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Bloqueos ideológicos

Las ideas, como nuestra historia, no pertenecen a nadie, sino que son potencialmente de todos. La idea de República, de cosa pública, no pertenece a los nacionalistas, separatistas y socialistas, sino que es de todos.

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La X legislatura fue abierta con un discurso enfervorizado a favor de la Corona a cargo del presidente de edad de la mesa del Congreso de los Diputados. ¿Tiene alguna correspondencia esa intervención con la opinión dominante de la calle? Parece que no hay mucha sintonía entre la cólera del español sentado y lo dicho por el señor Albendea. No pasa nada. Así es la vida institucional. Está bien. La política también es una tarea de apagar incendios. Pero, al margen de ese discurso de día de fiesta, o los políticos profesionales, los buenos políticos dirigidos por la vocación de servir a su pueblo, se abren a lo que les dicen sus votantes o el divorcio se produce más pronto que tarde.

De momento, todo trascurre para el PP por los caminos previstos: tranquilidad y a llevarse bien con todos, incluidos los nacionalistas, aunque eso pudiera suponer un cambio de última hora en la política de nombramientos de Rajoy. No seré yo quien critique esa política de gesto de cercanía y mano abierta a otros grupos políticos. Pero, por favor, nadie se engañe: el resultado de las elecciones del 20-N es inamovible: ha ganado el PP, que aparece como el único defensor plausible de la democracia española, frente al nacionalismo separatista, incluida ETA, y la izquierda que acompaña al nacionalismo. El PP, pues, tiene que romper todos los bloqueos ideológicos que le impidan defender la democracia española, incluido ese no querer saber nada con una tradición que es también la suya, la republicana.

El PP tiene que prestar oídos a la sociedad y, por supuesto, estar dispuesto a cambiar de discurso y acción política, si una institución de la democracia crea más problemas que resuelve. Eso es exactamente lo que mantuve aquí en mi última columna al referirme a la idea de republicanismo cívico, también podríamos hablar de humanismo cívico, que debería introducir el PP en su discurso para acabar de una vez por todas con el bloqueo ideológico que la izquierda ha sometido a la derecha, en los últimos años, al identificar todo discurso sobre el republicanismo cívico con la Segunda República española. Utilicé, en efecto, la noción de bloqueo ideológico para mantener que esa argucia impide pensar la república como forma de convivencia para una democracia desarrollada. Bloquear una idea es impedir que pueda ser considerada al margen de un determinado autor, partido político o, como es el caso, independientemente de una experiencia histórica.

La creencia de que la idea republicana resulta impensable al margen de la República de Platón es, por decirlo suavemente, tan descabellada como aferrarse a la cantinela de que no hay otra forma de república en España que la Segunda República. Desmontar esta patraña es fácil intelectualmente, bastaría recurrir al Kant de bolsillo que lleva cualquier españolito en su cartera y leer: la complejidad de la idea nunca puede sustituirse por la intuición de una experiencia concreta. El Republicanismo cívico, pues, no sólo no se agota en la experiencia de la Segunda República española, sino que puede llegar a significar absolutamente todo lo contrario de esa triste y fatídica etapa de la historia de España. Pero, en mi opinión, para desmontar políticamente esa ideología se requiere algo más que argumentación intelectual y discurso político, se requiere un programa de acción cultural, de política cultural, de un Gobierno nacional dispuesto a no dejarse arrebatar lo común, lo que a todos nos importa, la nación española.

El PP, en efecto, puede pensar la república y todo lo que quiera, sencillamente porque las ideas, como nuestra historia, no pertenecen a nadie, sino que son potencialmente de todos. La idea de República, de cosa pública, no pertenece a los nacionalistas, separatistas y socialistas, sino que es de todos.

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