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El héroe neutral

Durante décadas, la figura de Charles Lindbergh se convirtió en un paradigma del norteamericano. Procedente de una familia de inmigrantes nórdicos, era trabajador, valiente, deportista y, especialmente, arrojado. Incluso físicamente parecía responder al ideario wasp con su figura alta, rubia y de ojos claros. Tras demostrar una especial habilidad para diversos trabajos, cuando atravesó el Atlántico sin escalas en un avión llamado Saint Louis pasó a convertirse en un héroe nacional cuya hazaña tuvo repercusión en todo el globo. Aquella admiración se convirtió en verdadera identificación cuando el hijo de Lindbergh fue secuestrado y asesinado y quedó en la mente de millones de personas que nada se había aclarado de verdad acerca del desdichado destino del muchacho. Este cúmulo de circunstancias convirtió a Lindbergh en un personaje dotado de una enorme influencia durante el período entre guerras. El piloto la utilizó para manifestarse en contra de la entrada de Estados Unidos en una nueva conflagración. Lo que dijo en aquellas fechas tuvo un enorme eco porque, en realidad, era una proyección de lo que pensaban millones de compatriotas.

A su juicio, Estados Unidos no tenía porqué solucionarle los problemas a nadie; era lógico que los británicos y los judíos desearan la entrada en guerra de su nación pero eso obedecía a sus intereses y no a los de Estados Unidos; Hitler había sacado a Alemania del caos y haría un favor al mundo si acababa con la URSS y, desde luego, la manera mejor de enfrentarse con él era dejar que se desgastara antes en su lucha contra el comunismo. En aquellos años, Lindbergh recorrió el país proclamando aquella buena nueva del aislacionismo ante auditorios abarrotados, unos auditorios que ni siquiera se vieron sensiblemente disminuidos cuando comenzó a ser objeto de un reconocimiento explícito y cordial por parte de Hitler y su régimen. Sin embargo, por mucha lógica que pudieran tener sus puntos de vista, el bombardeo de Pearl Harbor acabó con los sueños de neutralidad de Lindbergh. Se comportó entonces como correspondía a un patriota y participó en el esfuerzo de guerra pero lo que emergió de aquel conflicto le llenaría de amargura.

No sólo Estados Unidos se había visto obligado a asumir un papel de gendarme mundial que, personalmente, aborrecía sino que además el comunismo dominaba media Europa y desarrollaba una política agresiva para controlar medio mundo. Pasaría sus últimos años dedicado a tareas de preservación del medio ambiente y ecologismo en un planeta ya incomprensible. La presente biografía –ganadora de un premio Pulitzer– constituye sin duda un magnífico aporte no sólo al estudio de la figura de Lindbergh sino también de los Estados Unidos durante el período de entreguerras. Sin embargo, su mayor atractivo quizá radica en otro aspecto: nos muestra lo fácil que hubiera sido que la historia de los años treinta y cuarenta hubiera seguido un rumbo diametralmente opuesto al que mantuvo, lo suficientemente distinto como para que ahora en Europa la lengua dominante fuera el alemán.


A. Scott Berg, Charles Lindbergh, Barcelona, Plaza y Janés, 799 páginas.

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