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Del puño en alto a la manita arriba

Ahora puede que a los niños de Gramsci les repugne el lumpen 2.0, pero hace mucho tiempo que la izquierda no es más que 'postureo'.

Xavier Reyes Matheus
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Íñigo Errejón | EFE

Tras el costalazo de Podemos el día 26, Íñigo Errejón ha puesto su estetoscopio de científico social sobre el pecho de esta España antiheroica, y ha prescrito una urgente desfibrilación llamada a sacudir al exánime cuerpo electoral con consignas galvanizantes, himnos, cánticos de sursum corda, altares de la patria y liturgias conmovedoras. Menudo problema es ese de que el pueblo nunca dé la talla para los marxistas: a veces porque no llega, como ocurría cuando el marxismo era vanguardia, y otras porque se pasa, como sucede ahora, que, habiéndose hecho posmoderno, le ha dejado atrás. Pero así está el panorama, que en propiedad es como estaba ya tras el Mayo francés, cuando Jacques Ellul escribió sus ensayos Autopsie de la révolution y De la révolution aux révoltes, en los que concluía que la gente iba asociando cada vez más la idea de libertad con aquellas cosas que ahora podía hacer gracias a la tecnología y a las empresas suministradoras de bienes y servicios, y cada vez menos con las arengas y promesas de ningún líder o movimiento revolucionario. Mais où sont les révolutionnaires?, se preguntaba Ellul. Desde luego, no en los brotes eruptivos de disconformidad que aún se veían aquí y allá, y que para el autor no pasaban de revueltas:

¿Son estas revueltas el fruto personal de una cólera también personal? ¿La expresión de la dignidad burlada, de una toma de conciencia exaltada, de la visión esclarecida de una opresión inaceptable? Pues no. Resulta imposible sustentar el crédito de las revueltas de estos tiempos en su sobresalto, en su rabia, en su grito. Le revuelta no es más hoy en día que uno de tantos espasmos del universo espasmódico en el que vivimos. Hoy en día, todo, de los Urales a Hollywood, comprendidas Europa y América, se halla reducido a espasmos sucesivos. El amor se ha transformado en orgasmo, la lengua en sonidos, el arte en pulsión frenética, la relación humana en velocidad; todo lo que vive se ha vuelto espasmódico y el movimiento social es hoy también un espasmo, esto es, una revuelta.

Así y todo, las personas sensatas se hallan preocupadas por atisbar las posibilidades que las actuales algaradas demagógicas, filocomunistas, filonazis o filofascistas, tienen de desembocar en la resurrección de tales movimientos. Y lo cierto es que es muy difícil llegar a una conclusión. Desde luego, los discursos meten miedo y traducen un fondo de violencia brutal y profundamente antisocial, pero ¿no es más profundo el fondo de pensamiento débil en el que en realidad se enmarcan? Leo, por ejemplo, el tuit de un animalista manifestando la alegría más perversa por la muerte del torero Víctor Barrio. Es una cosa nauseabunda, que le hace temer a uno el alcance que puede tener un psicópata actuando bajo el subterfugio de una causa ideológica. Pero ¿cabe imaginar que el tipo que lo escribe puede comprometerse en el exterminio de toreros y aficionados con la intensidad de ese odio del que alardea? Pues seguramente tanto como se halla comprometido, él y cualquiera (que no sea ganadero), en el amor por las reses bravas; con ninguna de las cuales, supongo, le habrá unido jamás una relación entrañable. No creo que haya tenido uno de esos bichos como mascota, e incluso es probable que no los haya visto más que desde la ventanilla del coche. Si uno considera la estrechez del vínculo que podía tener aquel farsante no ya con el toro Lorenzo en concreto, sino con toda su raza, llegamos a calcular lo que de verdad le habrá dolido la muerte de uno de ellos. Cualquiera entendería que la oposición a la tauromaquia se defendiera como un principio; pero los que se vuelcan al Twitter a celebrar lo de Barrio pretenden defenderla como una pasión, ciega e implacable con el adversario; que es la manera en la que a Errejón le gustaría que la gente defendiera también la simpatía por su partido.

El problema –para lo que se propone el secretario de estrategia de Podemos– es que en el ser humano nada asienta mejor los principios que la vivencia de ellos. Por eso un asesino frío y sin escrúpulos es capaz de ser el más amante padre de familia y de comprometerse en el cuidado de los suyos con la mayor entrega: porque no es ley aprendida en ninguna cartilla, sino incorporada en el ejercicio de su humanidad. Para lograr un apasionamiento puramente ideológico será necesario fabricar un fanático, que es a lo que aspira Errejón; pero eso tampoco es sencillo hoy en día. Incluso la más estremecedora expresión de fanatismo que hay en nuestro tiempo, el Estado Islámico, deja ver no pocos flecos de superficialidad posmoderna. La prensa ha mostrado que algunos de sus pretendidamente ascéticos militantes en realidad exhiben un abultado prontuario de alcohol y de drogas; el desenfreno sexual es frecuente; la empresa yihadista no deja de ser un rentabilísimo negocio, y el atractivo de sus hazañas consiste en buena parte en presentarlas con una espectacularidad audiovisual a medio camino entre las superproducciones del cine y las horteradas de los youtubers. Hay quien sacrifica la vida, sin duda; pero queda por saber si se trata de terroristas que acaban siendo suicidas, o si más bien son suicidas que acaban siendo terroristas.

Total entonces que a Errejón, impotente como un Moisés que ha bajado del monte y encontrado a la multitud entretenida con el becerro de oro, no se le ocurre nada mejor que dejarse de principios e imponer la cosa apelando a la estética. Quizá porque cree, alma de cántaro, que detrás de Podemos ha habido alguna vez algo más. Cosa distinta es que a Pablo Iglesias le pase siendo político lo que al Magistral de La regenta en su condición de cura: que mira por encima del hombro a sus colegas de misa y olla; que cuando se sube al púlpito quiere impresionar a los fieles con los sutiles conceptos de su formación escolástica, pero que lo que realmente ansía, por encima de todo eso, es ser el macho alfa al que la gente se imagine con la melena suelta y sin camisa. Ahora puede que a los niños de Gramsci les repugne el lumpen 2.0, pero hace mucho tiempo que la izquierda no es más que postureo, hecho de activistas que en las redes sociales han cambiado el fariseísmo del qué dirán por el del qué diré, y que se envuelven en la bandera de algún lema de perfil de whatsapp, asumido con la misma madurez con la que se chupan las mejillas para salir flacos en la foto. De ese material están hechos los agentes de la transformación social que luego llegan al poder para aplicar políticas tan epopéyicas como desdoblar el sujeto en "trabajadoras y trabajadores"… ¡sin poder hacer ya nada contra un predicado capaz de fastidiarles la conquista si pone que “luchan juntos"!

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