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Columna publicada el 04-06-2003
Nadie se atreve a decirlo en público, mucho menos a comentarlo en la sobremesa; y desde luego a nadie se le ocurre hacer una broma ante el propio presidente, pero la realidad política del PP es clara: a Aznar le queda menos de un año en el Palacio de la Moncloa, y los populares se juegan su futuro político en los próximos cuatro meses. De las decisiones, de los gestos y del talante político de los próximos meses van a depender muchas cosas. Es verdad que los resultados electorales del 25 de mayo han sido muy buenos para las expectativas que tenían, es cierto que el PP ha recuperado a un Aznar rutilante que muchos habían olvidado, es verdad que después de meses de angustia han recuperado la sonrisa. Todo eso es verdad, pero también es cierto que no se puede jugar siempre en el filo de la navaja, que en política no se puede estar arriesgando todo en el último minuto, y que tampoco deberían caer una vez más en una prepotencia que ha llevado al PP a cometer errores de principiante en esta ultima legislatura.
Los populares afrontan en los próximos meses tres envites, que aunque de distinta dimensión, tienen todos un alto valor político que nadie debería infravalorar. Estamos hablando del Debate sobre el Estado de la Nación, de una posible y necesaria crisis de Gobierno y del complicado proceso de la sucesión.
El Debate sobre el Estado de la Nación, que todavía no tiene fechas oficiales, aparece en el horizonte previsiblemente como el último gran "enfrentamiento político" entre Aznar y Zapatero. En el PP se recuerda con verdadero pavor el Debate del año pasado en pleno mes de julio, con la crisis de Gobierno recién ejecutada, con la huelga general muy reciente y con la crisis de Perejil en la retina. Un Debate que quizá Aznar no perdió, puesto que es muy complicado que un presidente del Gobierno pierda un debate de esas características, pero del que sí se recuerda la imagen abúlica de Aznar, sin fuelle, sin fuerza y sin ganas. No supo vender su gestión, y lo que es peor, llevó la preocupación a sus más íntimos colaboradores. “¿Qué le pasa al presidente?”, se preguntaban todos, sin encontrar respuesta. Ahora, un año después, esos mismos asesores apuntan que el presidente en esta ocasión no puede bajar la guardia, y añaden que después del esfuerzo de las municipales deberá neutralizar a Zapatero para que el PSOE no pueda interferir en la sucesión. En el PP quieren ven a un Aznar robusto en un Debate que es el último para el actual presidente y que debería marcar la pauta del pulso político en los últimos meses de la legislatura. "Si Aznar flojea, el partido se descompone", reconocen. "Necesitamos ver al presidente fuerte para afrontar el momento más importante del partido desde el 86", concluyen.
De la crisis de Gobierno nadie quiere hablar en los círculos cercanos al poder, nadie quiere hablar, pero se da como segura y necesaria. ¿Cuando? "Cuando el presidente quiera", contestan en medio de una risa nerviosa y convulsa. Es ya una realidad que este Gobierno ha durado sólo un año. No es un problema de nombres, es una cuestión de imagen y de capacidad de respuesta. En esta ocasión no es necesario sacar una larga lista de agravios. Simplemente con echar un vistazo a la hemeroteca comienza a salir "pifia tras pifia". Se decía hace un año que el Gobierno de julio de 2002 era el Gobierno de la despedida de Aznar, con todos los "pesos políticos" del partido; un año después ya no se puede decir lo mismo. Ha faltado cohesión en la coordinación, rapidez en la respuesta, frescura en la gestión. Quizá el presidente Aznar no aborde una gran remodelación, pero aprovechando la obligada marcha de Josep Pique –de quien dicen ha sido ministro de Ciencia y Tecnología– el Jefe del Ejecutivo se verá obligado a ampliar esa remodelación al máximo para que su Gobierno termine esta legislatura con un brío, del que ya carece hace meses. Este gobierno esta cansado, y necesita una inyección que pueda revitalizar el tramo final de una legislatura, un tramo final que por la marcha de Aznar se convierte en altamente peligroso, a no ser que quieran poner ya el cartel de "cerrado antes de tiempo".
Y llegamos a la sucesión. Sin duda el acontecimiento político más importante de lo que queda de legislatura. Ciertamente José María Aznar, con los resultados electorales en la mano, tiene toda la capacidad de movimiento que quiera. El calendario lo marcará él, el método también; sin olvidarnos de las formas y de la liturgia. El decide todo, pero también asumirá toda la responsabilidad. Y lo que no se puede poner en duda es que los nervios están subiendo por minutos. Después del golpe de efecto del 25 de mayo, ahora se comienza a volver a la realidad. "Ya no hay marcha atrás" dicen, "nos la jugamos de verdad" explican. Estos primeros días después de las elecciones han pasado con cierto sosiego, pero ya no habrá muchos días de tranquilidad. "En otoño es la elección", comentan en el PP, pero "hasta entonces esto va a ser a brazo partido". En fin, que la historia de la sucesión ha comenzado a escribirse ya, que las decisiones que se puedan tomar tendrán siempre una clara influencia de la actualidad política, y que no hay margen para la duda o para el error.
Nos encontramos ante el gran "puzzle" del PP, hay fichas más importantes que otras, pero todas son necesarias para terminar de armarlo. Todos los escenarios que están en marcha tienen diferentes importancias, pero todos son imprescindibles para que el producto final sea el adecuado. Si bajan la guardia en alguno de los asaltos, si se confían como tantas veces lo han hecho, lo pueden estropear. Y, desde luego, no están para juegecitos. ¡Ellos sabrán!

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