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Columna publicada el 18-03-2004
Que Bono fuera Ministro del Interior en el Gobierno Zapatero, salido de las urnas pero extraído de la matanza del 11-M, ofrecía algunas garantías de formalidad y continuidad en la política antiterrorista y también para la seguridad de los ciudadanos desafectos, porque a la vista del odio patológico y la infamia sistemática que los rencorosos profesionales del PRISOE siguen vertiendo contra las víctimas políticas de su abyecta manipulación de la masacre, cabe temer con fundamento que volvamos a los tiempos de Manglano y de Roldán, de las fórmulas mafiosas instaladas en el corazón del Gobierno para machacar a la oposición política o periodística y siempre con la colaboración de grandes héroes de la justicia como El Pollo del Pinar. Claro que el luchador canario era una monjita de la caridad al lado del fiscal Bermejo, del que como amigo íntimo del preconizado Ministro de Justicia se habla ya como Fiscal General del Estado. Ante esas perspectivas de permanente Estado de Excepción contra la oposición, Bono suponía, ya digo, una cierta esperanza. La única, por cierto, junto a Miguel Sebastián, en un friso de ministrables de conocida mediocridad o de pavoroso sectarismo.
Pero también esa esperanza nos la ha hurtado Zapatero al llevarse a Bono no a un ministerio esencial como el de Interior sino al de Defensa, que sólo ha aparecido durante la campaña para anunciar que le iban a recortar el Presupuesto. Y cuya primera misión será ordenar la rendición formal de España ante el terrorismo islámico retirando nuestras tropas de Bagdad. Por lo visto, quieren a Bono delante de la bandera española porque saben que es la suya, pero para hacer una política antinacional mejor que pongan a Montilla. O a Moriles. O a Tura, esa señora de la que depende la policía de Cataluña y que ha sido capaz de decir que el Rey paró un golpe de Estado el sábado 13 de marzo y ahora salir con que se den “por no dichas sus palabras”. La única palabra que tiene que decir un político que se comporta así es “dimito”. Todo lo demás, sobra. Pero ¿cómo va a dimitir por calumniar al Gobierno legítimo de España y utilizar al Rey arteramente quien se sienta en el Gobierno con los contertulios de ETA en Perpiñán? (Por cierto, que empieza a ser ya escandaloso el silencio de la Zarzuela ante esta campaña contra el Gobierno legítimo de España, que, aunque en funciones, sigue siendo el de Aznar.)
Por eso era importante la presencia de Bono en un ministerio clave como Interior. Por eso se nos antoja un simple florero, aunque sea blindado, en el Ministerio de Defensa, salvo para calmar a los militares de las fechorías que piensan hacerles. Y que, si nos guiamos por la campaña electoral van a ser continuas. Como contra todos los españoles que no se avergüenzan de serlo, claro está, sólo que a los militares les van a doler más porque la servidumbre es poco llevadera cuando está ausente la grandeza. Nunca hemos sido particularmente devotos del presidente manchego, pero las cosas que está anunciando Zapatero para su gobierno son tan espeluznantes que, aunque sea por viejo y por diablo, Bono nos reconfortaba. También ese consuelo se nos hurta. A lo mejor vuelve a Interior, y ahora ya mandando del todo, Rafael Vera, en pago a las tareas que se le atribuyen –queremos suponer que sin fundamento– en la lúgubre epopeya desinformativa de los tres días atroces, desde el 11-M hasta el 14-M. Malo, muy malo es que no vaya Bono a Interior, porque seguramente irá otro muchísimo peor. Malo, muy malo es que vaya a Defensa, porque es señal de que quieren perpetrar y disimular cosas malísimas. Para florero blindado, mejor Rodríguez Ibarra. Al menos, se hubiera ayudado a Extremadura.

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