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Columna publicada el 16-10-2005
No contento con su contribución la división del PSOE a propósito del histórico desafío a la nación y la Constitución españolas que supone el mal llamado "proyecto de reforma estatutario", parece que Maragall también está dispuesto a crear conflictos en el seno del propio tripartito catalán a través de una pretendida remodelación del gobierno autonómico, de la que el presidente no había informado, ni a sus compañeros del PSC, ni a sus socios de ICV.
Es perfectamente comprensible el nada disimulado malestar que han transmitido muchos miembros del PSC al enterarse por la prensa de estas filtradas intenciones presidenciales de las que sólo tenía conocimiento Carod-Rovira y que, para colmo, tratan de nombrar al hermano de Maragall como nuevo consejero de Universidades
Si la aprobación en el Parlamento catalán de la "reforma" estatutaria ha querido ser utilizada como muestra de la estabilidad y el consenso que impera en Cataluña –por mucho que ese "consenso" en torno a la reforma estuviera, en realidad, al margen de las prioridades e inquietudes de la inmensa mayoría de los ciudadanos catalanes–, ahora se ha puesto en evidencia la fragilidad de todo el entramado.
Si destacados dirigentes del PSC, como Manuela de Madre, hacían ostensible el sábado su desagrado negándose a aplaudir el discurso de Maragall ante el Consejo Nacional del partido, el portavoz del PSC Miquel Iceta, ha advertido este domingo que la posición de este partido es la de no considerar "necesario ni oportuno" acometer cambios, recordando a Maragall su deber de escuchar a su partido y a sus socios de gobierno a la hora de tomar cualquier decisión al respecto.
Ni que decir tiene que las desveladas intenciones de Maragall todavía encuentran más rechazo entre quienes las han revelado como los miembros de ERC o entre los otros socios de gobierno que, como ICV, también serían perjudicados por la reducción de consejerías que quiere llevar a cabo el presidente de la Generalidad.
Desde CiU tampoco se ha perdido la oportunidad de azuzar el fuego, y no otra cosa ha hecho Mas al animar a Maragall a llevar a cabo esos cambios de gobierno y a someterse en el Parlamento autonómico a una moción de confianza.
En cualquier caso, llama la atención que las críticas a las intenciones del presidente de la Generalidad pasen más por el rechazo al momento escogido o por la reducción de las carteras a repartir que conlleva su remodelación, que por el vergonzoso nepotismo del que ha hecho gala Maragall con su pretensión de poner a su hermano al frente de una consejería.
En cualquier caso, no nos debería sorprender la degradación ética que impera entre las elites políticas catalanas si recordamos la rapidez con la que se impuso la omertá tras aquellas escandalosas acusaciones del "tres por ciento".
Lo que hubiera hecho falta entonces era una catarsis pero, en lugar de eso, la clase política catalana, animada por el gobierno del 14-M, se ha embarcado en una huida hacia delante con una "reforma" estatutaria que, no sólo no adecenta la vida política catalana, sino que pone en jaque la convivencia nacional y constitucional de toda España.

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