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Nada políticamente relevante aportó la segunda fotografía de El Mundo, excepto la creativa repetición del artista que realizó el retrato. Sólo había una variante: se mostraba el mismo pie de otra manera. Un cambio de posición. No es poco, pero no es lo suficiente. Tampoco los comentarios sobre esos cambios de posición han sido demasiado relevantes. Quizá en los próximos días leamos textos inteligentes sobre el suceso; pero, en mi opinión, pocos han pensado sobre el pie desnudo, siempre el izquierdo, que muestra Saénz de Santamaría en las fotografías de El Mundo.
Quiero decir, sin eludir cierta pedantería en mi opinión, que apenas cuatro o cinco comentarios serios he hallado en la prensa de estos días sobre el significado político de las fotografías de la portavoz del PP en el congreso de los Diputados. Uno de ellos, quizá el más inteligente, sea el juicio de la socialista Leire Pajín, quien con estilo maquiavélico zanjó cualquier diatriba política con la oposición al decir: "No contribuiré a crear una polémica sobre cómo posa una mujer, bastante tenemos con los prejuicios del machismo que no para de juzgarnos", o sea, al enemigo ni agua; y, por si acaso alguien se atreviese a darle argumentos a la retratada, la señora Pajín lo desprecia. Es una forma contundente de expresar quien es la dueña del feminismo. Y de la agenda política.
Tampoco yo tengo mucho que decir, o sea, que pensar sobre las fotos, excepto que me han ayudado a contestar una pregunta que me hice hace meses. Lo cuento aquí otra vez, más o menos como lo hice en El Mundo de Andalucía, sin ánimo de teorizar sino de relatar. Vamos, pues, al hecho. No es necesario cortar mi narración con desarrollos ideológicos. Sucedió después de las últimas elecciones generales. Me encontré casualmente con Soraya Sáenz de Santamaría. No era la primera vez. Ya había coincidido varias veces con ella en la sala de maquillaje del programa de televisión El Gato al Agua, pero sólo recuerdo esa fecha con nitidez. Fue todo un hallazgo. Inolvidable.
Fue el mismo día de su nombramiento. Eran las 21:40 de la noche y ella había sido elegida por la mañana para representar al PP en el parlamento de España. Mientras comentábamos el asunto, varios colegas esperábamos disciplinadamente nuestro turno para ser maquillados. Al fin, llegó el mío. Con la mayor diligencia, cuando me lo pidió la amable compañera de maquillaje, me senté sobre el sillón de "tortura" con el lógico deseo de que acabara cuanto antes una faena, por otro lado, imprescindible para que tenga éxito un programa de televisión. Pero, nada más comenzar su difícil arte de dulcificar un rostro tan agrio como el de este cronista, interrumpió bruscamente su labor, porque había llegado rodeada de asesores y tiralevitas la señora Sáenz de Santamaría.
Todos trataron a la nueva portavoz con alborozo, y, por supuesto, nadie dejó de felicitarla por su nuevo ascenso en la difícil carrera de la política de partido. Yo mismo, que estaba ya a medio maquillar, me levanté a felicitarla por su ascenso y le ofrecí con cortesía mi puesto en el sillón de maquillaje. Me dio la mano con cierta displicencia. Sonrió y se sentó con desparpajo en el lugar que yo ocupaba. "Por favor", le dijo a la maquilladora, "empieza a retocarme la parte derecha". Guardó absoluto silencio. Se dejó maquillar con mirada inquieta, mientras yo detrás de ella la observaba por el espejo. Pero, curioso, aparté instintivamente la vista de su rostro y me contemplé de arriba abajo en el mismo espejo. Estaba de pie, con media cara pintada, y un ridículo babero que rodeaba mi cuello.
Entonces, me pregunté: "¿He sido sorprendido por una profesional de la política?". Hasta el viernes, nunca supe qué contestarme. Ayer, domingo, ya lo vi claro. Era, sí, la otra fotografía en la que volvía a mostrar su pie izquierdo desnudo. He ahí revelada su alma. Era, sí, la segunda vez que esta mujer me había dejado estupefacto.
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