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ECONOMÍA

La tragedia de los comunes

A los escolares norteamericanos se les habla todos los años de aquel día en que los Peregrinos y los nativos americanos compartieron los frutos de sus cosechas. "¿No es maravilloso compartir?", les dicen los profes. Pues depende, habría que responderles. A ver, por poner un ejemplo: precisamente por aquello del compartir, aquel primer Día de Acción de Gracias (1623) estuvo a punto de no poder celebrarse.

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El fracaso del comunismo soviético es sólo la más reciente prueba de que lo esencial para alcanzar la prosperidad no es la distribución, sino la libertad y los derechos de propiedad. Aunque casi nadie lo sepa, los primeros colonos europeos de Norteamérica aprendieron la lección de una manera harto dramática.

Cuando los Peregrinos se asentaron en Plymouth, decidieron organizar comunalmente su economía, de tipo agrario. Se trataba de que todo quedara repartido igualitariamente, tanto el trabajo como la producción. Pues bien, casi todos murieron de hambre.
 
¿Por qué? Pues porque cuando se obtiene el mismo beneficio con independencia de que se trabaje más o menos, la mayor parte de la gente decide trabajar muy poquito. Los colonos de Plymouth preferían fingirse enfermos a deslomarse en la propiedad comunal. Algunos incluso robaron, a pesar de sus convicciones puritanas. A resultas de todo ello, la producción no alcanzó para satisfacer las necesidades de la población, y el hambre hizo su aparición en escena. Durante dos años. Hubo quien llegó a comer ratas, perros, caballos, gatos.
 
"Parecía que el hambre seguiría con nosotros también el año siguiente, si no se daba con alguna manera de evitarlo", escribió el gobernador William Bradford en su diario. Entonces, anotó Bradford, los colonos empezaron a pensar cómo conseguir una mejor y más abundante cosecha de maíz. "Luego de mucho debatir, y con el consejo de los más notables de entre ellos, permití que se diera maíz a cada hombre para que lo emplease como mejor estimase oportuno (...) y asigné una parcela de terreno a cada familia".
 
La gente de Plymouth pasó, pues, del socialismo a explotar privadamente sus recursos. Y los resultados fueron espectaculares.
 
"Fue un grandísimo éxito –anotó Bradford–, y todas las manos se volvieron especialmente laboriosas. Se plantó mucho más maíz (...) Llegado el momento de la cosecha, en lugar de hambre, Dios les trajo saciedad, y todo adquirió un cariz bien distinto, para regocijo de los corazones de tanta gente...".
 
Como consecuencia de los cambios experimentados, los colonos pudieron celebrar el primer día de Acción de Gracias en noviembre de 1623.
 
El Plymouth igualitario sufrió lo que los economistas de hoy día denominan "la tragedia de los comunes", si bien el problema viene de mucho tiempo atrás: ya en la antigua Grecia, Aristóteles observó que se cuida menos de lo que es común.
 
Cuando la acción se desliga de las consecuencias, nadie está a gusto con el resultado. Si la gente puede coger de un cesto de fruta todo lo que le venga en gana, con independencia de en qué medida ha contribuirlo a llenarlo, el incentivo para no dar palo y acaparar todo cuanto se pueda es muy alto. Así las cosas, el cesto pronto quedará vacío... y nadie volverá a llenarlo: mala cosa ésta, incluso para quienes primero metieron la mano.
 
Como bien pudieron comprobar los Peregrinos, la propiedad privada vincula el esfuerzo con la recompensa, es decir, crea un incentivo para que la gente se haga productiva. En los mercados libres, la gente cambia aquello que le sobra por aquello que le falta, y a raíz de ese intercambio, del que salen beneficiadas las dos partes que intervienen, la comunidad se hace más rica.
 
La clave está en garantizar los derechos de propiedad. Cuando los productores saben que sus productos están a salvo de incautaciones, asumen nuevos riesgos e inversiones; pero cuando temen verse privados de los frutos de su trabajo, deciden trabajar lo menos posible.
 
He aquí, queridos niños, la moraleja olvidada del Día de Acción de Gracias.
 
 
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