitud da pie al escritor para extraer conclusiones físicas, psíquicas y moralizantes acerca de los habitantes y sus temores al frío.

De manera inevitable, se pasa de los errores puntuales o los datos falsos adrede a las grandes interpretaciones equivocadas, dentro de un marco ideológico proporcionado, desde el siglo XVIII, por las corrientes ilustradas europeas. Se generan prejuicios que permiten, hasta nuestros días, un discurso homogéneo sobre España. Gautier prueba su clarividencia cuando concluye: "L’Espagne catholique n’existe plus". Opiniones que constituyen un verdadero aldabonazo de atención para que los españoles relativicemos la credibilidad y seriedad de los juicios emitidos por extranjeros sobre nosotros y que, aquí, desde el siglo XVIII, siempre hemos sobrevalorado.

Sería difícil distribuir con justicia los premios a la arbitrariedad y la falta de rigor en la multitud de testimonios falsos, más que erróneos o exagerados, pero tal vez el militar polaco Broekere (venido con los invasores franceses en 1808) merezca uno de los primeros puestos en tan feo escalafón:

En las aldeas, los españoles no construyen ni cuadras, ni vaquerizas para el ganado, las ovejas y otros animales; tan sólo edifican establos para los caballos, las mulas y los burros (...). Como el español no conoce ni graneros ni establos, bajo el suelo construye una bóveda habilitada a modo de almacén, donde acomoda las provisiones de trigo. No conoce ni las praderas, ni el heno, ni las hoces...

Pero Broekere no se conforma con un área productiva, su talento tiende a la universalidad: "Como los españoles desconocen por completo los barriles, vierten el vino en unos sacos realizados en piel de toro que denominan pellejos de vino". Para desgracia del testimonio de Broekere, la primera documentación de "tonelero" data de 1253, existiendo abundantes referencias a barriles, cuberos, toneleros y fabricantes de pipas y botas en general. El término "tonel" procede del céltico tunna, pasado al latín, y aparece en las Cantigas (s. XIII) y en el Poema de Alfonso XI (s. XIV).

El polaco no ceja en su empeño: en las casas españolas no hay mobiliario prácticamente (afirmación que, matizada, podría discutirse), pero es que

De las paredes nunca cuelgan cuadros, espejos ni tampoco ningún recuerdo familiar o histórico, seguramente porque el soberano o príncipe lo prohíbe . En casa de las personas más pudientes nunca tuve la ocasión de ver ningún cuadro

Tal vez porque los franceses con los que iba ya los habían robado. Por descontado, en España no hay relaciones sociales, ni fiestas, ni celebraciones públicas, ni la gente emigra, ni se produce trigo suficiente "debido a su indolencia y dejadez". Ante tal cúmulo de despropósitos no parece lógico ni siquiera ofenderse o escandalizarse, simplemente soltar la carcajada. Como cuando Gautier, muy convencido, afirma que la sinagoga de Santa María la Blanca, en Toledo, es "la seule que l’on ait jamais tolérée en Espagne". No obstante, el verdadero problema no reside en que las relaciones de viaje estén plagadas de dislates, sino que esa acumulación disparatada haya constituido la base de la información sobre la que se forjó la imagen de España. Y el círculo de la necedad se cierra al irse sumando a ella, con velocidad uniformemente acelerada al paso del tiempo, legiones de españoles deseosos de cobrar las facturas de sus propias frustraciones y resentimientos personales, o de subirse al carro de la moda para "conectar" con el "pensamiento progresista" dominante y repartidor de premios y castigos.

Más aburridos que curados de perplejidades y espantos, comprobamos la persistencia de los clichés religiosos en un contemporáneo nuestro: "La inoculación [contra la viruela] que tanto éxito había tenido en Inglaterra para reducir los daños de esta horrible plaga, no fue utilizada en España a pesar de los argumentos de Baretti, quizá porque la Iglesia la condenaba como remedio antinatural e impío", dice David Mitchell y se queda tan ancho. El autor acude al argumento bobo de siempre: la Iglesia impedía el progreso. Falta añadir que por gusto. Lo cierto es que cuando Baretti andaba por España la vacuna aun no se había descubierto. Fue en 1796 cuando el médico inglés Jenner empezó a difundir sus observaciones con vacas; en 1800 se tradujeron sus trabajos y Napoleón vacunó a sus tropas. Entre 1803 y 1809 el médico español F.J. Balmis, partiendo de La Coruña, desarrolló por las posesiones españolas ultramarinas, es decir medio mundo, la difusión de la antivariólica. Estos son los hechos, pero sigue siendo rentable acudir al recurso fácil –y estúpido– del congénito oscurantismo español. Así pues, ya lo sabemos: si según Google, Franco fue el autor de los fusilamientos de Paracuellos, ¿por qué no va a ser la Iglesia responsable de impedir la vacunación contra la viruela?

Si el autor abriga ínfulas literarias, de regeneración moral, o tan siquiera de mostrar su indiscutible superioridad en todos los órdenes, adoba el texto con alusiones ambientadoras o juicios categóricos acerca de la sociedad y cultura españolas, comentarios que, de nuevo, nos incitan a chanzas más que a iras. Ingleses y franceses suelen llevarse la palma en este género. Y uno o dos siglos más tarde aun debemos seguir aclarando el error o dejándole vivir su vida, por más que sustente ideas falsas sobre España y los españoles: ¿vale la pena explicar que, hoy por hoy, el racismo no es un problema en España? No es injusto ni indignante, sólo aburrido.

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