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El Cairo

Obama no actuó como Reagan

Jeff Jacoby

&quote&quoteReagan aprovechó la oportunidad de hablar en la Puerta de Brandemburgo: habló sin tapujos y ayudó a liberar la mitad de un continente. Todo lo que hizo Obama desde El Cairo, en cambio, fue pronunciar un discurso.

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Según dijo, Obama se fue a Oriente Medio para hablar con franqueza y seriedad sobre los asuntos que enturbian las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán. "Si queremos ser buenos amigos, hay que ser honestos", señaló en una entrevista justo antes de su visita. A su audiencia de El Cairo les advirtió de que iba a ser duro: "Debemos decir las cosas que nos reservamos y que con demasiada frecuencia sólo se expresan a puerta cerrada", por lo que iba a "hablar tan clara y directamente como pueda".

En algunas cosas, es cierto, el presidente fue bastante directo. Trasladó su hartazgo hacia aquellos que culpan de los ataques terroristas del 11 de Septiembre a una conspiración judía o americana (y en Oriente Medio hay muchos de estos): "Seamos claros: Al-Qaeda mató a casi 3.000 personas ese día" y "las víctimas eran hombres, mujeres y niños inocentes. Ahí no hay opiniones que debatir, son hechos que hay que combatir".

Más desdeñoso se mostró hacia el revisionismo del Holocausto, que también está muy extendido en el mundo árabe. "Seis millones de judíos fueron asesinados" por la Alemania nazi, "más que la población judía entera de Israel hoy. Negar ese hecho carece de fundamento, es ignorante y repulsivo", declaró Obama.

Es una pena que el resto de sus declaraciones no fueran igualmente claras. En su calidad de primer presidente estadounidense con raíces musulmanas, Obama despierta grandes ovaciones en Oriente Medio. Pocas veces un presidente tuvo una oportunidad mejor para abordar públicamente las patologías y los prejuicios que lastran a las sociedades islámicas, atrapando a muchos de los musulmanes del mundo dentro de culturas carentes de libertad e ilustración. Siendo candidato a presidente, había defendido que su experiencia de vida musulmana le daba autoridad moral para decir la verdad a los poderes islámicos. "Puedo hablar con fuerza", declaró al New York Times, "de la necesidad de que los países musulmanes se reconcilien con la modernidad".

Lamentablemente, eso es todo lo contrario a lo que hizo: Obama complació a su audiencia. En numerosas ocasiones elogió la historia y las enseñanzas islámicas y llamó la atención de manera insistente sobre los errores estadounidenses u occidentales (evitando pronunciarse en todo momento sobre los propios del islam contemporáneo).

Habló de democracia, por ejemplo, pero sólo en términos claramente tópicos ("la libertad de vivir como se elija" o "el gobierno del pueblo y por el pueblo"). Obama podría haber mencionado que la democracia brilla por su ausencia en casi todo el mundo musulmán, o podría haber invitado a la liberación de los disidentes políticos encarcelados. Podría haber utilizado su privilegiada posición para instar a poner fin a la opresión egipcia, que ya dura 28 años. Habría podido contrastar la democracia constitucional lograda en Irak con las desagradables autocracia y dictaduras de Oriente Medio. Podría haber ofrecido esperanzas y estímulo a los reformistas perseguidos y a los activistas democráticos. ¿Por qué no lo hizo?

"Quiero abordar... los derechos de la mujer", dijo el presidente, sin embargo habría sido mejor hacerlo teniendo en cuenta el espantoso sometimiento de la mujer en tantos países islámicos. Pero sobre eso –el apartheid de género en Arabia Saudí, la fanática misoginia de los talibanes, la extendida práctica de la mutilación femenina o los crímenes "de honor" de mujeres que se quedan embarazadas fuera del matrimonio– no comentó nada. Lo más cerca que estuvo de denunciar a los criminales que atentan contra colegios femeninos y asesinan a las profesoras fue observar tibiamente que "una mujer a la que se le niega la educación se le niega la igualidad". Él discrepa, apuntó, con los que piensan "que una mujer que elige cubrir su pelo de alguna forma es menos igual que el resto". ¿Pero qué sucede con las mujeres a las que sí se les obliga? Sobre ellas Obama guardó silencio.

Lo más asombroso de todo es que Obama no pronunció en ningún momento las palabras "islamista" o "islamismo". En un discurso dirigido a los musulmanes de todo el mundo, no hizo esfuerzo alguno por criticar el apoyo que el islam radical ofrece a la yihad. Habló simplemente de "extremistas", pero no dijo nada de la ideología religiosa totalitaria que los motiva. Obama podría haber asestado un golpe intelectual al islam radical desde el corazón del mundo árabe, pero no lo hizo.

El discurso de la Universidad de El Cairo podría haber sido para Obama lo que el discurso de la Puerta de Brandemburgo para Ronald Reagan en 1987. Reagan aprovechó la oportunidad, habló sin tapujos y ayudó a liberar la mitad de un continente. Todo lo que hizo Obama, en cambio, fue pronunciar un discurso.

Jeff Jacoby, columnista del Boston Globe. Sus artículos pueden consultarse en su página web.

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