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MOSCÚ, JULIO DE 1934

H. G. Wells entrevista a Stalin

El totalitarismo fascinó a muchos intelectuales de principios del siglo XX. Creían que era el último paso en la evolución de la Humanidad, la solución (o la venganza) a los problemas generados por el sistema parlamentario y capitalista. Y no eran locos románticos, como mucho ingenuo cree, sino fríos y calculadores pensadores, escritores, artistas que creían en el poder formidable del socialismo.

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Uno de ellos fue Hebert George Wells, el genial autor de La guerra de los mundos y de La máquina del tiempo, que afirmaba:
Los inventos y la ciencia moderna han producido poderosas fuerzas que impulsan hacia una mejor organización, un mejor funcionamiento de la sociedad; es decir, al socialismo.
¿Conocían aquellos intelectuales británicos, franceses, norteamericanos la liquidación social, el genocidio que estaba llevando a cabo el régimen soviético? El poder de la propaganda estalinista era grande, sobre todo entre aquellos que querían creer en el paraíso comunista. Muchos fueron a la Rusia sovietista, como la llamó Fernando de los Ríos, para ver con sus propios ojos ese nuevo logro de la Humanidad. Algunos regresaron.

Wells llegó a Moscú en julio de 1934. Era la mejor época del año para visitar la ciudad. Todo esta preparado. Todo debía estar perfecto para cuando llegara el británico, conocido en el mundo entero por sus novelas de crítica social y científica. Venía de entrevistar a Roosevelt, un personaje y una sociedad completamente distintos: en EEUU había visto un mundo financiero "viejo" que se derrumbaba; alboreaba una nueva era, en la que los capitalistas "debían aprender" de los soviéticos.

Stalin le recibió con la confianza de saberse ante un hombre convencido de la justicia de sus planteamientos dictatoriales. Le serviría para la propaganda.

No sabía lo que le esperaba.

Wells comenzó la entrevista ahondando en las bondades de la planificación, lo que permitió a Stalin decir que ésta consistía en controlar la producción "para la masa del pueblo", aun cuando eso requiriera sacrificios individuales. El mundo, decía, se dividía en ricos y pobres, y una sociedad moderna y socialista sometía los intereses individuales a los colectivos.

Fue entonces cuando el novelista sacó de sus casillas al dictador. "Me opongo a esa simplificada subdivisión de la Humanidad en pobres y ricos", dijo. Wells, fabiano, socialista de mesa camilla, asiduo a los clubes y círculos burgueses, un señorito refinado, se veía destinado, por su condición económica, a pertenecer a la clase social que llevaría la buena nueva al mundo entero. Sin alterarse, añadió que había una clase de intelectuales que podía desempeñar un papel importante en el paso al socialismo; una clase media pero predispuesta a luchar por el socialismo, por lo que el antagonismo entre ricos malos y pobres buenos lo veía "disparatado".

¿Cómo? El dictador soviético se veía discutido e insultado en su propio paraíso proletario. Aquello no podía quedarse así. Replicó que sí, que existía gente de ese tipo, pero que el destino de un país no dependía de ella, sino de las masas trabajadoras, "que producen todo aquello que la sociedad necesita".

Visto que lo que recibía era una salva de eslóganes vulgares, Wells decidió apretar un poco más: no era la pertenencia a tal o cual clase lo que determinaba la conciencia social de cada cual, por lo que gente de distintas clases podía coincidir en un mismo objetivo. Era una cuestión de uso de la facultad de raciocinio, explicó; para, acto seguido, remachar: "Tengo la impresión de que mi posición es más izquierdista que la suya, señor Stalin".

Este escritor izquierdista no ha entendido nada, debió de pensar Stalin. El capitalismo sólo podía ser eliminado por la clase obrera, no por la "inteligencia técnica". El dictador comunista recordó que, después de la revolución de Octubre, los soviéticos intentaron que esa inteligencia colaborara en la construcción del paraíso. "Hicimos todo lo que pudimos para integrar[los]", pero no fue posible hasta que pasó "mucho tiempo". Porque en ese primer momento eran burgueses.

Stalin acababa de señalar a Wells como enemigo, y Wells intentó reintegrarse a las filas de los revolucionarios diciendo que ninguna revolución había sido posible sin la dirección de una minoría. Sí, sí, tuvo que reconocer Stalin, el antiguo revolucionario profesional; pero no seríamos nada sin el apoyo, "por lo menos pasivo", de muchedumbres.

Todo esto le sonaba a Wells muy antiguo, y así se lo dijo al georgiano: la propaganda comunista estaba "muy atrasada". Los llamamientos a la insurrección estaban caducos, tenían un "tono falso": eran, en fin, una "contrariedad para los hombres de mentalidad constructiva". "Usted se equivoca", le espetó Stalin. En otras circunstancias, la respuesta habría sido un billete de ida a Siberia. El padre de la URSS le mostraba cómo era el camino al comunismo: toda revolución necesita lucha, "una lucha penosa y cruel" por el poder, que se alcanza y custodia con la violencia.

Ahora era Stalin el que no se enteraba. "Pero mire lo que está sucediendo en el mundo capitalista", le dijo el inglés: se puede avanzar hacia el socialismo con la ley en la mano. Stalin quiso entonces alardear de historiador, y le soltó que en la Inglaterra del XVIII hizo falta un Cromwell. Ya, contestó Wells, pero Cromwell defendía el orden constitucional. Y Stalin estalló: "¡En nombre de la Constitución ejerció violencia, hizo ejecutar al rey, (...) hizo encarcelar o decapitar gente!". En Rusia se procedió de la misma manera: hubo que derramar mucha sangre "para defender la Revolución de Octubre de todos sus enemigos, en el interior y en el extranjero". La burguesía no se iba a retirar voluntariamente, y la clase obrera tuvo que retirarla por la fuerza.

Wells insistió en el rechazo a la violencia, y Stalin le llamó ingenuo. Entonces aquél comentó que en el XIX la aristocracia inglesa dejó paso a la burguesía sin que para ello hubiera de desatarse la lucha de clases. Las reformas podían verse como una pequeña revolución no violenta. Esos cambios, adujo Stalin, fueron concesiones para mantener el dominio de clase, nada más.

La tensión llevó la conversación a un punto sin retorno. Wells, entonces, tras dar las gracias dijo, cortés: "Ya he visto las caras contentas de hombres y mujeres sanos".

"¿Piensa quedarse aquí para el Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos?", descargó luego el dictador. Y Wells, de nuevo hombre cordial, respondió que tenía varios compromisos. Sea como fuere, añadió, como presidía el PEN Club, una organización internacional de escritores donde se debatía abiertamente, invitaría a Gorki; aunque "no sé si aquí [en la URSS] ya se está preparado para tanta libertad". "Los bolcheviques llamamos a eso autocrítica –respondió Stalin–. Se acostumbra en toda la URSS. Si usted deseara alguna cosa, yo le podría ayudar con voluntarios".

Uno de esos "voluntarios" fue el propio Gorki, cuyo hijo fue asesinado por la policía soviética en 1935. Y eso a pesar de que ese icono de las letras rusas, un burgués que vio la revolución desde la soleada Capri, había decidido guardar silencio sobre las atrocidades que se cometían en el Gulag, que él conocía de primera mano, y puesto su pluma y su voz al servicio del estalinismo. Murió en 1936, quizá envenenado por Yagoda, jefe de la OGPU, sucesora de la Cheka.

Wells, como otros intelectuales occidentales, no quiso profundizar más y prefirió mantener el engaño, la farsa y la manipulación, ocultar los crímenes del mundo perfecto, en la creencia de que las equivocaciones de Stalin eran errores achacables a la situación rusa y, por tanto, justificables y no exportables. No fue así; la "mentira heroica", como la llamó Paul Johnson, se extendió por todo el mundo; hoy las han adoptado otros visionarios.

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