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Columna publicada el 03-07-2001
Corría el mes de julio de 1994, esta profesión periodística me había llevado a Londres. Llegamos a aquel verano caluroso dejando atrás un curso intenso en lo informativo. El primer ministro John Major estaba dando sus últimas bocanadas, vivía atosigado entre las luchas intestinas de los “Torys” y la crisis de las vacas locas que arreciaba entonces en las Islas Británicas. En aquel momento, cuando el Partido Conservador estaba a punto de cerrar una etapa, apareció en escena un joven político nuevo en las formas y en los mensajes.
Superficial en todos sus aspectos, pero novedoso y fresco frente a una vieja estructura conservadora que rechinaba y que mantenía todos los “tics” de la Dama de Hierro. Quizá fue determinante que Tony Blair llegara de forma imprevista. Pocas semanas antes había fallecido a consecuencia de un infarto John Smith, que entonces parecía el insustituible líder del laborismo británico.
Era junio, en Londres hacía calor. Mientras Conchita Martínez ganaba en Wimbledon, Tony Blair se convertía en el nuevo líder del laborismo británico, en aquel famoso cónclave celebrado en el barrio londinense de Islington. Con Blair despertó repentinamente un partido Laborista adormecido y noqueado por muchos años de superioridad “Tory”. Con Blair cambió la política británica en muy poco tiempo.
Observando a José Luis Rodríguez Zapatero en la presentación del manifiesto de la Conferencia Política del PSOE, existen muchos puntos de coincidencia: desde la “huida” al centro hasta la concepción “light” de la ideología política; desde los gestos suaves hasta el diseño del escenario. Tras haber superado el debate sobre el Estado de la Nación, muchos señalan la “estrategia británica” del secretario general de los socialistas. En apariencia todo es un calco. Todo, menos una cosa: el partido. Blair tenía a sus espaldas un partido con ganas de poder y dispuesto a cerrar todas las heridas.
Por el momento Zapatero tiene un partido dividido, controlado en muchas parcelas por los “barones” y con mensajes divergentes. Con este PSOE es imposible unificar un mensaje. Además, mientras no se demuestre lo contrario, este PSOE mantiene una dependencia mediática del Grupo PRISA. Zapatero busca desesperadamente las formas de Blair, pero todo es pura escenografía. Por el momento Islington no es Ferraz.

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