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Zoé Valdés

No es lo que dan, sino lo seguido que dan

Beatriz Gimeno ha conseguido en menos de lo que canta un gallo probar que de sexualidad, y de libertad sexual, no sabe absolutamente nada.

Zoé Valdés
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Para los que han leído y estudiado a los poetas de la Grecia Antigua, recomiendo la Antología del Amor, la Corona y la Lira, que fue recopilada y traducida nada más y nada menos que por Marguerite Yourcenar (creo que todavía no ha aparecido en España), y los poemas de Teognis de Megara, de Catulo, de Anité o Attys de Tegea, discípula de Safo, y a la misma Safo de Lesbos, estarán extrañados de los planteamientos de la directora del Instituto de la Mujer de España, Beatriz Gimeno, acerca de la penetración anal y la igualdad entre mujeres y hombres.

Esta señora ha conseguido en menos de lo que canta un gallo probar que de sexualidad, y de libertad sexual, no sabe absolutamente nada. Y nada, desde luego, más antirreal, antipolítico y, parafraseando a Arthur Rimbaud, antipoético que los absurdos propósitos de esta señora, o señor, no sé cómo llamarla/lo.

En primer lugar, la penetración anal o cualquier otra es asunto íntimo de cada cual. En segundo lugar, la penetración anal, sea a damas o a caballeros, depende de los gustos individuales, y de ninguna manera debiera ser mirada como una tortura ni un esfuerzo sobrehumano, mucho menos como una punición machista. Y lo digo yo, que soy feminista de las del tiempo de Madame de Staël, jamás de las de ahora, que para mí no son más que extremistas de la peor clase, de las del retroceso. Son, como se dice en francés, unas coincées du cul, unas beatas con cargo político, unas pornopolítikas.

A mí no me extraña absolutamente nada que venga de los comunistas. Van de la mariposa al lirio en un pestañazo. Ayer andaban cazando y apresando homosexuales; hoy, desde el poder, toca el turno del sacrificio de la heterosexualidad. Por ahí va la cosa de esta señora ministra, o ministre, su imposición es la lesbianidad (no lesbianismo, que no es paludismo), desde su horror-envidia de la masculinidad, con la intención abierta de que entonces la mujer deje de ser de una vez heterosexual por decreto ideológico hembrista y se convierta a la lesbianidad, a la fuerza de una mentecatez que pretende borrar al macho. Bueno, ¿y si hay mujeres a las que le gusta lo macho, pero dentro de ellas, y no tener que asumirlo ellas como penetradoras lésbicas? Pero, además, ¿a quién le importa?

Vuelvo y reitero que la sexualidad es cosa de cada quién. Ningún Gobierno, ningún político, ningún sistema político debiera inmiscuirse en esos temas íntimos de elección personal.

Lo curioso es que esta señora, así como la otra patética, que va y enseña los pechos en una iglesia, lo que no se atrevería a hacer en la Gran Mezquita de Riad, y que sin embargo llama patética a otra mujer que ha decidido presentarse vestida normalmente, como una mujer libre, en un campo deportivo de Arabia Saudí; ambas, no son capaces de quitarse el velo frente a unos machistas extremistas religiosos islamistas, y mucho menos dirán esta boca es mía en su contra, frente a las continuas lapidaciones de mujeres y ahorcamientos públicos de homosexuales, a los que también lanzan desde azoteas para que se defenestren por el simple hecho de su decisión sexual. ¿O es que a eso también llegará el anhelo de esta ministra, en relación a las mujeresa las que NO nos da la real gana de ser como a ella le canta el alma que seamos? ¿Nos perseguirán, nos lapidarán, nos defenestrarán?

Por otro lado, está el cuestionamiento del idioma.

Hace algún tiempo, el cubano Carlos Alberto Montaner declaró jocosamente que lo primero que escasea en los países comunistas es el papel sanitario. Todos rieron. Todos, menos yo. No, porque lo primero que escasea en una sociedad totalitaria es la libertad, el derecho a decir no, el derecho a opinar. Y va en este orden:

– Intromisión en la sexualidad, con las consabidas prohibiciones.

– Modificación y empobrecimiento del lenguaje con el propósito de controlar el pensamiento. Sucedió durante el fascismo y la persecución de los judíos por los nazis, y ocurrió y ocurre todavía en el campo socialista y bajo sociedades totalitarias comunistas. Prohibición de palabras, como en Cuba, donde se empezó por censurar llamar educadamente "señor" y "señora" a las personas, había que llamarlas "compañero" o "compañera"; el resto fue considerado lenguaje burgués enemigo y debía ser eliminado de la vida cotidiana. Así como el inglés fue considerado "idioma del enemigo". Se impusieron lemas, consignas diarias, que se fueron convirtiendo en una forma de expresión rutinaria y mediocre que usaba y usa códigos de muy bajo nivel. ¿También es lo que pretende la viceministra Carmen Calvo, cambiar la Constitución, por asuntos lingüísticos de baja estofa? ¿Ella, la del "Dixie/Pixie"? Pareciera casi nada, y es el centro del primer gesto o síntoma de opresión.

Por último, los comunistas actúan de la siguiente manera: en un foro público, en los medios de comunicación, la orden imperiosa es no dejar hablar al que tienen enfrente, imponerse al rival con su jerga plena de insultos y de expresiones vulgares (aunque puntuales), a grito pelado, manoteos, amenazas si fuera necesario. Es lo que vi hace poco en un vídeo, un tipo que no conozco en contra de la periodista y escritora Isabel San Sebastián, a unos niveles de violencia que provocaban indignación. Por cierto, ninguna feminista, salvo yo, que ya avisé que soy de las antiguas, salió en su defensa. Ninguna ministra de Igualdad o, mejor dicho, de Igual Da, ha dicho ni esta boca es mía.

Viendo lo que está sucediendo en España con este Gobierno comunista, podríamos afirmar que a la libertad no le queda mucho y que muy pronto, no sin tristeza, veremos de lo que son capaces esta panda de siniestros ignorantes. Que no es lo que dan por el ojete, sino lo seguido que lo hacen.

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