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La venganza póstuma de Tarradellas

Era la guerra. La del viejo Tarradellas, por entonces única voz capaz de levantarse frente al poder omnímodo de Pujol, debía ser acallada cuanto antes

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Algo inaudito en el muy hermético mundo de la omertà catalana, la historia de la gran estafa que dio origen a la fortuna del fundador de Banca Catalana y patriarca del clan de los Pujol, Florencio Pujol, el padre de Jordi Pujol i Soley, fue narrada en su día con todo lujo de detalles escabrosos por Manuel Ortínez, quien fuera consejero y hombre de la máxima confianza personal y política de Josep Tarradellas a su regreso del exilio francés. Así, gracias al entorno más íntimo de Tarradellas, acusarían recibo los anales del rocambolesco tocomocho maquinado en Tánger por Pujol padre con la complicidad de Josep Andreu i Abelló, el antiguo dirigente de la Esquerra que había creado de la nada el Banco Inmobiliario y Mercantil de Marruecos. Una súbita prosperidad económica, la de Andreu i Abelló, que acaso no fuera ajena, tal como ha conjeturado el viejo sindicalista de UGT Antón Saavedra, al saqueo del patrimonio del Estado español en el célebre pillaje del Vita, aquel yate que partió hacia México repleto de lingotes de oro y joyas tras el fin de la guerra (Andreu i Abelló, que años después sería nombrado consejero de Banca Catalana por Pujol hijo, formó parte junto con Indalecio Prieto del grupo que hurtó el cargamento de la nave a su llegada a América). Lo de Tarradellas tenía todo el aspecto de ser una venganza. Y lo era.

Mas remontémonos a los inicios de la década de los ochenta y al opresivo clima reinante en la pequeña ínsula Barataria recién construida por un Jordi Pujol presto a monopolizar hasta el último resquicio del poder civil en la región. Había nacido el Ubú president. Así, el 15 de agosto de 1982, La Vanguardia abría su portada titulando a cuatro columnas: "Josep Tarradellas, el primer sorprendido por ‘sus’ declaraciones a un diario madrileño". Luego, en el cuerpo de la noticia explicaba a sus desconcertados lectores que "una secretaria -no identificada- de Tarradellas indicó -a no se sabe quién- que éste se había enterado y había leído el polémico texto ayer lunes". El "polémico texto" era una larga entrevista concedida por Tarradellas a Iván Tubau que una revista del Grupo Zeta se había negado a difundir. Tras la censura local, un periódico de Madrid, Diario 16, la reproduciría íntegra. Pero, volviendo a la "información" de La Vanguardia publicada justo al día siguiente, el diario de mayor difusión y prestigio de Cataluña desvelaba que "otra fuente próxima y autorizada del expresident -La Vanguardia no tenía por fuente suficientemente fiable al propio Tarradellas- aseguró ayer que, en todo caso, la entrevista en cuestión fue realizada hace más de un año […] A la luz de lo expuesto, las manifestaciones publicadas por el diario madrileño hay que ponerlas, como mínimo, en tela de juicio".

Si, como mínimo, había que poner en cuarentena la palabra de una personalidad que en aquel momento ya ocupaba un puesto de honor en los manuales de Historia, se preguntará el lector en qué habría consistido la imperdonable falta de Tarradellas. La respuesta es simple: osó referirse al pujolismo tildándolo de "dictadura blanca". Era la guerra. La del viejo Tarradellas, por entonces única voz capaz de levantarse frente al poder omnímodo de Pujol, debía ser acallada cuanto antes. Perentoria misión, la de esparcir escoria sobre su figura, que le sería encargada a Josep Benet, el historiador aficionado y candidato a la Presidencia de la Generalitat que los comunistas enfrentaran contra el propio Pujol en las primeras elecciones autonómicas. De tal guisa, Benet, un turbio meapilas montserratino reconvertido a los cinco minutos de la gran victoria de CiU en el más fiel servidor del pujolismo, fue premiado por su nuevo jefe con la dirección de un neonato Centro de Historia Contemporánea de la Generalitat. Su misión: tratar de implicar por medio de todo tipo de insinuaciones y medias verdades a Tarradellas en la detención de Lluís Companys por parte agentes de la Gestapo en Francia. El objetivo de Pujol era acusar a Tarradellas de delator y, por tanto, de cómplice directo de los franquistas que fusilaron a Companys. Mas volvamos a Una vida entre burgesos, las impagable memorias de Ortínez, para saber de primera mano del asunto:

"En el libro del señor Benet sobresale como la cabeza de una serpiente una palabra: ‘delación’. Aprovechando las circunstancias más extravagantes, como las luchas entre el exilio y la oposición interior en torno a los juegos florales de Perpiñán u otras circunstancias, Benet acusa a Tarradellas de ser un delator. De hecho su libro es una invitación a que el lector convenga en que Josep Tarradellas fue un traidor a Cataluña. Pero la aparición de la palabra ‘delator’ tiene un alcance más amplio: me consta que Benet, desde su cargo de director del Centro de Historia Contemporánea de la Generalitat, se encaminó a la investigación de las presuntas responsabilidades de Josep Tarradellas en la detención del president Companys por agentes de la Gestapo. Se ha llegado a decir que se consultaron los antiguos archivos de la policía política alemana. Evidentemente, no pudieron encontrar nada. Del rastro de ese intento – bien miserable – ha quedado, sucia, la palabra. La última cosa. Breve y sintética: la primera obra global que se ha publicado en Cataluña sobre la figura del president Tarradellas ha sido escrita por un alto funcionario de la Generalitat de Cataluña, presidida en estos momentos [1993] por el muy honorable sucesor de Josep Tarradellas."

Gran verdad esa de que la venganza es plato que siempre conviene tomar frío.

* Segunda parte del artículo Les presento al patriarca Pujol.

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