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ECONOMÍA

El sistema financiero no es libre

Uno está bastante cansado de escuchar que vivimos en un sistema financiero totalmente libre y desregulado, en el que ha campado a sus anchas una excesiva avaricia humana que nos ha llevado a la desastrosa crisis actual.

Este argumento ha servido para varios fines. Por un lado, los intervencionistas han podido sentirse ideológicamente reivindicados con unos acontecimientos que ni entendían ni supieron prever; por otro, los políticos y los responsables de los bancos centrales han podido sacudirse toda responsabilidad por la situación, pues nos han vendido que la catástrofe les vino de afuera, como una plaga bíblica en la que no habrían tenido arte ni parte; finalmente, y esto es a mi juicio lo fundamental, ha permitido conservar las esencias del sistema financiero actual, cuyo fracaso se atribuía no a su formidable capacidad para desestabilizar la economía, sino a la torpeza y maldad de personas concretas con demasiado margen de maniobra.

Conviene, pues, aclarar nuevamente por qué el sistema bancario no tiene demasiado de libre, o, en todo caso, por qué tiene tanto de libre como cualquier industria que recibe milmillonarias subvenciones y sobre cuyo gasto no se ejerce un control demasiado estricto.

Empecemos por lo básico: el negocio de los bancos consiste en pedir prestado para poder prestar. Algo bastante sencillo. Mucha gente no sabe cómo rentabilizar sus euros y se los presta a un banco al 3%; luego, ese banco examina sus oportunidades de inversión y los presta a su vez al 6%, lucrándose con el diferencial entre el tipo de interés que paga y el tipo de interés que cobra.

Como sabemos, el banco no suele entregar en efectivo el dinero que presta. Nadie sale de la sucursal en que le han concedido una hipoteca con un saco de billetes de 50, 100 ó 500 euros. Más bien, el banco nos promete que podemos retirar los euros cuando lo deseemos, y con esa promesa, que toma la forma de un depósito a nuestro favor, nos basta. Los agentes, en la confianza de que el banco cumplirá con su promesa, pasamos a considerar más práctico manejarnos con las anotaciones contables en que se traduce la promesa que con dinero en efectivo.

¿Y por qué podemos estar seguros de que el banco cumplirá con sus promesas? No se trata, claro, de una certeza absoluta, pero si aquél ha pedido prestados previamente los euros que ahora nos promete entregar, es evidente que dispone de la materia prima necesaria para ello.

Ahora bien, ¿qué sucedería si el banco no pidiera prestado el dinero a nadie y nos concediera una hipoteca con la promesa de que nos entregará unos euros que no tiene? La intuición nos dice que el banco no podría cumplir su promesa, pero lo cierto es que podría pedir prestados a posteriori los euros que necesita a otros agentes económicos: por ejemplo, a otros bancos (esto es lo que generalmente se conoce como mercado interbancario).

En esta última opción, si me ha concedido una hipoteca por 15 años, el banco debería pedir prestados los euros en el interbancario por otros 15 años, para que cuando yo le devuelva el dinero (más sus intereses) él pueda emplearlo en amortizar sus deudas. Pero ahora supongamos que el banco se da cuenta de que el tipo de interés que ha de pagar por pedir prestados euros a 15 años es muy superior al que debe abonar para pedirlos prestados a un año. ¿No le vendría mejor hacer esto último? Un gestor prudente diría: "Renovar quince veces en quince años un préstamo puede ser complicado, sobre todo si no sabemos cuáles serán los tipos de interés dentro de cinco o diez años". Un gestor imprudente, en cambio, sentenciaría: "Adelante".

Así pues, comprobamos que los bancos pueden prestar dinero a largo plazo (hipotecas) endeudándose a corto (préstamos a un año –o incluso a un día– en el interbancario), lo que obviamente incrementa su capacidad para prestar dinero a tipos cada vez más bajos: de ahí a la orgía crediticia (responsable de la crisis actual) que vivimos entre 2002 y 2006 no media una gran distancia.

La operación bancaria de prestar a largo y endeudarse a corto podría no tener demasiadas consecuencias si sólo la realizara un banco. El problema viene cuando la practican todos, o una mayoría. En ese caso, en algún momento el sistema bancario tendrá la necesidad de renovar a corto plazo enormes cantidades de dinero que simplemente no existen y que, por tanto, no podrán serles prestadas. Simplemente, los bancos habrán prometido entregar más dinero del existente y, por tanto, no podrán cumplir sus promesas. Entonces, cuando las entidades se están peleando por unos fondos insuficientes para satisfacer a todos, los tipos de los depósitos a la vista y del interbancario se dispararán (es lo que sucedió entre agosto de 2007 y julio de 2008). Lo normal sería que algunos bancos suspendieran pagos y otros sobrevivieran tras sufrir ciertas pérdidas, lo que probablemente tendería a disciplinarlos y a volverlos más prudentes.

Pero el banco central de turno entrará en escena antes de que las entidades más alocadas se hagan responsables de sus decisiones. Si no existe dinero suficiente para que todos los bancos puedan refinanciarse, ¿por qué no crear, al menos temporalmente, ese dinero? El banco central se instituye como prestamista de última instancia: si nadie os presta el dinero, acudid a mí que os lo prestaré, aunque deba crearlo de la nada. Así que los bancos, agobiados por unos pagos a corto plazo imposibles de refinanciar, ven saciada su sed en los generosos arroyos de su salvador.

Antiguamente, el banco central tenía ciertos límites a esta creación, digamos, desprendida de dinero: debía convertir los euros (o los dólares, las libras, los marcos...) en oro. Si se pasaba de la raya a la hora de crear divisa para refinanciar a los bancos, inmediatamente padecía una fuga de oro que limitaba su actividad. Hoy, las cosas son bien distintas. Los bancos centrales no deben convertir sus billetes en cosa alguna, de modo que en principio pueden crear tanto dinero como solicitudes por parte de los bancos reciban. Ahora bien, tampoco seamos ingenuos: la creación de dinero sí tiene una consecuencia, hoy generalmente se admitida: la inflación.

Sede del Banco Central Europeo.En principio, cabría esperar que con la creación descontrolada de dinero, la divisa de un banco central perdiera sistemáticamente valor (inflación), y la gente dejara de usarla y optara por otra moneda de valor más estable: que el público se olvidara, por ejemplo, del dólar o del euro y se pasara al franco suizo. El problema es que esa libertad para pasar de una moneda a otra es más bien ficticia: en cada país, las leyes de curso legal no sólo nos permiten endilgar a los acreedores la divisa de peor calidad, sino que además los Estados nos obligan a pagar sus impuestos en una divisa determinada. Así las cosas, somos en buena medida rehenes de las divisas nacionales, que los bancos centrales pueden manipular a su antojo. Por supuesto, podemos obviar los inconvenientes anteriores y expatriar capitales si la inflación se desboca, pero precisamente por ello los bancos centrales tratan de mantenerla en límites soportables: por un lado no dejan de crear dinero para refinanciar a los bancos ilíquidos, pero, por otro, no crean tanto como para que el coste de utilizar una divisa sea superior al de no hacerlo.

Este andamio, levantado sobre un lodazal, es lo que sostiene nuestro sistema financiero "libre y desregulado": los bancos gozan del privilegio de pedir prestado dinero a una entidad monopolista, el banco central, que puede crearlo ilimitadamente porque no tiene la obligación de convertirlo en nada y que puede trasladar a la ciudadanía el coste de esa disparatada decisión a través de la inflación porque, a su vez, otra entidad monopolista, el Estado, nos obliga a utilizar en nuestras transacciones cotidianas ese dinero de pacotilla.

Si esto –privilegios, monopolios, promesas incumplidas, cursos forzosos, envilecimiento de la moneda...– es un sistema libre y desregulado, ¿cómo serán los intervenidos y regulados? Porque, en efecto, puede que los privilegiados banqueros tengan las manos libres para cometer todas, o casi todas, las tropelías e imprudencias que se les ocurran, pero en un sistema de libre mercado sufrirían ellos las consecuencias y no serían rescatados por monopolio alguno. Si los bancos centrales no hubiesen refinanciado todas las promesas incobrables que los bancos fueron contrayendo desde 2002, en lugar de una masiva quiebra en 2008 habría sido necesaria una pequeña reestructuración de los balances, y, desde luego, ni familias ni empresas hubiesen acumulado tantísima deuda en proyectos inviables debido a los artificialmente bajos tipos de interés .

Pero vamos, en fin, que sí, sigamos con la cantilena de que esto lo ha provocado el mercado libre y no el ultraintervenido sector financiero, así los disparates que hoy cometen los consejeros delegados de los bancos los podrán cometer, con idénticas consecuencias, los mandados de los políticos. Ah, que eso ya se hace. En las denominadas cajas de ahorros... Vaya, ni siquiera podemos echarle imaginación al dogma ideológico...

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