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ÉTICA

Libertad e igualdad

La libertad y la igualdad correctamente entendidas no son conceptos opuestos ni contradictorios. Si se considera que la ética es el conjunto universal de normas adecuadas para la supervivencia, el desarrollo y la felicidad de los seres humanos, resulta entonces que la idea de libertad se basa en la idea de igualdad. La ética se descubre progresivamente estudiando la naturaleza humana, es decir lo que todas las personas tienen en común, la esencia que todos los seres humanos comparten, aquello en lo cual somos iguales: todos somos actores racionales, valoramos y escogemos fines que intentamos alcanzar mediante la aplicación de medios escasos.

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El concepto ético central es la libertad entendida como respeto de la propiedad privada, que cada persona está legitimada para decidir por sí misma en el ámbito de su propiedad, sin interferencias violentas de los demás: es la única norma ética que puede ser universal y simétrica. Cada uno es propietario de sí mismo, de lo que crea y coloniza y de lo que intercambia voluntariamente con los demás.

Si se renuncia a la universalidad de la ética, entonces la igualdad esencial y la simetría en las relaciones no son necesarias: es posible que algunas personas se consideren fundamentalmente diferentes a otras, unos son superiores y otros infrahumanos. La libertad se esfuma: unos seres humanos pueden agredir a sus víctimas sin que éstos se defiendan, y son aceptables la esclavitud, el pillaje, el parasitismo, el robo, la coacción.

Afirmar sin más que todos los seres humanos son iguales es muy peligroso, ya que es una expresión ambigua y sus diferentes interpretaciones tienen consecuencias muy distintas, prácticamente divergentes. La igualdad esencial de la especie (su estructura mental, su forma abstracta de actuar) es cierta, pero a partir de allí surgen las diferencias. Hay accidentes, características particulares, que pueden y de hecho suelen ser diferentes: capacidades (aptitudes intelectuales y físicas, disponibilidad de bienes de consumo y de capital, oportunidades) y deseos (gustos, preferencias).

La igualdad en lo accidental o igualitarismo es empíricamente falsa (la vida siempre se caracteriza por la heterogeneidad y la diversidad), pero hay una multiplicidad de ideologías (normalmente irracionales) que la consideran un valor supremo. Pero cuando todo tiene que ser igual (o por lo menos no tan diferente), ¿quién decide cuáles son las características que deben ser compartidas? ¿Quién asigna los recursos y cómo los reparte? El igualitarismo sufre la irresoluble paradoja de que necesita unos cuantos seres diferentes para su gestión y una multitud de gestionados. La democracia no resuelve esta cuestión, ya que siempre hay jefes y subalternos, elegidos y electores, quienes mandan y quienes obedecen. Los sistemas igualitarios, además de contradictorios son fuertemente inestables, por lo cual su mantenimiento (siempre aparente) requiere intervenciones constantes y normalmente violentas.

Si se quiere conseguir que a todos les guste lo mismo y tengan lo mismo, todos los seres humanos son como clones salidos idénticos de la misma fábrica: sólo hay un ser humano y múltiples copias, pero la interacción con ambientes diversos puede hacer que personas inicialmente iguales tiendan a diferenciarse. Si se quiere que todos tengan lo mismo pero respetando las distintas preferencias, y si se les permite realizar intercambios, las personas tenderán a hacerlos voluntariamente (en la medida en que sea posible transferir bienes materiales o conocimientos) para poder alcanzar mejor sus diferentes objetivos, y así se apartarán de forma espontánea de la igualdad de recursos. Que todas las personas puedan disponer de distintos recursos pero los mismos gustos parece la aspiración última de un genio de la publicidad y el marketing, acabar con la subjetividad de las valoraciones.

Una persona que defiende la libertad no puede oponerse a la libertad esencial. Resulta extraño imaginar a alguien respetuoso de la libertad luchando a favor o en contra de la igualdad accidental. ¿Por qué ser todos más iguales si la diversidad permite la especialización, la división del trabajo, y el enriquecimiento mutuo? ¿Por qué empeñarse en ser diferentes en todo cuando objetivamente hay formas más eficientes de hacer las cosas?

La raíz del igualitarismo a menudo esconde envidia y resentimiento (no se trata de eliminar la pobreza, sino de culpar de ella a los ricos), o el deseo genuino pero impotente e ignorante de quien aspira a erradicar el sufrimiento. La causa de la pobreza es casi siempre la violencia, la agresión a los derechos de propiedad, la ausencia de libertad, que dificulta o impide la creación, la acumulación y la distribución de la riqueza. Los igualitaristas que dicen trabajar por los pobres los aman tanto que los crean por millones.

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