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La mano de Dios

Pedro Sánchez le ha sorbido todo el jugo a la democracia. Apenas queda la justa para perseguirle y lo sabe. Debería ser imposible salir indemne o pensar en ganar unas elecciones generales.

Pedro Sánchez le ha sorbido todo el jugo a la democracia. Apenas queda la justa para perseguirle y lo sabe. Debería ser imposible salir indemne o pensar en ganar unas elecciones generales.
EFE

Ganar con trampa puede decirse de muchas formas, pero hay una que se hizo muy famosa. La acuñó Diego Armando Maradona el 22 de junio de 1986 en los cuartos de final del Mundial que disputó contra Inglaterra.

El astro argentino que acabó como las supernovas, devorado por su propia masa y convertido en agujero negro, saltó hasta donde llegaron sus potentísimas piernas de entonces —hoy dicen tren inferior— para rematar un balón que venía rebotado, casi llovido, tras una incursión fallida de Jorge Valdano. El salto no era ni mucho menos suficiente como para superar al portero, Peter Shilton.

La historia se quedó entonces congelada, como en las eternas escenas de Oliver y Benji con el balón girando sobre un eje y un fondo de presunto movimiento. Pero todo estático, concediendo ese tiempo que a todos nos gustaría tener para pensar con calma lo que apenas sucederá en un instante. Y ya que el impulso pilló al Pelusa suspendido con las manos arriba… pues una de ellas se convirtió en un apéndice de esa cabeza que jamás habría llegado a rematar aquel balón. Y gol. Y a semifinales, y a la final. Y estrella en la pechera.

Muchos lo vieron todo en el momento, el colegiado tunecino consultó brevemente con el juez de línea, que dijo no advertir nada extraño en aquel relámpago que bajó del cielo. Ante las dudas y las evidencias, el propio futbolista explicó, poco después, el milagro: el balón entró "un poco por la cabeza de Maradona y otro poco por la mano de Dios".

Pedro Sánchez no podrá regalarnos un solo buen momento como sí hiciera, pese a su execrable círculo de amistades e ideas, Diego Armando Maradona. Pero nuestro presidente ya está en el aire, en pleno salto… a punto de arrimar la mano a la cabeza empuñando la Ley de Nietos para ganar toda la altura moral que nunca tuvo ni tendrá. La portería se ha convertido en una indefensa urna en plenas elecciones generales, el campo es puro barro, el caos más obsceno de corrupción jamás vivido en España. No podemos esperar al VAR.

Apenas quedan instituciones en pie. En un bostezo, saltan un par de registros, tres imputaciones, el rastro de una mordida o la conversación sobre un reparto de botín. ¿Y van? Ya es difícil hacer inventario.

Un ministro y su asesor, el expresidente del Gobierno, un secretario de organización, las esposa y el hermano del presidente del Gobierno, la directora de la Guardia Civil y su máximo mando, la SEPI, el fiscal general del Estado… sin entrar en detalles, escalones menores, otras empresas públicas, privadas y rescatadas o perfiles como el de Leire Diez, cloaquera mayor que levanta acta detallada del expolio.

El PP ha hecho un buen resumen en la web. Son 16 sumarios, 103 imputados, 14 procesados, 4 condenados y 20 tipos de delito. Antes del próximo bostezo, claro. Quizá el final de este artículo sean más, muchos más.

Pedro Sánchez le ha sorbido todo el jugo a la democracia. Apenas queda la justa para perseguirle y lo sabe. Debería ser imposible salir indemne o pensar en ganar unas elecciones generales. Pero…

…pero Pedro Sánchez casi siempre consigue congelar la escena a capricho y buscar una salida, un atajo. ¿Para qué asumir delito alguno destituyendo o admitiendo dimisiones de cargos imputados? ¿Para qué someterse a un adelanto electoral? El abucheo es ya la banda sonora original de su vida. Se puede seguir así hasta que no haya más remedio que convocar elecciones.

Y entonces —improvisaciones, ninguna— una Ley retorcida hasta convertirse en fraude puede obrar el milagro. El gol del Mundial, un poco la Ley de Sánchez y otro poco la mano de Dios. Pero aquí, con permiso de los argentinos, hay algo mucho más serio en juego que el fútbol.

Que el PP haya tropezado al andar con su propio bastón no significa que ahora no tenga razón. Para contradicciones, las que cabalga a diario el marqués de Galapagar. La Ley de Nietos, retorcida mediante instrucciones posteriores por Sofía Puente, directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública del Ministerio de Justicia y, sobre todo, hermana del ministro Óscar Puente —todo parece una broma de mal gusto— es como meter las papeletas de dos en dos en el mismo sobre y que cuenten como buenas. Una directora general no tiene derecho a típex en el BOE. Ni Jesús Caldera se habría atrevido a tanto. Pero ¡adelante con los faroles!

Toda insistencia es poca: la Ley pasó de ser un proceso de nacionalización de hijos y nietos de exiliados que hubieran sufrido persecución por la Guerra Civil —sólo persecución del bando franquista, nunca del republicano, pero eso ya ni se lucha— a considerar exiliado a todo aquel que hubiera salido de España en un periodo borroso, sin necesidad de documentar motivo alguno. Chavismo en esencia.

Para más identificación con el gol del que se cumplen ahora cuatro décadas, la mayor bolsa de solicitantes de nacionalización está en Argentina y el Gobierno de España trabaja sin descanso consular sobre el terreno para orientar debidamente el balón y dirigirlo a la portería y provincia española que más lo necesite. ¿Difícil de conseguir? Que se lo digan a Plus Ultra, a Air Europa, a Tubos Reunidos, a Duro Felguera

Otra cosa es que luego caigan todos a plomo. Pero hoy, ahora, el sanchismo está en eso, en que le voten los que no saben quién es Sánchez porque no saben qué pasa en España ni les importa, salvo que les sea rentable. Los consulados con dotación presupuestaria pueden obrar milagros que ni Maradona fumándose un Robusto con Fidel soñaría.

Muchos años después de aquel Mundial, ya en el 2000, en el libro Yo soy Diego, que como los de Pedro Sánchez, son obra de otros, el argentino mandó a su amanuense decir la verdad para disfrutar todavía más de aquella mentira:

Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento no podía, lo que en aquel momento definí como "la mano de Dios". Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses también…

Estamos avisados.

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