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DE 1934 A 1936

El enlace entre las dos fases de la Guerra Civil

De los factores que frustraron la insurrección de 1934 contra el gobierno legítimo de la república, el principal fue seguramente el desinterés popular por los llamamientos bélicos del PSOE y la Esquerra. Es evidente que, aunque los partidos izquierdistas fomentaban al máximo la crispación social, el ambiente común distaba mucho todavía del nivel de odio necesario para una guerra civil, por lo que ésta sólo había llegado a cuajar en la cuenca minera asturiana.

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En julio de 1936, en cambio, el ambiente había empeorado drásticamente, y los dos bandos produjeron muchos miles de voluntarios dispuestos a ajustar cuentas de una vez por todas y acabar con una situación que se había vuelto intolerable. Esta diferente actitud psicológica en gran parte de la población apenas ha sido estudiada por los historiadores, y sin embargo merece la consideración más atenta.
 
Examinando los sucesos de la época sacamos fácilmente la conclusión de que lo que transformó dramáticamente el ambiente general fue la campaña desatada por la izquierda en torno a la represión de la insurrección del 34 en Asturias. Esa campaña se convirtió en el eje de toda la actividad propagandística y política de las izquierdas, de sus alianzas y, finalmente, de las elecciones de febrero de 1936, de donde saldría el gobierno del Frente Popular.
 
Juan Simeón Vidarte diseñó la campaña, según nos cuenta él mismo, tomando por modelo la del año 1909 en torno a la ejecución del pedagogo terrorista Ferrer Guardia, campaña de gran repercusión histórica, pues quebró el impulso reformista de la Restauración. Vidarte, masón distinguido –como el propio Ferrer Guardia—y uno de los dirigentes principales de la insurrección de octubre de 1934, señala en sus memorias cómo recurrió inmediatamente a la masonería internacional, y a las Internacionales obreristas. Dentro de España movilizó a Fernando de los Ríos, Marcelino Domingo, a Osorio y Gallardo y a bastantes mujeres, como las diputadas Matilde de la Torre y Veneranda García, además de a María Lejárraga. Se distinguiría sobre todo la Pasionaria, cuyo nombre empezó hacerse popular en España a sonar internacionalmente, gracias al fantástico aparato de propaganda comunista de Münzenberg. Misteriosamente, el gobierno español no detuvo a Vidarte, dejándole plena libertad de acción, cosa que atribuye Amaro del Rosal, otro de los dirigentes de la guerra civil del 34, a "la protección del triángulo masónico" en el seno del propio gobierno.
 
La campaña se centró en la denuncia de supuestos asesinatos y torturas masivas, violaciones igualmente masivas de esposas e hijas de los mineros asturianos, saqueos de la propiedad de éstos, etc. Aparecían testigos que relataban casos extremos de sadismo y crimen por parte de las tropas y policía enviados al Principado para acabar con la rebelión contra el gobierno legítimo. Los guardias civiles eran "mil veces más crueles que los verdugos medievales", y practicaban sistemáticamente "los tormentos más inhumanos". De los legionarios y los moros, para qué hablar.
 
Y todo, ello, explicaban dentro y fuera del país, "porque las masas se levantaron para evitar el fascismo en España". Por supuesto, y muy a pesar de los socialistas y la Esquerra, las masas no se habían alzado, y ellos sabían perfectamente que no existía peligro fascista en España, como he explicado en otras ocasiones. Pero la leyenda se impuso mediante una agitación fortísima, aturdidora e incansable, indiferente a cualquier contradicción de sus propios informes suministrados o a cualquier argumento e informe del gobierno español. Colaboraron intelectuales extranjeros como Gide, más interesados en demostrar su humanitarismo que en la verdad de las denuncias, diputados franceses e ingleses vinieron a España a "investigar" o a "interesarse", con todo tipo de visitas y presiones. Desde San Francisco a París se organizaron manifestaciones y se empapelaron fachadas con carteles como éste: "España en sangre. Mujeres y niños degollados. Cinco mil trabajadores muertos. Heridos torturados. Ocho mil heridos. Setenta mil prisioneros políticos socialistas, comunistas, anarquistas, radicales, republicanos. Ciudades destruidas por la artillería, la aviación y los cruceros". Otros carteles pintaban a multitudes de obreros desarmados y mujeres con niños en brazos enfrentándose o huyendo de guardias civiles que, en filas, disparaban a mansalva. Esta campaña ha tenido tal éxito que sus acusaciones han sido repetidas, incluso aumentadas por generaciones enteras de historiadores, especialmente extranjeros.
 
Pues bien, fue la incesante repetición de aquellas acusaciones lo que creó el clima propicio para reanudar la guerra civil, de la que esta vez no iban a desentenderse las masas. En cientos de miles, incluso millones de personas, nació un ansia de "justicia", un odio visceral hacia una derecha capaz de tales vesanias, y la decisión de impedirle a cualquier precio la vuelta al poder. Y a la inversa, llevó a muchos derechistas a considerar imposible la convivencia con partidos y gentes capaces de tales campañas de odio. Así se creó esa furia que dio a las elecciones de febrero de 1936 un tono abiertamente guerracivilista, prólogo de lo que iba a llegar en muy pocos meses.
 
En El derrumbe de la República y la guerra he analizado con algún detenimiento las contradicciones, falsedades manifiestas y exageraciones brutales de esta campaña. Hubo, ciertamente, algunos abusos y crímenes por parte de las fuerzas represoras, cosa muy difícil de evitar en una situación como aquella, e inferiores en todo caso a los crímenes cometidos por los revolucionarios cuando, en octubre, dispusieron de poder en algunas zonas.
 
Pero la demostración más palpable de la falsedad de aquella campaña fue la actitud de sus promotores después de las elecciones. De repente, una vez alcanzado el poder, se desentendieron de sus promesas de investigación sobre las atrocidades y de castigo a los culpables. Fue la derecha la que, reiteradamente y sin el menor éxito, les invitó a abrir una investigación parlamentaria sobre las atrocidades de Asturias. Llegó a formarse al principio una comisión presidida por la Pasionaria, de la que nunca más se supo, y que la Pasionaria no se molesta siquiera en mencionar en sus memorias. Parece que ya "no querían saber", podríamos decir remedando otros hechos recientes. Como dice Barco Teruel en su excelente estudio sobre la insurrección del 34, "¿Cuántas denuncias de muertes ilegales fueron presentadas a las autoridades, al Parlamento y a la prensa del Frente Popular cuando éste gobernaba? Nadie puntualiza quiénes fueron asesinados a millares, a cientos o simplemente a decenas mucho después de finalizados los combates, cosa en verdad curiosa si se tiene en cuenta que la izquierda tuvo en sus manos, desde febrero del 36, la posibilidad de realizar una información a fondo". Tampoco hay noticia de masivas denuncias presentadas por las secuelas de las terribles torturas, los saqueos, etc.
 
La casi absoluta falsedad de la campaña no dejó de surtir, sin embargo, los más trascendentales efectos históricos. No era la primera vez. He aludido antes al caso de Ferrer Guardia. No han sido las únicas campañas de ese tipo, y por su trascendencia histórica merecerían un detenido estudio monográfico, idea que brindo a algún historiador independiente con ganas: algo como "Las grandes campañas de agitación política en la historia contemporánea de España". Estoy convencido de que arrojarían mucha luz sobre nuestro pasado y, lamentablemente, también sobre nuestro presente.
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