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Xavier Reyes Matheus

De cómo Venezuela fue a parar a Chávez

El ciclo revolucionario no es un automatismo que una vez en marcha resulte imposible de detener, sino una especie de órbita magnética en la que de pronto se alinean los odios individuales de los actores políticos y de los grupos de interés.

Xavier Reyes Matheus
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El 27 de febrero de 1989 sucedió en Caracas algo que la sociología se recreó en mirar y describir con el mismo interés que tendría para los vulcanólogos una erupción del Vesubio. Bajo la escueta fórmula de "estallido social" quedó descrito aquel fenómeno consistente en que, un buen día, la gente se levanta como Michael Douglas en Un día de furia y se echa a la calle a arramblar con todo. Desde luego, no era por falta de razones que fuera a dejar de entenderse un comportamiento semejante. El telón de fondo, por entonces, no era muy distinto al de ahora aquí: un bipartidismo largamente instalado, al que la falta de democracia interna, los escándalos de corrupción y las crisis económicas habían convertido en foco no ya del descontento, sino de la antipatía popular.

A lo que quiero referirme, sin embargo, no es propiamente al hecho de la protesta, que por lo demás es connatural a la democracia y más cuando se aplican políticas irresponsables que afectan al bienestar del país. Lo decisivo es que el ciclo revolucionario no es un automatismo que una vez en marcha resulte imposible de detener, sino una especie de órbita magnética en la que de pronto se alinean los odios individuales de los actores políticos y de los grupos de interés. En un momento dado, todo el mundo descubre en la situación sobrevenida la oportunidad de fastidiar al contrario, de cobrar cuentas atrasadas, de impedir el avance ajeno. Mirando sólo a sus inquinas particulares, cada facción contribuye a la ruina general, y nadie hace nada por atajarla.

El caso de Venezuela resulta paradigmático en esto. En propiedad, lo menos de asombrarse es que Chávez haya acabado con la democracia, pues llegaba con esa intención, que es y ha sido siempre la intención del socialismo. Lo tremendo es que todos los que pudieron haber impedido aquel desastre, incluidos los mismos partidos que corrían el riesgo de ser defenestrados, contribuyeron a aumentarlo. Hubo políticos que se atrincheraron en un inmovilismo ciego y sordo, queriendo hacer ver que eran invencibles y nada ni nadie podía derrocarlos. Pero otros hicieron de Felipe Igualdad, y comenzaron dando por buena la explicación del "estallido social" para rentabilizar el juego populista de desmarcarse del establishment y de anunciar que "lo habíamos advertido". Los medios de comunicación, los intelectuales y hasta ciertas voces de la Iglesia Católica, hoy en día tan perseguidos por el régimen chavista, se sumaron también a echar capotazos para hacer caer aquel sistema, cuyos fallos consideraban imperdonables, y a cuyos méritos sin embargo debían tanto. En vez del sentido patriótico que es capaz de cerrar filas para hallar el liderazgo que la crisis reclama –uno dispuesto generosamente a salvar la libertad y a salir del bache–, cada quien, a fuerza de arrimarse la brasa, acabó suicidándose a lo bonzo. Y así está hoy Venezuela, cuyo modelo político quizá anhelan no pocos de los que acampan en Sol. Yo, que habiendo nacido en aquel país abracé luego la nacionalidad española, se lo trueco por el suyo de muy buena gana.

Xavier Reyes Matheus, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

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