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Columna publicada el 04-05-2004
Esta noche he tenido una pesadilla. El Gobierno convocaba unas elecciones adelantadas y el candidato del Partido Comunista, un tal José Saramago, lograba el sesenta por ciento de los votos. Ante las protestas del resto de los grupos políticos por lo insólito de los resultados, la Junta Electoral Central ordenaba que se volviesen a celebrar nuevos comicios una semana más tarde. Transcurridos esos siete días, los seguidores de Saramago conseguían incrementar su representación parlamentaria, obteniendo el ochenta y tres por ciento de los sufragios.
Confirmado el verdadero sentido de la voluntad popular, el ya presidente se dirigía inmediatamente a la nación en el que sería su primer discurso oficial. Con gesto grave, el líder del pueblo clavaba su mirada en todos los habitantes desde los estudios de Prado del Rey, para decir a continuación: “Españoles: tenemos todas las libertades, pero estamos dentro de una burbuja. En las elecciones, podemos quitar a un gobierno y poner a otro, pero no podemos cambiar el poder. El poder real es el económico y es el Fondo Monetario Internacional quien determina nuestras vidas”.
El nuevo gobernante, un hombre que se había hecho millonario por la vía de escribir best sellers que nadie leía pero que todo el mundo se regalaba entre sí por la fama del autor, hablaba a continuación de las diferencias entre la “democracia formal” y la “verdadera democracia”. También hacía mención a que agentes del FMI habrían hecho correr el falso rumor de que su partido organizó el asesinato de cien millones de trabajadores en los estados que controló durante el siglo XX. Sucedía en la parte de la alocución que dedicaba a denunciar el comportamiento “camaleónico” de los medios de comunicación. Un sector que él conocía como nadie porque llevaba veinte años ocupando portadas en ellos con sus declaraciones, manifiestos o pronunciamientos sobre cualquier tema; cualquiera, excepto la literatura, única materia por la que jamás mostraba el menor interés en sus constantes apariciones en mis oníricos periódicos, radios y cadenas de televisión.
Avanzada la alucinación nocturna, los falsos demócratas que habían monopolizado el poder con la ayuda de oscuros poderes económicos organizaban el hundimiento deliberado de un carguero que navegaba por aguas gallegas. Una vez descubierta su conjura, los seguidores del presidente Saramago cercaban y asaltaban de forma espontánea todas las sedes locales del partido de los conspiradores. Luego, un extraño atentado terrorista en el que aparecían implicados camellos de barrio, confidentes de la policía y pequeños delincuentes comunes, provocaba que la ira del pueblo, sabiamente encauzada por la autoridad moral del presidente, cayera de nuevo sobre aquellos filisteos vendidos al capital extranjero.
En ese momento, mientras por la única cadena de radio que siempre se había mantenido fiel a la verdad se difundían los gritos indignados del pueblo exigiendo que se desenmascarase a los “asesinos” del partido opositor, el presidente tomaba una decisión definitiva. A través de un simple decreto, suprimía la vieja Constitución para implantar la auténtica democracia, algo que, su partido y él llamaban la dictadura del proletariado.
Antes de despertarme, aún tuve tiempo de asistir a la primera quema pública de libros que organizaba el régimen. Por lo que recuerdo, en el aquelarre ardían libros de Pessoa, el reaccionario lisboeta que fundara en los años veinte la Revista Portuguesa de Contabilidad, esa falsa ciencia burguesa que el libertador se disponía a suprimir.
Justo cuando lanzaban a la hoguera El libro del desasosiego, el sonido del móvil me devolvió a la realidad. Era un mensaje, un SMS de cierto Rubalcaba. Pero sólo una hora más tarde tuve la certeza de que ya estaba despierto y de que todo había sido un mal sueño. Fue cuando escuché en la SER las palabras de Alonso, el nuevo ministro del Interior, sobre el control de los cultos religiosos.

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