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Por qué el olor de un bebé es un "disparo de dopamina en el cerebro" de los adultos

Un estudio revela que la fragancia de los recién nacidos activa el sistema de recompensa, liberando dopamina para asegurar su cuidado y protección.

Un estudio revela que la fragancia de los recién nacidos activa el sistema de recompensa, liberando dopamina para asegurar su cuidado y protección.
Pixabay/CC/Michelle_Pitzel

Hay algo universal en el aroma de un recién nacido. Quien haya sostenido a un bebé en brazos reconoce esa fragancia suave, dulce y difícil de describir, a veces comparada con la vainilla o el talco. No es una ilusión ni un recurso poético: tiene una base biológica sólida y cumple una función esencial en la supervivencia humana.

Durante años se pensó que era simplemente una consecuencia de la limpieza o de la delicadeza de su piel. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que ese olor forma parte de una estrategia evolutiva diseñada para despertar en los adultos una necesidad intensa de protección y cuidado.

Un disparo de dopamina en el cerebro

Un estudio de la Universidad de Montreal analizó qué ocurre en el cerebro cuando se percibe el olor de un bebé. Los investigadores escanearon a 30 mujeres —algunas madres y otras no— mientras olían prendas usadas por recién nacidos. El resultado fue revelador: el aroma activaba el sistema de recompensa cerebral, especialmente el núcleo accumbens, una región asociada al placer.

Esa misma zona se activa cuando comemos algo que nos gusta o experimentamos una recompensa. Al oler a un bebé, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor vinculado al bienestar. La sensación es agradable, reconfortante y refuerza conductas de apego. No es solo ternura: es química.

Un lienzo biológico "limpio"

Parte del secreto está en la composición corporal del recién nacido. Los bebés producen principalmente sudor ecrino, compuesto por agua y sal, inodoro e incoloro. Las glándulas sudoríparas apocrinas, responsables del olor corporal intenso en la adolescencia y la edad adulta, aún no están activas.

A ello se suma la presencia de la vérnix caseosa, la sustancia blanquecina que protege su piel durante la gestación. Compuesta por agua, lípidos y proteínas, esta capa actúa como barrera antibacteriana y contribuye al aroma inicial tras el nacimiento. Restos de líquido amniótico, aceites naturales y un microbioma cutáneo todavía en desarrollo completan esa "firma olfativa" única.

Las bacterias presentes en la piel del bebé también influyen, pero de forma distinta a la de los adultos. Su ecosistema microbiano es más simple y genera un olor descrito como fresco y limpio.

Feromonas y vínculo afectivo

Las investigaciones sugieren que los bebés emiten señales químicas que fomentan el apego. Estas feromonas pueden estimular la liberación de oxitocina, conocida como la "hormona del amor", reforzando la conexión emocional entre padres e hijos.

El olor, además, reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, en los cuidadores. Criar a un recién nacido implica agotamiento y demanda constante. Desde una perspectiva evolutiva, ese "extra" de recompensa química actúa como un pegamento invisible que asegura que el adulto continúe invirtiendo energía en la crianza.

Un aroma con fecha de caducidad

Este perfume natural no dura para siempre. Suele cambiar de forma notable hacia los seis meses de vida, cuando el metabolismo del bebé evoluciona, su microbioma se diversifica y la alimentación se amplía. Para entonces, el vínculo afectivo ya suele estar consolidado.

El entorno también influye: la dieta materna en la lactancia, los productos de higiene o la frecuencia del baño pueden alterar el aroma natural. El uso de jabones con fragancias intensas puede enmascarar ese olor característico que muchos padres identifican incluso entre varios recién nacidos.

El olor de un bebé es, en definitiva, mucho más que una curiosidad sensorial. Es una herramienta biológica refinada durante millones de años para asegurar que, frente al cansancio y la adversidad, el cerebro adulto encuentre placer en cuidar. La próxima vez que alguien inhale con deleite el aroma de un recién nacido, estará presenciando a la evolución haciendo su trabajo.

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