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Serafín Fanjul

¡Qué cruz!

Omitimos referir la previsible suerte que correría una madre cristiana si en un país musulmán tuviera la ocurrencia de exigir que eliminen de las paredes las infinitas jaculatorias islámicas que adornan y presiden las aulas.

Serafín Fanjul
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La actual situación de la sociedad española recuerda al viejo chiste:

Van tres millones de...(pongan ustedes el gentilicio de la región que más rabia les dé) llorando por el campo y alguien les pregunta:
– ¿Por qué lloráis?
 – Es que nos han pegado.
 – ¿ Y cuántos eran?
 – Tres.
 – ¿Y cómo es eso posible?
 – Es que primero nos rodearon.

De manera paralela, asistimos un día sí y otro también a gemidos, quejas y ronroneos de gentes, casi con seguridad pertenecientes a la inmensa mayoría, cuya manifestación de descontento o humillación se reduce a lloriquear en distintos grados. Son demasiados años de lamentos, de minutos de silencio y de manitas blancas a ser posible en alto, signo universal de rendición. Pero la actitud no se circunscribe a las Vascongadas o a los asesinatos de la ETA: hay para todos.

Como se acerca la Navidad –con su secuela de directores de colegios estatales que prohíben celebrarla y la indignada madre de una morita que dice que los pastorcillos y panderetas ofenden sus sentimientos– dos papás de sendos críos de la escuela Macías Picavea de Valladolid nos obsequian con la exigencia de retirar los crucifijos de las aulas, puntual y solícitamente atendidos por un juez que –emulando a Caifás o a Pilatos, vaya usted a saber– ha resuelto declarar inconstitucional a Cristo, por aquello de que la democracia bien se coge con papel de fumar, como lo otro.

Por descontado, la señora Cabrera, actual responsable de la catástrofe de la educación española, se ha apresurado a afirmar que los papás tienen derecho a exigir tal retirada, aunque nada ha añadido sobre los derechos de quienes quieran mantenerlo (que al parecer son casi todos). Pero esta inmensa multitud de discrepantes, quizás, haya que dividirla entre los indiferentes por completo ante el asunto y los católicos convencidos, que tampoco mueven un dedo. ¿Se puede hacer algo más concreto y eficaz que, como mucho, lamentarse ante una cámara de televisión? Sospechamos que sí, dependiendo de la escala de valores y de la importancia que le otorguemos a cada cosa: qué recibimos y qué arriesgamos en la maniobra. No basta con rubricar con que Rodríguez es un tal por cual, porque eso ya lo sabemos.

En otras Navidades comentamos el caso de un colegio granadino en que una mora conversa, mujer de un terrorista encarcelado, para más señas, había paralizado y finalmente eliminado el Belén viviente anual protagonizado por los rapaces, con el inestimable auxilio del director y de la inspección provincial, de repente obsesionada por el carácter aconfesional de la enseñanza. Omitimos referir la previsible suerte que correría una madre cristiana (o padre, da igual) si en un país musulmán tuviera la ocurrencia de exigir que eliminen de las paredes las infinitas jaculatorias islámicas que adornan y presiden las aulas, despachos, oficinas, pasillos, salones y vestíbulos. ¡Guay de ti, nazareno! (Y que la Bibiana de Alcalá de los Gazules se entere del significado de "guay" en español). Pero lo más grave de aquel caso fue la negativa de todos los restantes progenitores a poner su voz en los medios de comunicación, en el programa de Carlos Herrera, por ejemplo.

Y como en España la emulación es permanente, hoy he oído en la radio el testimonio de una oyente que rebasa todas las fronteras del surrealismo (algo en verdad insuperable que deja chiquita a la gracia de los macarras de Cuatro cuando cocinaron un Cristo para dos personas): el pasado día 22, a esta señora se le impidió la entrada en el Valle de los Caídos por llevar colgando del retrovisor un crucifijo que era, según el guardia de la puerta, un símbolo provocativo.

¿Hay quién dé más? Una señora católica no puede entrar en un templo católico por portar el símbolo máximo de su fe. Nos superamos día a día y si alguien pensaba que el cupo de estupidez y ridículo lo habíamos cubierto, al menos por este año, con Rodríguez, sus piruetas y bajadas de pantalones para que le permitiesen asistir a la cumbre del G-20, que amaine velas y se rinda ante el guardia (y sus jefes) de Cuelgamuros. Siempre hay un Plus Ultra, que no en vano es leyenda en el escudo de España. Entre la atonía y la anestesia de unos y otros padres, ante la ofensiva general anticristiana, se impone la ya tradicional pregunta: ¿Y usted a quién votó?

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