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Para ningún observador avisado era un misterio que, tan pronto como los radicales de Rafael Correa se hiciesen con el poder, el pequeño país andino iba a caer en la espiral de la desestabilización y la violencia. Son los ecos periféricos de la involución bolivariana que azota la región desde hace un lustro. Lo peor es que nadie ha hecho nada para evitarlo, ni desde Washington, ni desde Bruselas ni, por descontando, desde Madrid, donde todo déspota tercermundista que se precie es bienvenido. El desvarío de un puñado de arribistas reconvertidos a un indigenismo de opereta, demagógico y trabucaire sin abandonar, obviamente, las esencias del socialismo más clásico se está apoderando de unos países castigados por la crisis económica, las dictaduras militares y toda clase de aventurerismos políticos.
Son ya tres las naciones por las que se ha extendido la borrachera del llamado socialismo a la venezolana que, en esencia, es el comunismo a la cubana de toda la vida. Porque, no nos llevemos a engaño, en esto son los hermanos Castro quienes ponen la semilla y su lugarteniente Chávez quien aporta el agua que la riega en forma de petrodólares. No hay ni trampa ni cartón. En cada una de las citas electorales que han tenido y tendrán lugar desde California hasta Tierra de Fuego, Caracas tiene su nomenclátor de favoritos a los que apoya sin remilgos. Lo ha conseguido en Bolivia y Ecuador, dos eslabones débiles de la geopolítica iberoamericana, pero no renuncia a presas mayores, y a la vista están los disturbios que se produjeron en Ciudad de México o en Oaxaca tras las elecciones en las que Calderón salió justo ganador.
La forma de actuar es siempre la misma. Toman el poder a través de las urnas, cabalgando sobre una masa de desheredados –que en casi toda Hispanoamérica es tristemente numerosa– y emprenden programas de transformación radical, expropiaciones y liquidación por derribo de lo poco de democracia liberal que queda en aquellos atormentados países. En Venezuela el proceso está a punto de concluirse con el afianzamiento definitivo del chavismo, un régimen que ha entrado en una glaciación que aun puede durar muchos años. Bolivia no le va a la zaga y la resistencia que ha ofrecido el Parlamento, donde sus diputados se pusieron en huelga de hambre hace sólo dos meses, no ha servido de nada; los planes de Morales respecto a la reforma constitucional siguen adelante.
En Ecuador el patrón se repite con precisión casi matemática. Correa necesita no el poder que le otorga la Ley, sino el mando absoluto para hacer y deshacer a su antojo, es decir, al antojo de Chávez, esto es, al de Castro. Para ello, como en Bolivia, es preciso reformar la Constitución y, tras la previsible negativa de la oposición, es ahí donde se pone a funcionar la "otra" mayoría del presidente, la callejera, la del botellazo, el cóctel molotov y la barricada. El permanente estado de sitio en la calle es parte fundamental e irrenunciable de este no tan nuevo modo de matar una democracia parlamentaria.
Lo sencillo es decir y autoconvencerse que en Ecuador no pasa nada, que la inestabilidad es congénita en los países del sur de América, y que si no sucede esto con Correa sucederá otra cosa de similares características con el que venga. Pero no es así. Los tumultos de Quito, en los que los diputados se vieron obligados a salir por la puerta trasera del Parlamento, son el mar de fondo de un problema mucho más grave y que, al menos en Ecuador, no ha hecho más que empezar.

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