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Ser liberal en tiempos de populismo

Me temo que, en su análisis de la democracia, Savater aplica a las masas actitudes y realizaciones que en realidad son propias del individuo.

Xavier Reyes Matheus
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Fernando Savater | David Alonso Rincón

Comentando (cómo no) la victoria de Trump y el apoyo del electorado en los países democráticos al discurso de los demagogos, escribía esta semana Fernando Savater en El País que

elegir según recomienda la lógica, la fuerza de las razones, la opinión de los expertos políticos y morales, puede ser socialmente beneficioso, pero deja un regusto de que es "lo que hay que hacer", lo obligado; mientras que ir contra lo que parece conveniente y cuerdo es peligrosísimo, pero sin duda revela que uno sigue su real gana. Cuando se incendia la casa, el que sale corriendo para salvar el pellejo hace muy bien, pero obedece a las circunstancias; libre, lo que se dice grandiosamente libre, es el que se queda dentro cantando salmos entre las llamas.

No sé cuánta gente habrá reproducido en su cuenta de Twitter la última oración, que quizá a algunos les recordará el temple, estoico a fuer de sibarita, del personaje creado por Lugones en su famoso cuento La lluvia de fuego. Otros, que probablemente habrán usado la canción de Alejandro Lerner para reivindicar el derecho a "defender mi ideología/ buena o mala, pero mía/ tan humana como la contradicción", se complacerán de ver lo mismo puesto en prosa cuando defiende Savater que los electores

son humanos: esos mismos defectos existen en todas partes, aunque no haya libertades políticas. En democracia la diferencia es que pueden expresarse y elegir lo que prefieren: quizá no sean más felices que otros vasallos, pero al menos son tratados como realmente humanos. No se les reconocen sus virtudes, sino su dignidad.

Cabía esperar, además, que el autor de libros como El jardín de las dudas incorporase en su artículo la recurrida máxima apócrifa de Voltaire sobre defender hasta la muerte tu derecho a decir lo contrario, etc., etc. En fin: que no se puede negar que la argumentación de Savater tenga todo lo necesario para convertirse en una de esas citas que se ponen en las tazas de café para inspirarlo a uno desde temprano todas las mañanas. Sin embargo, no sé yo si eso del hombre "gloriosamente libre" que, contra el más elemental sentido común, se queda cantando salmos entre las llamas, remite a un ilustrado como Voltaire o más bien hace pensar en los fanatizados prosélitos de Savonarola, deseosos de que el fraile demostrase su calidad milagrosa metiéndose de cabeza en una pira. Pues, salvo que se tratase de un alienado o de un tonto, lo cierto es que resultaría muy poco razonable una forma tan desconsiderada y autodestructiva de ejercer la libertad.

Lo que yo me temo es que, en su análisis de la democracia, Savater aplica a las masas actitudes y realizaciones que en realidad son propias del individuo. Por ejemplo, al reconocer que las personas que viven bajo ese sistema "quizá no sean más felices que otros vasallos". Lo esperable seguramente es que sean felices los individuos que se hallen en capacidad y disposición de serlo; pero en cualquier caso la democracia no está para traer la felicidad por decreto y colectivamente, al modo de los regímenes totalitarios que tienen incluso, como en Venezuela, un viceministro de la Suprema Felicidad del Pueblo. Por otro lado, creer que la elección de los gobernantes deba realizar (o dignificar) al ciudadano equivale a asumir que la democracia es la libertad, cuando lo cierto es que es apenas una libertad: ésa, la de concurrir a las urnas. Pero se trata de una libertad puramente instrumental; no más que un medio para instaurar, destituir o prorrogar el mandato a los cargos que dirigen la nación. El fin, en cambio –la verdadera bondad del sistema democrático, entendido ya no sólo como práctica electoral, sino como el orden jurídico e institucional producido por el liberalismo–, debe calibrarse por el disfrute real y efectivo –effettuale, que diría Maquiavelo– de los derechos ciudadanos. El sufragio se convertiría en una herramienta del más descarado cinismo (y acabaría despertando el mayor de los escepticismos) si sólo sirviese para que, al usarlo, la gente se eche la soga al cuello pero luego pueda decírsele: Bueno: vosotros habéis elegido. Y habéis salido escaldados, pero eso sí: ¡dignísimos!

Sobre todo porque lo cierto es que no hay nada más inútil que pedirle a un pueblo entero responsabilidad por sus errores. Un régimen asesino llega al poder en loor de multitudes y comete los mayores crímenes, borracho de popularidad; pero al ser derrocado es puesto frente al juicio de la historia, y ya puede usted entonces preguntar a la gente por lo que estuvo haciendo mientras aquellos desmanes se llevaban a cabo: verá como no encuentra a nadie que los haya apoyado. Resultará que, lejos de reconocer alguna complicidad, todos se proclamarán víctimas de los tiranos. Nadie confesará haber conocido ni visto nada. Las generaciones más jóvenes se desmarcarán aduciendo que no son responsables por las culpas de sus mayores. Si la comunidad internacional, además, pretende castigar tales excesos, le alargarán de inmediato Las consecuencias económicas de la paz, de Keynes, para demostrar cuán delirante y contraproducente es querer tomar venganza contra una nación entera. Las masas, como los menores de edad, son inimputables, aunque el estrago que causen pueda no dejar piedra sobre piedra. ¿De qué sirve, entonces, una libertad destructora si no puede siquiera redimirse con la responsabilidad?

La Ilustración, que fundó los principios de la libertad contemporánea –esto es, el ideario liberal–, proclamó que el género humano había llegado a su mayoría de edad. Lo que quedaba atrás era la obediencia ciega e ingenua a las verdades postuladas por la religión; algo que Kant consideraba una especie de mundo infantil en el que el hombre vivía confiado a la seguridad de la dirección ajena. Pues bien: cuando eso se le dice hoy a un reaccionario o a un integrista religioso, se ríe, y con razón, en nuestra cara. ¿Adulta una sociedad a la que basta un par de semanas para sucumbir planetariamente a la fiebre del Pokémon Go? La sociedad de Gran Hermano y de Sálvame; de los morritos en Instagram; de la sentenciosidad a lo Podemos; la de los safe-spaces en las universidades norteamericanas; de los Kardashian y del balconing… ¿adulta y responsable esa sociedad? Desde luego, no seré yo quien postule la vuelta a la teocracia, que no sólo no me parece deseable sino tampoco posible, a menos que sobrevenga un régimen que, a la manera talibán, imponga y controle bajo amenaza el ascetismo, el recato y la virtud, mientras sus líderes se reservan la discrecionalidad de testar los excesos del lujo y del consumismo o de ver el porno que hay en internet para poder condenarlo con conocimiento de causa. Muchas gracias por tan santas intenciones, pero no; que bien sabemos que corruptio optimi, pessima, y este mundo nuestro tiene ya demasiado rodaje como para que lo vuelvan a hacer llorar con la candidez romántica de Historia de un alma de Santa Teresita de Lisieux.

Pero, como decía antes, la libertad en la que ilustrados y liberales pusieron tantas esperanzas no puede ser una especie de loca de la casa, movida por el capricho, irreflexivamente y desentendida de los problemas que origina. No tiene sentido fingir que la democracia se perfecciona y se tonifica gracias a la decisión soberana de favorecer líderes o políticas que minan las libertades individuales. Entonces, ¿cuál puede ser el remedio? Savater apunta a la educación; pero en la medida en que ésta obedece, hoy todavía, al modelo napoleónico centrado en producir funcionarios para el Estado, resulta muy difícil romper la relación de interdependencia entre escuela (o universidad) y burocracia: los gobiernos mediocres y clientelares favorecen una educación también proyectada hacia lo mediocre y clientelar, y los que han llegado al poder gracias a la ignorancia o al prejuicio general hacen todo lo posible por preservar esas fibras que tan fácilmente toca la demagogia. Gente formada para "argumentar y comprender en lugar de aclamar", como postula el filósofo vasco, es justo lo contrario de ese Podemos tan enquistado, precisamente, en el establishment universitario. Lo que parece claro, en cualquier caso, es que lo opuesto de las masas necias son siempre los individuos biempensantes; de modo que, lejos de inclinarse por posturas gregaristas o uniformizadoras, empeñadas en la igualación por abajo, el liberalismo debe persistir en la defensa del criterio bien razonado; en la formación de elites; en la potenciación de la iniciativa individual; en la exaltación del mérito –tan distinto, ética y estéticamente, de ese mero éxito que hoy cautiva a las muchedumbres.

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