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LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA

Checoslovaquia, en brazos de Stalin

Dentro del manojo de naciones que quedaron tras el Telón de Acero al final de la década de los 40, Checoslovaquia fue un caso especial. Y es que puede decirse que cayó del otro lado casi por voluntad propia.

¿Quiere esto decir que en Checoslovaquia había muchos más comunistas que en otros lugares? De ninguna manera. Las claves de por qué el bello país desgajado del imperio austro-húngaro acabó formando parte del bloque soviético están en los años de entreguerras.

Checoslovaquia nació como país a consecuencia de la desmembración de Austria-Hungría al final de la Primera Guerra Mundial. Como Yugoslavia, y a pesar de ser más pequeño, distaba mucho de constituir una unidad étnica. Estaba compuesto por cuatro regiones: Bohemia, Moravia, Eslovaquia y Rutenia; además, el borde exterior de Bohemia y Moravia, los Sudetes, estaba habitada por alemanes.

La presencia de esta minoría y el temor a una futura revancha austriaco-alemana empujó al pequeño país a buscar alianzas. Enseguida encontró eco a sus preocupaciones entre los que podían temer una resurrección del imperio austro-húngaro: Rumanía y Yugoslavia. Entre los tres firmaron una serie de tratados, en los inicios de los años 20, hasta constituir lo que informalmente se llamó la Pequeña Entente.

De todas formas, necesitaban un protector entre las grandes potencias. Las dos anglosajonas habían adoptado una postura condescendiente con Alemania tras convencerse de que la recuperación económica de ésta era esencial para la prosperidad mundial. La nueva Rusia, comunista, estaba intentando salir de su aislamiento diplomático por medio del acercamiento al otro gran paria europeo, Alemania, después de haber firmado en 1922 el Tratado de Rapallo. Sólo quedaba Francia, que estaba igualmente preocupada por no encontrar entre los grandes receptividad a sus temores acerca de Alemania. Trató entonces de acercarse a los países de la Pequeña Entente, con los que acabó suscribiendo tratados por separado: el de asistencia mutua con Checoslovaquia se firmó en octubre de 1925.

En 1933, la llegada de Hitler al poder provocó que la URSS cambiara decisivamente de rumbo en política exterior. De un planteamiento de cooperación con Alemania, que Stalin intentó conservar sin éxito tras el triunfo de los nazis en las elecciones, pasó a promover una política de seguridad colectiva europea encaminada a contener el aventurerismo alemán. Los rusos, que leyeron Mein Kampf con atención, vieron enseguida en los nazis un peligro potencial y se dedicaron a buscar aliados. A los ingleses, los comunistas les provocaban tanta o más repugnancia que los mismos nazis, de modo que no quisieron saber nada de las propuestas que Maxim Litvinov, ministro de Exteriores soviético y principal arquitecto de la nueva política, les hizo. Francia, en cambio, sí se mostró receptiva ante los soviéticos.

París tenía buenos motivos. Versalles no había terminado de resolver sus problemas estratégicos, que en los años 30, con un gobierno nacionalista en Berlín, eran en esencia los mismos que antes de la guerra. Mucho más cuando Gran Bretaña se mostraba más reacia que nunca a entrar en alianzas que pudieran arrastrarla a un conflicto en el continente. Sin embargo, los franceses no deseaban enemistarse con los británicos, pues sabían que, aun sin estar comprometidos, si el conflicto entre alemanes y franceses estallaba, los ingleses, como siempre, se pondrían del lado del más débil. En tiempos de Luis XIV y de Napoleón, Francia fue el enemigo; en el siglo XX, el aspirante a dominar el continente ya no era Francia, sino Alemania, y Gran Bretaña estaría del lado de cualquiera que pretendiera impedírselo.

Los británicos verían con muy malos ojos que se reeditara una alianza entre Francia y Rusia/la URSS como la de antes de la guerra, pues se creía que una de las causas de la misma había sido, precisamente, la diplomacia de alianzas de principios de siglo. Por eso, franceses y rusos urdieron una estrategia para poder fraguar su alianza anti-alemana sin topar con la oposición británica. Se les ocurrió levantar lo que llamaron "un Locarno para Europa Oriental", en el que también entraría Alemania. Pues bien: no sólo se opuso Alemania, también Polonia, que temía a los comunistas mucho más que a los nazis.

Las negativas alemana y polaca convencieron a Londres de que los culpables de la renovación de la alianza franco-rusa no eran los firmantes, sino los nazis, por lo que dio su placet al tratado de asistencia mutua que París y Moscú firmaron el 2 de mayo de 1935. En esta alianza se integró enseguida Checoslovaquia.

Para los checoslovacos, el peligro de una posible resurrección del imperio Habsburgo había definitivamente desaparecido a esas alturas de los 30. Sin embargo, la presencia de población alemana en los Sudetes y la llegada de un gobierno nacionalista a Berlín era una amenaza suficientemente seria como para considerar la integración. Además, los checoslovacos tenían una buena disposición hacia los comunistas rusos porque les habían ayudado a combatir a los austriacos tras la revolución de 1917, cuando los bolcheviques estaban viendo el modo de firmar la paz con los alemanes.

Aunque en 1935 Edvard Benes era sólo el jefe de la diplomacia, su influencia sobre la política exterior checoslovaca era absoluta, ya que el más moderado presidente Masaryk se hallaba muy enfermo: de hecho, dimitió en diciembre, y su puesto lo ocupó el propio Benes. Es importante destacar la influencia de éste porque se trataba del típico socialista del momento, un gran admirador del comunismo soviético.

El tratado de asistencia mutua fue firmado por Benes y el embajador soviético en Praga el 13 de mayo de 1935. Tenía un esquema muy similar al firmado por rusos y franceses, en el sentido de que los firmantes se comprometían a prestarse ayuda en caso de sufrir un ataque por parte de un tercero. Sin embargo, Benes insistió en añadir un protocolo en el que se especificara que las firmantes sólo estarían obligadas a intervenir en el caso de que Francia honrara las obligaciones adquiridas con ambos países en los tratados del 2 de mayo y de 1925.

Se ha debatido acerca de quién fue el máximo responsable de la introducción de esa limitación. Todas las evidencias apuntan a Benes. Sus razones irían en el sentido de que sólo una intervención franco-rusa podría conjurar un ataque alemán; no tenía, por tanto, sentido comprometerse con una URSS que no fuera a recibir ayuda francesa ni pretender defenderse sólo con el auxilio del Ejército Rojo.

La cuestión es que, cuando Hitler hizo estallar la crisis de los Sudetes, en 1938, Checoslovaquia contaba con el compromiso de Francia y la URSS de ayudarla en el caso de agresión alemana; pero con la salvedad de que la URSS sólo estaría verdaderamente obligada si París verdaderamente se implicaba.

Se ha dicho que París y Londres traicionaron a Praga. Sin embargo, hay que recordar que Gran Bretaña no tenía compromiso alguno con ésta, y que fue Daladier quien, siguiendo las directrices pacifistas y apaciguadoras de Chamberlain, traicionó a los checos e ignoró las obligaciones contraídas en virtud del tratado de 1925.

Chamberlain.Durante la crisis, los franceses sondearon a los soviéticos en dos ocasiones a fin de conocer si acudirían en ayuda de Benes en caso de agresión nazi. Las dos veces les manifestaron su disposición a ello, aunque pusieron de relieve las dificultades que habrían de afrontar, al no tener frontera común con Checoslovaquia ni con Alemania. Así las cosas, se requería la colaboración de los países bálticos, Polonia o Rumanía para trasladar tropas rusas a Checoslovaquia. La colaboración de los países bálticos y de Polonia era impensable: sólo Bucarest podía prestar alguna colaboración, pero se mostró reacia a autorizar algo más que el paso de cien mil hombres durante un período no superior a seis días.

La renuente respuesta soviética no fue todo lo concluyente que los timoratos políticos franceses necesitaban para arriesgarse a una guerra contra los nazis.

Cuando finalmente Benes recibió el ultimátum alemán, preguntó a los rusos si, a pesar de la traición francesa, estarían dispuestos a ayudarle en el caso de que decidiera resistir. Antes de que la respuesta rusa pudiera conformarse, el hamletiano presidente checoslovaco decidió rendirse y se avino a las exigencias alemanas, respaldadas por Chamberlain y Daladier.

De lo acordado en Múnich en 1938, los checoslovacos guardaron en su memoria dos cosas: la traición francesa y la disposición soviética a ayudarles.

Una vez estallada la guerra y constituido el gobierno checoslovaco en el exilio, en Londres, con Benes al frente, la disposición de éste a llevarse bien con Stalin y recelar de Churchill resulta hasta cierto punto comprensible.

Checoslovaquia no constituyó una preocupación para Stalin durante la guerra por la buena disposición de Benes a satisfacer los intereses soviéticos, lo que hizo innecesario constituir en Moscú un gobierno checoslovaco en el exilio controlado por comunistas que tuviera como principal misión desafiar al de Londres para cuando terminara la guerra y Checoslovaquia fuera liberada.

En 1943, cuando todavía faltaban muchos meses para que la finalización de la contienda, Benes llegó a un acuerdo con Stalin por el que el primero se comprometía a garantizar una presencia considerable de comunistas en el gobierno de posguerra y el segundo, a renunciar a que el dominio de dicho gobierno recayera en los referidos comunistas. Para apaciguar a Stalin, Benes se comprometió a entregarle Rutenia, la zona más oriental del país. Es chocante que tal cesión no minara un ápice el prestigio nacional de Benes.

***

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia tenía un gobierno de concentración nacional con amplia presencia pero sin control comunista. Un gobierno que se hallaba naturalmente inclinado a llevarse bien con Stalin y a no oponerse a sus intereses estratégicos. La confianza del georgiano en los checos era tal que, en diciembre de 1945, las tropas soviéticas abandonaron el país.

Fue ese gobierno de concentración el que expulsó a los alemanes de los Sudetes y llevó a cabo una reforma agraria que implicó una amplia redistribución de tierras. Lo primero fue una exigencia de Stalin; lo segundo, cosecha propia de los miembros comunistas del gabinete.

En mayo de 1946 tuvieron lugar las primeras elecciones libres. Los comunistas, que habían ganado prestigio con su moderada política de socialización, obtuvieron el 38% de los votos. Tanto en Occidente como en la URSS se tuvo la percepción de que en Checoslovaquia podía estar ocurriendo lo nunca visto, el nacimiento democrático de un régimen comunista. Sin embargo, a partir de esa fecha las cosas se torcieron para los comunistas locales. Por un lado, en Italia y en Francia se vio que el resto de fuerzas políticas no dejarían que los comunistas accedieran fácilmente al poder, a pesar de su amplio respaldo popular, que mayoritario. Por otro, las relaciones Este-Oeste se fueron enrareciendo, de forma que Stalin estuvo cada vez menos dispuesto a arriesgar pérdidas de influencia por una cuestión de mero respeto a las formas democráticas.

Edvard Benes. La gota que colmó el vaso fue la convocatoria, en París y en el verano de 1947, de la conferencia para la puesta en marcha del Plan Marshall, al que Stalin vio con gran recelo: no sin razón, consideraba que la ayuda económica traería el intento norteamericano de influir políticamente, de forma que consideró esencial impedir que aquélla a los países de su órbita. A pesar de haberse mostrado los comunistas checos entusiasmados con la idea de que su país participara en el plan, recibieron la orden de Stalin de cambiar radicalmente de postura. Klemnt Gottwald, líder de los comunistas locales, se comprometió con los soviéticos a que Checoslovaquia no participaría en el proyecto norteamericano. La URSS ofreció ayuda militar, para el caso de que fuera necesaria, pero Gottwald insistió en que sería capaz de valerse por sí mismo. Para ello tendría que ganar por goleada las elecciones previstas para la primavera de 1948, circunstancia harto improbable, dada la pérdida de respaldo popular que los comunistas habían sufrido, precisamente, por oponerse al Marshall.

El golpe de estado se hizo inevitable.

Los comunistas, que controlaban el Ministerio del Interior, se apresuraron a colocar a sus leales al frente de diversas comisarías clave. Los ministros no comunistas dimitieron en bloque en febrero de 1948. Gottwald amenazó a Benes, ya muy enfermo, con ocupar todas las vacantes con comunistas. Poco después, el único no comunista que no había dimitido: Jan Masaryk, hijo del ex presidente Tomás y ministro de Exteriores, murió tras arrojarse o ser arrojado desde una ventana. Finalmente, en junio, Benes dimitió como presidente. Le sucedió Gottwald.

De este modo, el país que más había simpatizado con los comunistas durante la guerra y la inmediata posguerra recibió un último empujón hacia el bloque comunista y acabó del otro lado del Telón de Acero. La apariencia democrática que tuvo el proceso, el que diera la impresión de que ése era el destino que querían para sí los checoslovacos y el hecho inequívoco de que el país tenía para Stalin un interés estratégico muy superior al que pudiera tener para Occidente hicieron que todo ocurriera sin que norteamericanos y británicos hicieran nada eficaz para impedirlo.

Sin embargo, Checoslovaquia no era Rumanía, o Bulgaria. Era un país que había probado el veneno de las libertades y respirado los olores de la democracia. Desengañado de los comunistas, se levantaría contra su dominio en 1968, durante la Primavera de Praga. Pero esa es otra historia.

 

LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA: Los orígenes de la Guerra Fría (1917-1941)  De Barbarroja a Yalta  Yalta – La Bomba – Polonia, tras el Telón de Acero.

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