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Las brujas de Carmenamurdi

Las brujas que montan aquelarres en las zahúrdas de Cibeles, son un dechado de ignorancias, un sublimado de sandeces, una bullanga analfabeta.

Tomás Cuesta
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Imágenes de archivo de Manuela Carmena y Rita Maestre | EFE/Cordon Press

En el descacharrante tuit que ha perpetrado Ahora Madrid para poner en lenguas a la fiscal Morando y silenciar la causa contra Rita Maestre, las alegres comadres de la jovial vocera se jactan de ser putas -¡todas putas!-, como en Fuenteovejuna, pero a la "puttanesca". Se echa a faltar, no obstante, que la soflama solidaria, el fraterno alegato municipal y obsceno, hubiese sido unánime además de elocuente. ¿Qué se hizo de los putos? ¿O es que nadie ha caído en que los putos brillan por su ausencia y el imperativo ético de la igualdad de género ha sido profanado por aquellas y aquellos que intentan imponerlo? Minucias, pequeñeces, pecadillos veniales que absuelve, peace and love, la abuelita Carmena.

Aunque Ahora Madrid, más que una formación política, sea un batiburrillo de mil leches, ellas ejercen de mozas de partido y si presumen de ello están en su derecho. Pase que asuman la condición de maturrangas, de carpetovetónicas rabizas o hasta de coimas caraqueñas. Pase también que, en un alarde de intrusismo, escamen el prestigio de las pescaderas. Lo que no tiene un pase, ni tan siquiera medio, es que pretendan -¡serán brujas!- meterse en el pellejo de las incombustibles brujas que se libraron de la quema. De aquellas que, a Dios gracias, corrieron mejor suerte que los judíos que Zapata estabuló en un cenicero.

Se trata, a fin de cuentas, de azuzar a los párvulos y espolear a los mastuerzos dando cuerda al espectro de una España cerril, beatona y siniestra que todavía sigue ahí, que todavía alienta. De una España obcecada en llevar a la hoguera a la Juana de Arco del laicismo en tetas. El disparate es mayestático, el trágala indigesto, inmensas, ahí nos duele, las tragaderas de los jueces. Lo indudable, hoy por hoy, mientras se cuece la sentencia, es que las señoritas brujas que montan aquelarres en las zahúrdas de Cibeles, son un dechado de ignorancias, un sublimado de sandeces, un cenagal de despropósitos, una bullanga analfabeta.

Lindo chiste, en efecto, es condenar al Santo Oficio por el único crimen del que ha salido absuelto. La tenebrosa Inquisición, el yunque de la fe, el martillo de herejes, aperreó a los reformados, acosó a los conversos, castró a los humanistas, bastardeó las almas y esquilmó los cerebros. La brujería, en cambio, nunca le quitó el sueño a la Suprema y hay pocas excepciones que desmientan la regla. De hecho, el gran proceso de los que le otorgó a Zugarramurdi las credenciales de leyenda, hizo otro tanto con Salazar y Frías, un impecable inquisidor que impuso la justicia desmochando conjuros y desactivando agüeros.

Sus conclusiones, sustanciadas en un castellano excelso, ni han menguado en rigor ni han perdido vigencia. "En parte alguna hubo brujas -afirma al echar el cierre- mientras nadie habló de ellas". Trasvasando el axioma a las supercherías del presente, las fétidas consignas que saturan la red replican la coyunda de lo intonso y lo intenso, de la estulticia a manta y el fanatismo impenitente. Las brujas de Carmenamurdi y la jovial vocera.

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