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CREPúSCULO DEL ESTADO

Sus defensores "antisistema"

Hablar de la globalización está de moda. Mejor dicho, lo que está de moda en muchos círculos es hablar contra ella. Cada día son publicados decenas de editoriales y artículos antiglobalización. Cada semana alguna ciudad es testigo de actos de vandalismo organizado. Tiempo es pues de arrojar cierta luz sobre las nuevas realidades y sobre la naturaleza de sus enemigos. Lo curioso es que lejos de sus pretensiones revolucionarias y de su supuesto carácter antisistema, el movimiento antiglobalización constituye una forma de reacción que trata de preservar un modelo de organización política en descomposición. El fundamentado en torno al estado-nación. Redistribuidor y solidario según sus partidarios. Tiránico, confiscatorio y despilfarrador para sus detractores.

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Hace un par de años, dos renombrados asesores de inversiones llamados James Dale Davidson y William Rees-Mogg publicaron The Sovereign Individual (El Individuo Soberano). Davidson y Rees-Mogg no surgían del anonimato. Doce años antes habían alcanzado la fama con su obra The Great Reckoning (El Juicio Final). En aquel libro anticiparon con acierto algunos eventos que acabarían produciéndose poco después. Entre ellos el derrumbe de la Unión Soviética y su imperio del mal.

En The Sovereign Individual, nuestros amigos volvían a hacer un repaso de las mega-tendencias que a su entender cabía vislumbrar para el próximo siglo. Como supondrá el lector, de lo que estaban hablando era de la “globalización”. La tesis principal del libro es que el estado nación, tal y como lo hemos conocido, está abocado a la desaparición. Enfrentado a dificultades crecientes y probablemente insuperables para financiarse coactivamente vía impuestos y cerrada también la vía inflacionista, la situación comienza a parecerse cada vez más, según estos autores, a la de un ganadero que asiste al espectáculo de ver cómo una cantidad cada vez mayor de sus ovejas y de sus vacas alzan el vuelo y escapan de su control. El nerviosismo por no poder seguir esquilándolas, ordeñándolas y sacrificándolas es comprensible. No sólo el suyo, sino también el de los principales beneficiarios de la “redistribución”. Que se escuchen voces abogando por organizar una “Confederación Mundial de Ganaderos en Problemas” para tratar de recuperar el control sobre las presas que se evaden, no es pues de extrañar. Si los comunistas construyeron sus muros y sus alambradas, es de esperar que los socialdemócratas traten igualmente de sostener su tinglado. Los enemigos de la “globalización económica” se han convertido así en entusiastas adalides de la “globalización política”. Un gobierno mundial, razonan, podría sacarnos de nuestros problemas. ¿Podrán conseguirlo? Nuestros autores lo dudan. Repasemos por qué.

El gran fenómeno económico de los próximos treinta años será la cibereconomía. Las buenas noticias son que los políticos no van a ser capaces de dominar, suprimir o regular la mayor parte del comercio. Al ser móvil la tecnología y producirse las transacciones en el ciberespacio, los gobiernos no van a poder cobrar por sus servicios más de lo que valen. Cualquiera con un ordenador portátil y una conexión vía satélite, será capaz de realizar casi cualquier actividad de conocimiento en cualquier parte, incluidas la práctica totalidad de las transacciones financieras que se producen en el mundo. Dado que los grandes obstáculos que impone la política no son al hecho de ser rico, sino de llegar a serlo, la liberación de energías e ingenio que dicho fenómeno va a producir, puede ser impresionante.

Primero por centenares y después por millares e incluso millones, los individuos irán escapando de la garras de la política. Los nuevos “Individuos Soberanos” van a operar en el mismo entorno físico que el súbdito normal, pero en una ámbito político distinto. Serán soberanos porque deberán ser tratados de igual a igual por los estados y no como hasta ahora, como víctimas propiciatorias de su coacción. Con ello es previsible que transformen el carácter de los estados, reduciendo su capacidad de compulsión y ampliando el campo y esfera de control privado de recursos.

Los cambios ya están produciendo desorientación e ira. Especialmente en los llamados a perder posición social e ingresos. Todo sistema social incluye entre sus principales tabúes la idea de que la forma de gobierno y organización política existente tienen vocación de perdurabilidad. Sin embargo, la “Era del Estado”, la “Era de la Violencia” puede tener sus días contados. En este sentido los reaccionarios parecen tener claro que sólo un gobierno mundial podría evitar lo inevitable. Sin embargo, suponer que una nueva forma específica de gobierno va a aparecer porque la antigua se derrumba es una falacia. Las resistencias para ampliar a cuatro o cinco países europeos la Unión Europea con el fin de evitar nuevas redistribuciones y flujos migratorios o el estrepitoso fracaso del Protocolo de Kyoto, que ha puesto de manifiesto que existen muchos que no están dispuestos a inmolarse a la tiranía ecologista, son pequeños ejemplos que ponen de manifiesto las barreras al ideal-pesadilla socialista. Poner bajo una única autoridad política a Alemania, a Irán, a la India, a Argelia, a los Estados Unidos y a Rusia y que además ésta responda a los intereses de todos es impensable. No hay integración posible que cumpla esas condiciones salvo la derivada de los mutuos beneficios del comercio. Y ésta ya la están haciendo los Individuos Soberanos con su “globalización”.
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