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Podemos no va a desaparecer

La premisa de que el retorno del crecimiento económico sería la condición necesaria y suficiente para que el populismo se extinguiese se ha demostrado errónea.

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EFE

Podemos no va a desaparecer haciendo mutis por el foro por el hecho de que, por fin, el PIB español haya recuperado una senda de crecimiento próxima al 3% que lleva asociada la notable disminución de las estadísticas de desempleo. Esa es la gran esperanza inflada a golpe de voluntarismo que hoy comparte el grueso de nuestro establishment. Pero se equivocan. Y es que el Madrid con mando en plaza, víctima siempre de su irrefrenable tendencia al casticismo miope, como si lo que ocurre en España no tuviese nada que ver con lo que igual acontece en el resto de Europa y del mundo occidental, se empeña en ignorar lo que sucede a nuestro alrededor. Y lo que sucede a nuestro alrededor, sin ir más lejos en los Estados Unidos y en el Reino Unido, es la constatación de una paradoja política que, en su momento, también estaremos llamados a observar aquí, en España. Se trata del fenómeno desconcertante de que, a pesar de que tanto Norteamérica como la Gran Bretaña muestran unas tasas de desempleo muy bajas tras haber absorbido sus respectivos mercados laborales a la mayor parte de los trabajadores que perdieran sus puestos de trabajo durante la Gran Recesión, las fuerzas populistas, en ambos países muy sesgadas a la derecha, han continuado creciendo y ganando apoyo popular.

La premisa de que el retorno del crecimiento económico sería la condición necesaria y suficiente para que ese monstruo de siete cabezas, el llamado populismo que amenaza con poner en cuestión el canon socioeconómico de Occidente, se extinguiese, simplemente, se ha demostrado errónea. La economía crece, sí, pero los populistas, como el célebre dinosaurio de Monterroso, siguen ahí. ¿Cómo entenderlo? Pues reparando en el cambio profundo que, ya desde bastante antes de que estallase la crisis global, se ha producido en las reglas de funcionamiento de las economías desarrolladas de Europa y Norteamérica. Un cambio que tiene su expresión máxima en la ruptura del vínculo que siempre había existido entre los incrementos de la productividad y el paralelo de los salarios reales. Habiendo prácticamente pleno empleo en Estados Unidos, el fenómeno Trump y la honda irritación social que lo ha llevado en volandas hasta la Casa Blanca solo se pueden comprender si se toma en consideración que los salarios medios de los trabajadores norteamericanos llevan casi treinta años congelados. Un fenómeno, el del estancamiento crónico de las rentas del trabajo, que igual se da en Alemania o el Reino Unido.

Antes, el aumento general del empleo en los países desarrollados iba seguido por incrementos salariales. Ahora, al contrario, la disminución acusada de las tasas de paro puede aportar como corolario incluso una caída de los sueldos promedio. Y la razón no es otra que los empleos de nueva creación, puestos ocupados por personas con experiencia, formación y capacidades por debajo de la media, son retribuidos con salarios inferiores a los trabajos anteriores. En Gran Bretaña, por ejemplo, la recuperación de casi el pleno empleo ha ido acompañada de una disminución de los ingresos fiscales del Estado en concepto de IRPF. Una disminución, sí. La mayoría de los nuevos empleados gana tan poco a fin de mes que el Estado, tras años de ir elevando el umbral mínimo de ingresos a partir del cual se tributa por las rentas del trabajo, no puede cobrarles nada, o prácticamente nada, en concepto de impuestos directos. Hasta un medio tan poco sospechoso de dejarse llevar por tentaciones heterodoxas como The Economist ha teorizado sobre el "Estado exprimido" ante esta recuperación "rica en empleo y pobre en impuestos". Huelga decir que ese fenómeno se da exactamente igual en España, solo que corregido y aumentado hasta el infinito por la consabida penuria cualitativa de un modelo productivo basado en los servicios de gama baja y en el cemento. Así las cosas, en España, que ni es una isla perdida y aislada en medio del Pacífico ni tampoco una mónada de Leibniz, es de suponer que ocurrirá otro tanto de lo mismo que viene sucediendo por ahí fuera.

Olvidadlo, Podemos no va a ser flor de un día.

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