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TERRORISMO

Los tres gallegos desaparecidos por ETA

Secuestrar, torturar y asesinar a tres sospechosos, enterrarlos en un lugar desconocido y afirmar que nunca se les ha visto. ¿El caso de unos desaparecidos en Argentina bajo la última junta militar? No. Hablo de tres gallegos asesinados por unos etarras en 1973. Tres desaparecidos a los que ni Baltasar Garzón ni los subvencionados de la memoria histórica buscan.

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Entre las víctimas de ETA hay algunas que carecen incluso del consuelo de una tumba. Sus cuerpos, si todavía existen, reposan en sitios desconocidos. Una de ellas es José Miguel Etxeberria Álvarez, alias Naparra, miembro de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, que se esfumó en 1980; otra, la más conocida, el jefe etarra Eduardo Moreno Bergareche, alias Pertur, que desapareció en Francia julio de 1976. Todas las bandas mafiosas, al igual que los partidos comunistas, suelen purgarse para fortalecerse. Pero entre los desaparecidos también hay gentes ajenas al mundo etarra, enemigos suyos o pobres desgraciados que tuvieron la mala suerte de toparse con unos asesinos psicópatas. En abril de 1976, dos inspectores de policía, Jesús María González Ituero y José Luis Martínez Martínez, destinados en la comisaría de San Sebastián, pasaron a Francia a hacer compras, pero fueron reconocidos por los etarras (o por alguno de los muchos chivatos que había entonces en el país vasco francés). Entonces, los terroristas les secuestraron y les torturaron durante varios días; sus cuerpos descoyuntados aparecieron un año después en una playa de Anglet.

El 24 de marzo de 1973, tres gallegos que residían en Irún cruzaron a Francia para ver –en San Juan de Luz– una película picante, El último tango en París. Se llamaban Humberto Fouz Escobero, Fernando Quiroga Veiga y Jorge García Carneiro; eran de la provincia de La Coruña, y el mayor de ellos, Fouz, tenía 28 años. Si ahora los franceses vienen a los burdeles españoles, durante el franquismo los pueblos fronterizos franceses recibían muchos españoles que querían ver cinema cochon.

Chivatos y colaboracionistas

El país vasco francés era una región con tradición de hospedar a conspiradores, carlistas o liberales, republicanos o monárquicos. En Bayona, Napoleón recibió a Carlos IV y a Fernando VII, y a otro grupo de traidores le entregó la Constitución de Bayona. Pero no deja de ser un lugar aburrido y provinciano, tan pequeño que los forasteros no pasan inadvertidos. En esos años había pocos bares y restaurantes, pocos cines, pocas calles por las que pasear, ninguna industria, y muchos ojos para descubrir las caras nuevas, sobre todo si venían en coches con matrícula española. El de los tres gallegos, un Austin 1300, llevaba placa de La Coruña.

Los tres jóvenes no regresaron esa noche. Ni al día siguiente. No acudieron a sus puestos de trabajo. Comenzó una búsqueda que se prolongó durante meses, pero no había la menor pista. Tampoco se puede decir que la Policía francesa, formada por masones y socialistas, y por tanto opuesta al franquismo, se empeñara en solucionar el caso. En los meses siguientes, la prensa española informó esporádicamente. El 26 de diciembre de 1973, ABC publicó una crónica de Alfredo Semprún en la que, al desvelar más indicios sobre el magnicidio del almirante Carrero Blanco, añadía que los tres jóvenes habían sido secuestrados y asesinados por ocho etarras. Incluso se daba el nombre del jefe de éstos: Tomás Pérez Revilla, que murió en un atentado de los GAL. Debido a la falta de pruebas nuevas, las referencias acabaron desapareciendo.

No se ha encontrado nada de ellos, ningún resto, ni siquiera el coche en el que cruzaron la muga. Todas las conjeturas posteriores parten de rumores y de referencias de segunda mano.

En una finca de Telesforo Monzón

El etarra arrepentido Soares Gamboa les menciona en su libro Agur ETA, pero sin añadir nada nuevo. Mikel Lejarza, infiltrado de la Policía española en ETA, asegura que en 1974 habló al respecto con el etarra José Manuel Pagoaga, alias Peixoto. Éste le dijo que para hacerles confesar que eran policías, a uno de los jóvenes llegaron a sacarle los ojos con un destornillador. También le reveló que los cuerpos estuvieron enterrados en una playa de Hendaya, pero que luego los trasladaron a otro lugar.

El Mundo TV elaboró un reportaje, que se emitió en 2005, en el que se aventuraba que una finca propiedad de Telesforo Monzón –antiguo burukide (dirigente) del PNV y luego fundador de Herri Batasuna–, situada entre las localidades de San Juan de Luz y Ascain, podía haber servido de fosa común para varias víctimas de ETA. Allí podían estar enterrados los restos de Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García.

Una reclamación en el Parlamento vasco

Pero los muertos, como dice Federico Jiménez Losantos, se vengan.

Coral Rodríguez Fouz, sobrina de uno de los asesinados, es militante del Partido Socialista de Euskadi. En 2005, siendo miembro del Parlamento vasco, suplicó al Gobierno autonómico, entonces presidido por Juan José Ibarretxe (PNV) y respaldado por la Izquierda Unida de Javier Madrazo, que se ocupara de buscar no sólo a los desaparecidos (de un solo bando) de la guerra civil, también a otros más recientes.

Según se supo después de la solicitud de Coral Rodríguez, el sumario instruido por un juzgado de San Sebastián por la desaparición de los tres jóvenes se reduce a un delgado expediente formado en su mayoría por recortes de prensa y declaraciones de los familiares.

Sea como fuere, en una muestra de patriotismo de partido, Coral Rodríguez participó en febrero de 2006 en un acto con otras víctimas vascas del terrorismo, en su mayoría vinculadas al PSE, de apoyo al proceso de negociación con ETA abierto por José Luis Rodríguez Zapatero.

El blanqueo de ETA

La desaparición de los tres gallegos ocurrió en marzo de 1973, lo que demuestra que los etarras, pese a la insistencia de los políticos y curas del PNV y los aguerridos luchadores antifranquistas acomodados en sus puestos de funcionario en Madrid, no eran unos jóvenes románticos movidos por un sentimiento de justicia, sino unos asesinos despiadados.

Mikel Azurmendi, autor de una novela sobre este crimen, se pregunta por la inactividad de la justicia española:

El juez Garzón tiene un buen asunto que esclarecer aquí al par que indaga en Buenos Aires o Santiago. Tendría un buen proceso aquí en el que juzgar a aquellos asesinos.

La importancia de este caso de desaparecidos a manos de etarras –y no es el único– se debe a que podría impedir cualquier amnistía, indulto, arreglo o pacto entre ETA y un Gobierno español. En este sentido, desde hace meses el PSOE y su bloque mediático están tratando de blanquear el pasado de la ETA, aceptando la tesis abertzale de que los etarras también han sufrido y también son víctimas.

Así, Luis R. Aizpeolea, el periodista de cabecera de Rodríguez Zapatero, publicó el 20 de marzo en El País una página entera que era un publirreportaje de un documental, filmado en 2007 (dato que omite), en el que se sostiene que a otro desaparecido, Pertur, le podían haber asesinado matones ultraderechistas italianos a sueldo de los lamentables servicios de información españoles de la época, no sus propios camaradas, como es la creencia general.

Si, de acuerdo con la jurisprudencia sentada por Garzón en sus autos abracadabrantes, los casos de desaparecidos no prescriben jamás ni están amparados por leyes de amnistía, y además pueden ser investigados por cualquier juez extranjero si no se investigan en España o en Francia, bien podría ocurrir que unos veteranos de ETA que hubiesen regresado a sus pueblos como héroes, con el bolsillo lleno por el Estado español y con un empleo por cuenta del Ayuntamiento, podrían encontrarse con una orden de busca y captura dictada por un juez incontrolable. 

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