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Entre un rufián y un payaso

Los italianos, igual que los españoles, no quieren oír la verdad. Al contrario, en el fondo, desean que se les engañe.

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Italia, eterna pista de circo donde siempre hay que esperar el más difícil todavía. Cuando ya semejaba imposible superar el histrionismo grotesco de un Berlusconi, irrumpe en escena el genuino sucedáneo transalpino de Chiquito de la Calzada, ese Grillo que a estas horas encarna al verdadero vencedor moral de las elecciones. Incapaces de tomarse en serio a sí mismos, los italianos parecen dispuestos a dejar el destino de su país y, lo que es peor, de Europa en manos de un payaso. De otro payaso, para ser precisos. Y es que quienes hoy se enfrentan en las urnas no son la derecha y la izquierda, sino la Italia adulta, responsable y sensata frente a la carne de cañón de Tele 5 y la demagogia populista.

A fin de cuentas, Grillo y Berlusconi representan las dos caras de una misma moneda: la política rebajada a espectáculo para consumo de las audiencias de los medios audiovisuales. Así las cosas, a nadie ha de extrañar que Monti, acaso el gobernante en activo más solvente que hay en Europa, ocupe un espacio marginal entre las preferencias de los espectadores. Tanto Monti como Bersani ofrecen aburridos razonamientos analíticos a un electorado que demanda explicaciones simples, emociones catárticas y fórmulas mágicas. Moralina barata y charlatanería milagrera, los ingredientes básicos de las respectivas mercancías que venden los otros dos. Es sabido, al contrario que el estadista, el político menor se esfuerza por adular a la muchedumbre dando satisfacción retórica a sus instintos más primarios.

Es el gran secreto de todos los cínicos que en el mundo han sido: decir solo lo que el público quiere oír. Y los italianos, igual que los españoles, no quieren oír la verdad. Al contrario, en el fondo, desean que se les engañe. Por eso la insólita supervivencia institucional de un vendedor de crecepelo tan aberrante como Berlusconi. Y lo mismo cabría decir de la imparable ascensión de su alter ego, el tal Grillo. Un rufián y un cómico condicionando el devenir futuro de Italia. Para eso sirvió Mani pulite, el golpe judicial dirigido por el Partido Comunista que iba a acabar con la casta. Tómese nota de lo que ocurre cuando la política se deja en manos de los que predican la antipolítica.

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