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A propósito de González Ruano

La suma de progresía y payesía produce sentencias de un rigor inquisitorial que deja en calzas al mismísimo Torquemada.

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Los muertos en España no tienen ni cien días de gracia y pueden ser sometidos a toda clase de vejaciones, víctimas en el más allá de bulos, rumores, murmuraciones, ajustes de cuentas y libelos de toda índole incluso antes del funeral, in articulo mortis. Los muertos son sospechosos habituales con dos ventajas. No tienen coartada y no van a negar que lo hicieron, lo que sea. Hay mucha afición aquí a desenterrar cadávares, a hacer juicios con ouija y a reinventarse la historia. Es lo que hay, se practica la historia ficción porque no alcanza para ciencia ficción.

En periodismo y literatura es tendencia la depuración de responsabilidades post mortem, el examen moral del finado a la luz de los vivos. No hay un solo autor al que no le hayan aparecido desde ultratumba amores prohibidos, placeres privados, plagios ocultos y alguna que otra factura sin pagar.

Lo que es tendencia en periodismo y literatura, ese remover fosas y cunetas, es una obsesión enfermiza en la izquierda y en el nacionalismo. La suma de progresía y payesía produce sentencias de un rigor inquisitorial que deja en calzas al mismísimo Torquemada. Los moralistas de izquierdas (y nacionalistas) o nacionalistas (y de izquierdas) no tienen piedad. Tampoco tienen en cuenta atenuantes. El muerto está absolutamente desasistido, aunque, eso sí, le cabe el consuelo de estar preventivamente muerto.

El último acusado es César González Ruano, al que en un libro de próxima aparición se imputa una no probada e improbable relación con el asesinato de judíos en un paso fronterizo en los Pirineos. Tan grave acusación se sustentaría en el testimonio de un remoto historiador anarquista cuya aportación más singular a las ciencias sociales hasta el presente habría sido el relato en primera persona de una "experiencia" de abducción alienígena. Ojo, ojo.

De Ruano se sabe todo, se ha dicho todo y de todo. Disfrutaba de más talento que tolerancia al alcohol, la cual era, por lo visto, tan extraordinaria que era celebrado por sus cogorzas casi más que por sus artículos. González Ruano era un vividor con salvoconducto, el carné número 4 de la Falange, cuyas cuotas no pagó nunca. Un corresponsal del ABC que estuvo donde había que estar cuando había que estar. En el París ocupado por los nazis, por ejemplo, donde la leyenda quiere ahora convertirlo en un despiadado desvalijador judeófobo, traficante de pasaportes y pérfido agente al servicio de la Gestapo.

Ya estaban tardando. A Pla lo calumniaron en vida y eso que tras la Guerra Civil hizo vida de topo. El nacionalismo lo enterró sobre toneladas de medias verdades y completas mentiras, de tal modo que Pla, al no ser nacionalista, fue, por este orden: espía de Franco, borracho, tacaño, misógino, sucio y vago. Un hombre que había mantenido vivo el catalán...

Lo de Carlos Sentís es todavía más reciente. Sentís fue entre otras cosas periodista durante el franquismo, delito biográfico que los paniaguados de Pujol consideraban intolerable mientras contemplaban arrobados la colección de coches deportivos del primogenito, macho alfa de la manada de los pijos pera del pujolismo. El Sentís político fue clave en el retorno de Tarradellas, una operación de alto riesgo, uno de los episodios cruciales de la Transición y un momento histórico de la democracia en Cataluña (España). Y aun así Sentís es un franquista que no se merece ni una triste calle en Barcelona. Rubianes, en cambio, sí. Y Vázquez Montalbán también, sobre lo que uno tiene tanto en contra como a favor. Nada. Hay calles de sobra.

A Ruano le dedicaron unas baldosas de pared en el Chiringuito de Sitges, el local que utilizaba como redacción durante los años en que vivió en esa localidad. En plan aquí no se fía y escribía un tal Ruano. Se supone que las retirarán, como han retirado su nombre de un premio para periodistas.

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