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Abraham Lincoln solía decir que había vivido varias ocasiones en donde, a falta de otra cosa mejor que hacer, había sentido la irreprimible necesidad de ponerse de rodillas. Se entiende, a rezar. Quizá no sea del todo inoportuno recordar que este fue un hombre que se resistió a la destrucción de la unidad de su Nación, con tal de hacer frente a aquellos que se empeñaban en hacer de ella una Nación de desiguales, reconociéndoles derechos a unos y negándoselos a otros.
Resulta pues que para saber estar hay incluso que aprender a cómo estar de rodillas. A ver si podemos.
En esta última semana el Presidente de los Estados Unidos ha dedicado no menos de cuatro discursos a hablar de la lucha contra el terrorismo. En el primero ha hecho una aproximación de carácter general, al tiempo que presentaba la estrategia nacional para combatir el terrorismo. En el segundo ha hablado de la necesidad de adoptar tribunales especiales que puedan juzgar a los sospechosos de haber cometido los actos terroristas del 11-S. En el tercero ha hecho un resumen del progreso realizado hasta el momento en el combate contra el terrorismo global. Por fin, el pasado 11 de septiembre, en la velada de una larga jornada dedicada a las conmemoraciones por los atentados de hace cinco años, se ha dirigido a la Nación para decirle por qué los norteamericanos están decididos a enfrentarse a las amenazas a la civilización occidental, y cómo van a hacerlo.
En aproximadamente las mismas fechas nosotros estábamos ocupados escuchando desde Helsinki que hay que esforzarse por encontrar una comprensión cabal del terrorismo y prepararle una respuesta serena. No hemos podido profundizar en la reflexión porque el presidente del Gobierno no ha querido comparecer ante la prensa a explicarse más. A veces, desde luego, le entendemos.
Una de las ideas repetidas por Bush estos días es la siguiente: la guerra ante el enemigo terrorista es más que un conflicto militar, es el combate ideológico decisivo del siglo XXI y una llamada a nuestra generación. Los Estados de Derecho que gozan del liberalismo democrático como idea rectora, tienen también a este como el arma fundamental para hacer frente a las amenazas. Para oponerse a ellas, no para buscar un término medio de comprensión entre la tiranía y la opresión, y la libertad.
Es un lugar común pensar que la reacción americana ante el terrorismo ha sido desproporcionada y que ha resultado contraproducente. No es normal este mecanismo de pensamiento. No es normal equiparar a quien se defiende, y nos defiende, con aquél que tiene por programa la destrucción. Deslegitimar sistemáticamente a la víctima negándole cualquier mecanismo de defensa frente a su agresor equivale a favorecerlo. Para que se haya tergiversado de tal manera el modo de pensar de Occidente han sido necesarios muchos años de propaganda. La legítima defensa es más que una opción admisible, cuando se tiene la responsabilidad de proteger a los ciudadanos de una nación, es un deber. No se puede renunciar ante el chantaje pensando que ya pasará la amenaza, porque cuando se renuncia ya se ha perdido. Entregar la libertad por la vida es un mal negocio. Por de pronto porque nunca funciona y se pierde la libertad, y la vida. Además porque, una vez que se ha perdido la libertad, ¿qué valor tiene esa vida? Una comprensión cabal y serena de este fenómeno debería llevarnos a esta conclusión.
Bush lo tiene claro. Los ataques del 11 de septiembre quisieron poner a los americanos de rodillas, y lo lograron, pero no en la manera querida por los terroristas. "Los americanos se unieron en oración, (...) y decidieron que nuestros enemigos no tendrían la última palabra (...). Seguimos adelante con confianza en nuestro espíritu, seguros de nuestro propósito, y fe en un Dios de amor que nos hizo para ser libres".
Se dirá que no estamos en España en un contexto como para hablar de Nación, libertad o de Dios, y ese quizá sea el problema, pero seguro que hay madera para algo más que para la "comprensión cabal".

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