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El rostro verdadero de un héroe

La figura de Petain fue aclamada durante la primera guerra mundial como la del salvador de Francia, aquel que había sabido contener en Verdún a los “boches” y cubrirse a si mismo y a sus soldados de gloria. Ventinueve años después era juzgado por traidor a la patria y colaborador con el enemigo ocupante y condenado a muerte. En apariencia, resumió en su persona los dos extremos del personaje histórico, en la práctica, como muestra esta excelente biografía, fue un hombre de su tiempo y, por difícil que pueda parecerles a muchos, un hombre de honor. Cuando en el verano de 1940 los ejércitos alemanes aplastaron la resistencia franco-británica en el frente occidental, sobre Petain recayó la tarea ingrata y difícil de comprender de firmar un armisticio con el vencedor. No se trató de una capitulación sino, simplemente, de una interrupción de las hostilidades en virtud de la cual el norte de Francia –incluido París– fue ocupado pero, a cambio, la nación conservó su flota, su independencia gubernamental y su imperio colonial.

Mientras esperaba la llegada de los norteamericanos que, como en la primera guerra mundial, cambiaran el signo del conflicto, Petain desarrolló un gobierno que rompía con las tradiciones democráticas de Francia. Muy influido por la Action Française y por el pensamiento católico, Petain encontró un modelo confeso en la España de Franco, un personaje por el que sentía un profundo aprecio desde los años veinte. En 1941, Petain fue convocado a la presencia de Hitler justo el día siguiente de la entrevista de Hendaya en la que el Führer se entrevistó con Franco. Aquel encuentro sería vilipendiado por la Resistencia, pero no pocos lo interpretaron como un segundo Verdún. Petain logró conservar el imperio –a pesar de las ambiciones de Mussolini– y nuevamente ganar tiempo a la espera de los americanos. Sin embargo, el precio que pagó fue la “colaboración”. No puede decirse que el mensaje público en que la anunció fuera acogido con resistencia por nadie. Salvo de Gaulle y su Francia libre –cuatro y el del canotier por aquellas fechas–, todos aceptaron la colaboración, y pocos con más entusiasmo que los comunistas. Stalin había suscrito en 1939 un acuerdo de no-agresión con Hitler y había ordenado a todos sus acólitos que se llevaran bien con los alemanes. La colaboración –tan extendida y tan popular– favoreció desde muchos puntos de vista a Francia en comparación con otras naciones sometidas a Hitler, pero también estuvo marcada por abominaciones como la participación en las deportaciones hacia las cámaras de gas de millares de judíos. Cuando, finalmente, tuvo lugar la victoria aliada el destino de los colaboracionistas fue durísimo. El número de fusilados superó la nada envidiable cifra de los ejecutados en la España de la posguerra y en buena medida fueron llevadas a cabo por los comunistas que ansiaban implantar en Francia un régimen similar al que crearían en esos años en Hungría o Rumanía.

Petain se convirtió para todos en esa época en un símbolo. Su proceso fue discutible –testificaron en favor suya incluso inválidos que habían estado realmente en la Resistencia y que no se habían sumado a la misma al final cuando la suerte estaba echada– y, como deseaban De Gaulle y los comunistas, concluyó con una condena a muerte que no fue ejecutada, en parte, porque hubiera resultado demasiado escandaloso y, en parte, porque se trataba de un anciano y la opinión pública –que sabía mucho más de lo que había sucedido que lo que afirmaban las consignas de los partidos– comenzaba a hartarse de sangre. Moriría, finalmente, recluido en una prisión militar con una esposa a la que se había privado de la pensión. Seguramente, al fallecer cumplía la respuesta que había dado siendo joven a alguien que le había preguntado porqué escogía el oficio de las armas: “porque si se vence se encarna la gloria, y si se pierde, el honor”.


Antonio J. Planells, Petain, Barcelona, Editorial Viena, 1080 páginas.

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