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ENIGMAS HISTÓRICOS

¿Qué hay de histórico en el Quijote? (III)

Otro ejemplo del entrelazamiento de lo imaginario con lo histórico aparece en la aventura de los encamisados o del traslado del cuerpo muerto descrita en I, 19. Como es sabido, en la mencionada historia don Quijote y Sancho se topan con una procesión nocturna de encamisados. Cuando el hidalgo pretende enfrentarse con ella lo único que logra es que uno de los jinetes que la escoltan caiga de su caballo y se quiebre una pierna. Interrogado éste por don Quijote, le explica que la comitiva, lejos de constituir un suceso similar a los contenidos en los libros de caballerías, no pretende sino el traslado de "un caballero que murió en Baeza (...) [a] Segovia, de donde es natural".

El episodio así narrado, como en su día puso de manifiesto Martín Fernández de Navarrete, constituye un trasunto del traslado de los restos mortales de San Juan de la Cruz. Cuando éste falleció fue sepultado en Úbeda, una población cercana a Baeza, pero al poco tiempo una devota suya, doña Ana de Mercado y Peñalosa, realizó una serie de gestiones ante el padre Fray Nicolás de Jesús María, vicario general de la Reforma carmelitana, a fin de que desenterraran en secreto el cadáver de San Juan de la Cruz y lo llevaran a un monasterio de Segovia fundado por doña Ana y su hermano, Luis de Mercado.
 
En septiembre de 1592 fue enviado para realizar el traslado secreto Francisco de Medina Zaballos, con título y comisión de alguacil de Corte. Al desenterrar el cadáver lo encontraron sin descomponer, y entonces se decidió aplazar el traslado. A inicios de 1593, finalmente, éste se produjo. Tras exhumar de nuevo el cadáver, se guardó en una maleta para disimularlo mejor. Abandonaron Úbeda por la noche, para evitar que la población se enterara.
 
El alguacil, tras dejar el camino derecho de Madrid, marchó por Jaén y Martos. Precisamente al atravesar un campo se vio detenido por un hombre que le pidió cuenta de lo que transportaba. El alguacil respondió que llevaba orden y recados del Consejo Real de Castilla de que no debía ser reconocido, y ante la insistencia del hombre pensó en entregarle una moneda de plata para que se fuera, pero al intentar hacerlo se encontró con que éste había desaparecido.
 
Según el relato de fray Francisco de San Hilarión, de Linares, lo que sucedió durante el traslado fue que, cerca de un lugar, en un monte alto, un hombre comenzó a darles voces para que dejaran al difunto, cosa que les sorprendió; creyeron que se trataba del diablo, porque muy pocos de los que iban sabían lo que llevaban.
 
Relicario de San Juan de la Cruz (Oratorio de S. Juan de la Cruz, Úbeda).Como puede suponerse, la población de Úbeda, al conocer que le habían robado el cadáver del santo, entabló un pleito contra Segovia para que se lo devolvieran. En 1596 el Papa ordenó que, efectivamente, regresaran a Ubeda los restos mortales, pero para evitar contiendas consintió en que el cadáver fuera despedazado y repartido entre la mencionada población y Segovia.
 
Una vez más, las coincidencias con las páginas del Quijote son demasiadas como para pensar en la casualidad. El lugar de procedencia y de destino del cadáver, la hora del traslado e incluso la causa de la muerte (unas "calenturas pestilentes") son iguales. No lo es menos el que apareciera un hombre –en este caso don Quijote– que los detuviera, y que los que transportaban el cadáver lo confundieran con el diablo. Como dice el relato: "Todos pensaron que aquel no era hombre, sino diablo del infierno, que les salía a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban". Cervantes pudo conocer el episodio cuando se tuvo noticia del litigio entre Úbeda y Segovia, y no puede descartarse que el relato del Quijote sea una muestra del desagrado del autor ante semejante conducta.
 
Otro episodio del Quijote que se inspiró en un acontecimiento real es el relacionado con los amores de Cardenio, Luscinda, Dorotea y don Fernando. Que estos personajes representaban probablemente a seres de carne y hueso fue algo que resultó palpable desde el principio a algunos de los comentaristas de la obra. Clemencín comprendió que al referirse Cardenio a su patria como "madre de los mejores caballos del mundo" (I, 24) indicaba que era cordobés, pero le resultó imposible ir más allá de esta deducción. Fue Francisco Rodríguez Marín el que, finalmente, consiguió descubrir a los personajes que se ocultaban tras los nombres creados –¡esos sí!– por Cervantes.
 
Así, llegó a la conclusión de que Dorotea –la joven burlada por don Fernando que, fingiendo ser la princesa Micomicona, colabora con el cura y el barbero en el intento de traer a don Quijote de regreso a su aldea (I, 28 ss.)– era un trasunto de María de Torres. Por su parte, don Fernando –el mal amigo de Cardenio que no sólo seduce con malas artes a Dorotea sino que además pretende casarse con Luscinda– era la traducción literaria de Pedro Girón, hijo segundo del primer duque de Osuna. En cuanto a Cardenio –el enamorado de Luscinda que, enloquecido por la supuesta traición de ésta y de don Fernando, se refugia en Sierra Morena y después se suma a la tarea de traer al hidalgo manchego a su lugar– se correspondía también con un personaje real que, efectivamente, era de Córdoba y se llamaba Cárdenas.
 
MICOMICONA IMPLORA SER SOCORRIDA POR D. QUIJOTE (Clemencín, 1833; detalle)Sabido es que Cervantes recorría Andalucía en 1587. La historia de estos tres personajes debía de encontrarse fresca por aquel entonces. De hecho, don Pedro Girón –el don Fernando cervantino– había andado efectivamente en amores con doña María de Torres en torno a 1582 y 1583. Al parecer, en el curso de esa relación la joven se le entregó, fiada en su palabra de contraer matrimonio, pero don Pedro luego no hizo honor a la misma. En cuanto a Cárdenas, había sido una víctima más de la bajeza moral de persona de tan alta cuna.
 
En I, 36 y ss. Cervantes proporciona un desenlace hasta cierto punto feliz al relato. Cardenio recupera a Luscinda y don Fernando, arrepentido, se casa con Dorotea, reconociendo la perversidad de su comportamiento anterior con ella y librándola así de la deshonra. Semejante solución puede resultar chocante para nuestra sensibilidad, que no entiende cómo puede quedar deshonrada la víctima y no el perpetrador de su desgracia, pero encajaba de lleno con la visión de la época.
 
El final de la historia real en que se basó Cervantes fue, sin embargo, muy distinto al que leemos en el Quijote. Don Pedro nunca llegó a casarse con doña María de Torres. Siguió a su padre cuando éste fue nombrado virrey de Nápoles, evitando así reparar el daño que había causado a una mujer. No disfrutó, sin embargo, mucho de la vida que hasta entonces había empleado tan mal. En 1583 murió, soltero, en Nápoles. Sus restos fueron posteriormente trasladados al panteón de los duques, en la villa de Osuna.
 
El cómo llegó a saber Cervantes de esta historia es algo que ignoramos, aunque lo más fácil es pensar que la oyó referir durante sus años de estancia en Andalucía. Si llegó a conocer a alguno de sus protagonistas –Cárdenas, doña María o alguien relacionado con ellos– entra ya en el terreno de la conjetura. Lo que no es tan conjetural es que no sentía ninguna simpatía ni por los duques de Osuna ni por la ciudad mencionada en su título. El loco de Sevilla era graduado en Osuna (II, 1), y el matasanos Pedro Recio de Agüero también se convirtió en médico en esa población (II, 47).
 
En cuanto al personaje ya mencionado de don Fernando, es un ejemplo de cómo debería haberse comportado don Pedro... y no lo hizo. Finalmente, hay que indicar que en I, 21 aparece una mención nada respetuosa a un "señor muy pequeño que era muy grande". La misma sólo puede referirse a Pedro Téllez Girón, gran duque de Osuna. Si la voz popular señalaba que "de pequeño no tenía otra cosa que la estatura", Cervantes afirmaba que era muy pequeño –¿sólo físicamente o también humanamente?–, pese a lo cual decían que era muy grande.
 
Una vez más, Cervantes había tomado situaciones de la vida real para entretejerlas con su relato de ficción.
 
 

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