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Zoé Valdés

Morir en Cagonia sin cristalito

Anisia salió como si la llevara el diablo, intentó acomodarse y acomodar a la anciana entumecida en la bicicleta y pedaleó, pedaleó, pedaleó, sin saber a dónde.

Zoé Valdés
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A mi prima segunda, Anisia, allá en Cagonia, se le murió la suegra. Ya se le había muerto el marido antes, que le dejó cómo única herencia a su madre, o sea, a la suegra.

Su marido murió de la muerte nacional: infarto masivo. Demasiada lucha, demasiado ron.

La suegra murió de muerte natural, en Cagonia los accidentes apenas existen, mientras se mecía sentada en una comadrita, junto a la cocina de gas. Estaba esperando a que volviera el gas y se quedó dormida, el gas volvió y la asfixió.

Anisia llegó del trabajo y se encontró a su suegra tiesa por asfixia junto a la cocina. Todavía la comadrita se mecía sola, o sea, sin que la anciana la meciera con el impulso de su cuerpo. Se mecía por obra y gracia, que es como funciona todo en Cagonia.

Anisia corrió a casa de una vecina con la intención de llamar a una ambulancia, pero tras aguantar el cable del teléfono con una pinza de cejas, en Urgencias le comunicaron que no contaban con ambulancias por el momento, ni las tendrían por un buen rato, quizá días. Decidió llegarse entonces al médico de la familia y dejó a la gélida suegra al cuidado de Mocho, el perro, pues la vecina sentía pavor de cuidar a otro muerto:

–Que ya son muchos en este barrio, mija, y siempre me los endilgan a mí, qué va... Es que a la gente le ha dado como una manía de morirse, una detrás de otra... No, chica... "Hemos dicho basta y hemos echado a andar"...

Anisia pudo por fin aparecerse en el médico de familia, pero se encontró con que le habían cerrado la consulta debido a la escasez de agua. Preguntó por él, dónde hallarlo, y le dijeron que andaba por Guanabo entrenándose en nado a distancias largas y con Norte.

Regresó más nerviosa a la casa que cuando salió. Y eso que tuvo suerte, y por el camino se encontró con una mujer vestida de blanco que le confirmó que era enfermera, bien podía haber sido iyalocha, y que aceptó firmar el acta de defunción de su suegra sin verla muerta, por el módico precio de cinco pesos.

Pero ahora, ¿qué hacer? ¿Cómo llevar a velar en la funeraria a su santa suegra y, lo más difícil, dónde enterrarla? A su marido lo había colado casi a la fuerza en un panteón familiar perteneciente a un amigo, pero ahí ya no quedaba espacio.

–Yo tú la cargo en la bicicleta y fuiquiti pallá –sugirió la vecina.

Anisia no lo pensó dos veces. Bajó la bicicleta desde el sexto piso (el ascensor no funciona desde el batistato), la vecina quedó al cuidado de la misma, cosa de que no se la robaran; regresó a por su suegra, una vez en el apartamento cargó en peso el cadáver, ya bastante tiesecito, y descendió las escaleras de nuevo lo más rápido que pudo con la difunta al lomo.

–Creo que vas a tener que amarrarla, se te va a ir de lado, porque fíjate bien que está muerta y no dormida, no se podrá aguantar sola –explicó la vecina mientras Anisia trataba de acotejar a su suegra en el asiento trasero.

Anisia buscó en su bolso, en él podía encontrar desde un destornillador hasta un pintalabios gastado Max Factor de los 50 heredado de su madre, extrajo un trozo de soga. Rogó a la vecina que la auxiliara con el amarrarse a la suegra a la espalda, lo que esta hizo no sin cierto remilgo.

–Arghhh, es que le he cogido una tirria a la gente esta que se muere así porque sí...

Anisia pedaleó, pedaleó. A la altura de la Plaza de la Revolución –porque, aunque a ella le quedaba más cerca la funeraria de Calzada, allá no había cupo y la redirigieron hasta la del Cerro–, la detuvo una patrulla de policía.

–¿Qué es lo que tú llevas en esa jaba, ciudadana? –le espetó el agente.

–Cosas.

–¿Qué cosas? –preguntó mientras metía la mano y el brazo dentro y revisaba.

–Ya lo ve, boberías –contestó a media voz la ciudadana.

–¿Qué le pasa a la compañera esa que va contigo?

–Ya lo ve –reiteró–. Está muerta.

El agente soltó una carcajada:

–Buen chiste. Continúa, agila, compañera, deja la vía libre... Y dale agua a esa vieja que se te está secando –agitó su brazo en un gesto recio.

Anisia llegó a la funeraria sudando la gota gorda, extenuada, jeremiquiando, las piernas temblorosas. Entró sin embargo decidida, con la suegra anudada a la espalda.

–Mi suegra murió, esperando el gas se asfixió. He tenido que traerla así, en bicicleta, no encontré transporte en ninguna parte. Vengo a inscribirla aquí, no sé cómo se dice, o sea, a velarla...

–¿Trajiste el cristalito, mi cielo? –preguntó la joven sin levantar la vista y mientras se afilaba las uñas con una lima gastada.

–¿Qué cristalito? –Anisia no podía ni imaginar que se tratara de ese cristalito...

–El cristalito del ataúd, mamita. Tenemos cajas, pero sin cristalito. Y sin cristalito no te podemos dar la caja.

–Es que no tengo cristalito, ni dónde conseguirlo...

–Ah, pero hasta que no regreses con el cristalito no puedo hacer nada por ti, digo, por ella –señaló con la lima a la cara verdosa de la vieja finiquitada.

–¿Te la puedo dejar aquí en lo que yo consigo el dichoso cristalito? Algún rinconcito tendrán... –quiso parecer simpática.

–Qué va, cielo mío, no podemos responsabilizarnos con el muerto de nadie. Ya bastante tenemos con los que hay aquí, tan solapeaos, con menos dolientes que aspirinas en la farmacia de Línea.

–Pero no puedo cargar de nuevo con ella, bajo este sol, a riesgo de que me vuelva a parar la policía. ¿No entiendes? Con este sol y este calor se me va a descomponer...

–Aquí se te va a descomponer de todos modos, se rompió el aire acondicionado, y aunque lo hubiera, mira, ¿no has notado que volvieron a cortar la electricidad? Los muertos se descomponen a la corta o a la larga. Yo, lo que así, de buena amiga, lo que, vaya, puedo hacer por ti, ahora mijmitico, es aconsejarte que te llegues a la ferretería de Carlos Tercero, y allá a lo mejor quién quita que todavía queden cristalitos... En fulas, o sea, en dólares.

Anisia salió como si la llevara el diablo, intentó acomodarse y acomodar a la anciana entumecida en la bicicleta y pedaleó, pedaleó, pedaleó, sin saber a dónde. O mejor dicho, sin saber de dónde sacar los fulas para por fin poder comprar el cristalito.

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