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NOVEDAD EDITORIAL

En defensa de Israel

Nada mejor, ahora que arrecia el antisionismo y la arafatofilia en los medios que demedian la verdad, que la lectura de En defensa de Israel, esa obra coral que no ha querido publicar ningún gran sello y sí Libros Certeza, editorial recortaíta –por no decir minúscula– donde las haya. Y es que no se puede pedir peras al olmo: que se arriesguen Planeta, Espasa, Plaza & Janés, La Esfera, Taurus o Aguilar con un texto que firman, entre otros advenedizos, un premio Cervantes (José Jiménez Lozano), un premio Nacional de Ensayo (Gabriel Albiac), un premio Josep Pla (Valentí Puig), un premio Biblioteca Breve (Juana Salabert); un Horacio Vázquez-Rial, un Carlos Semprún Maura, un Enrique Krauze o una Pilar Rahola.

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Nada mejor –ahora que los maestros ciruela de la Libertad crean escuela aquí en Europa y pretenden dar lecciones más allá, en la Tierra de los Libres– que recordar, con Marcos Aguinis, que Israel es “el odiado ariete de la modernidad” en Oriente Próximo; que Israel “soñó y se preparó para ser Atenas y lo han forzado a ser Esparta”; que Israel, en fin, es el enemigo cordial de los reaccionarios de todas las tendencias: izquierdas, centros y derechas.
 
Nada mejor –ahora que se nos presenta a Abú Amar/Alí Babá como Padre Constructor y Protector del pueblo palestino– que leer al siempre lúcido Gabriel Albiac; cuando compara a aquél con el Allende que se voló los sesos en el Palacio de la Moneda:
 
“Un dirigente que lanza a sus hombres (y sus niños) a hacerse matar como mártires, sin ton ni son, es lo peor. Lo moralmente obsceno. Sobre todo, si él sigue vivo”
 
o cuando advierte de que el proarafatismo es “la coartada europea del antisemitismo”; o cuando da en maldecir al victimario y a quien le jalea:
 
“La Intifada es la apuesta fría de adultos que erigen entre sus metralletas y los tanques una trinchera de niños (...) La Intifada se asienta sobre una cristalina depravación moral: intercambio de cadáveres por telediarios”.
 
Nada mejor –ahora que el síndrome de Esto-es-el-colmo alcanza niveles de pandemia en  Occidente– que frecuentar este pasaje de Marcelo Birmajer, donde habla de los judíos progres y de los progres sin más distingos:
 
“No se les ocurre suponer que los atentados no son contra los pecados que sin duda cometen o pueden cometer EEUU o Israel, sino precisamente contra todo lo que tienen de bueno (...) [El odio de los terroristas] contra las democracias no está movido por el deseo de liberar a sus pueblos, sino por la pasión por dominarlos absolutamente”.
 
Nada mejor –ahora que se ensalza el embrutecimiento de un pueblo arrasado por una dirigencia ladrona y sanguinaria– que atender a lo que dice Roberto Blatt en Vistas desde el frente: la “vieja guardia de Túnez” entró como elefante en cacharrería en Gaza y Cisjordania, “desplazando al liderazgo local”, a la clase política “realista y experimentada en el juego político” salida de la “flamante burguesía ilustrada y crítica” que había brotado en los Territorios como consecuencia de la “contradictoria política de ocupación israelí”, mezcla de “represión y liberalidad”.
 
Nada mejor –ahora que vamos de moralmente espléndidos– que traer a colación unas palabras de José Jiménez Lozano:
 
“(...) el Holocausto parece haber dejado intacto todo el antiguo humus antisemita en toda Europa, y también el de nuestra antijudería española, que realmente nunca se ha exorcizado”.
 
Nada mejor –ahora que constatamos, día tras día y con Albiac, que leer la prensa es una “minuciosa incitación a la misantropía”- que consultar La judeofobia en los medios de comunicación europeos, de Daniel Laks Adler. Pierdan cuidado los calumniadores de Israel: no se estudiará en las facultades de Ciencias de la Desinformación ni se dará por aludida la Canallesca. No vayan a enterarse los españolitos de a pie de lo que pasó realmente en Yenín, o de lo que filmaron algunos insensatos en Jerusalén Este en pleno 11 de Septiembre...
                       
Nada mejor –ahora que están salidas de madre las faranduleras que rindieron pleitesía a Arafat y a son semblable, son frère Satán Husein– que demorarse en estas líneas de Jaime Naifleisch:
 
“En esta guerra contra Israel son muchos, y muy enrevesados, los motivos e intereses. Sólo falta en ella la pretendida justificación principal: el amor y el respeto por las personas árabes metidas en la trampa en la que están metidos los judíos”;
 
y en estas otras:
 
“¿Es en nombre de la cultura, de la convivencialidad, del derecho de gentes, de la producción simbólica, de la filosofía, en nombre de la vida, que se sostiene esta guerra contra Israel?”.
 
Nada mejor –ahora que recurren a los noruegos quienes quieren hacerse los suecos– que reparar en lo que dice Valentí Puig sobre el marido de Suha, madre frustrada de terroristas suicidas:
 
“(...) la paradoja de ser premio Nobel de la Paz y al mismo tiempo alentar a la muchachada palestina a que se ciña un fajo de explosivos a la cintura”.
 
Nada mejor –ahora que los de siempre venden como churros, como siempre, su mercancía ideológica averiada– que grabarse a fuego en la memoria dos fragmentos del texto de Pilar Rahola; uno:
 
“Europa se ha librado de los judíos, pero no (...) de la judeofobia (...) Ello explica su histerismo acrítico propalestino, su izquierda ferozmente antijudía, su macabra banalización de la Shoá (...), sus intelectuales de pacotilla, tan amantes de la libertad que han ido amando intelectualmente a todos los dictadores de la historia, Stalin, Mao Tsé-Tung, Pol Pot, ahora Arafat”;
 
y dos:
 
[ir] a favor de Israel [es] la forma más inteligente, razonable, prudente y honesta de ir a favor de Palestina”.
 
Nada mejor, en fin, ahora que hay cola para escupir en la tumba de Churchill y enfundarse el traje de Chamberlain, que atender a Horacio Vázquez-Rial, viviseccionador de la izquierda reaccionaria:
 
“En estos días difíciles de la historia de Occidente (...), la solidaridad con Israel es (...) el único compromiso válido con la modernidad, con el pensamiento libre y con la estabilidad democrática”.
 
Es En defensa de Israel un libro imprescindible, digo, y más con la que está cayendo; imprescindible pero irregular, como no podía ser de otra forma si tenemos en cuenta que lo han parido 19 autores, cada uno de su padre y de su madre (aunque se echa en falta alguna aportación acorde con los puntos de vista del partido mayoritario en aquel país: el difamadísimo Likud). De ahí que nos encontremos, junto a lo bueno, lo menos bueno; autores que están a la altura y autores que parecen puestos ahí por el ayuntamiento (no el de Oleiros que Dios confunda, ciertamente); contribuciones sin concesiones al lado de salidas antisharonitas tan manidas como injustas (en Krauze y en Pessarrodona); verdades como puños pero también algún que otro disparate (en Salabert y, sobre todo, en Naifleisch, que se empeña en hacernos comulgar –en su por otra parte estimulante ensayo– con la más pesada y célebre de las ruedas de molino: aquella que dice que no es jamás la izquierda la siniestra, sino sólo y siempre la derecha).
 
Va siendo hora de echar el cierre. Lo haré formulando un deseo: que el año que viene por estas fechas tengamos entre las manos un segundo volumen del mismo nombre; con trabajos de, se me ocurre a bote pronto, Jon Juaristi, César Alonso de los Ríos y cinco, seis, siete autores de esta Casa: Federico Jiménez Losantos, Carlos Alberto Montaner, César Vidal, Pedro Schwartz, Juan Carlos Girauta, Julia Escobar, Antonio José Chinchetru y, por supuesto y aunque repita (por pedir que no quede: que repitan varios), el que se firma Lucrecio...
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