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Hace justo un año, diecisiete soldados españoles perecieron en el frente de Afganistán en el transcurso la guerra que sostiene la civilización contra el terror islamista. Ocurrió cuando viajaban en un helicóptero de combate de varias toneladas de peso. En el momento de desintegrarse en mil pedazos, aquel aparato iba pertrechado a rebosar de municiones, repleto de soldados armados hasta los dientes y cargado de cohetes listos para ser disparados. Por lo demás, se desplazaba con todos los sistemas electrónicos antimisiles activados, las ametralladoras de a bordo montadas y volando casi a ras de suelo, en la formación típica de contienda. Mas los adolescentes eternos del "No a la guerra" tampoco habían enviado sus naves a luchar contra los elementos. Así, la brisa del desierto, que es caprichosa y traicionera, apuntó cuidadosamente su mirilla contra aquel helicóptero, ignorando al otro que iba a su lado.
Y bastó una sola ráfaga, sólo una, para que se desplomase ardiendo sobre la arena. Después, el silencio. Almodóvar no dijo nada sobre el asunto, porque nada tenía que decir. Como Pilar Bardem, que pudorosa también calló. Al igual que Sabina y que Gurruchaga y que Miguel Bosé y que Suso de Toro. Ni siquiera el feroz Manolito Rivas llegó a intuir la menor sombra de alguna mano despechada tras las llamas que consumieron el aparato. En estos casos, ya se sabe, a los viejos roqueros siempre les basta y les sobra con la explicación de Dylan: la respuesta está en el viento y punto. Por su parte, los fragmentos calcinados que quedaron en el suelo tampoco estarían en disposición de hablar: fueron llevados al desguace para garantizar su discreción. Al mismo desguace en el que puede terminar la carrera del brigada Jorge Bravo, si le incoaran otro expediente por seguir formulando preguntas inoportunas.
Fue así, gracias a una sola ráfaga, como la oportuna brisa de oriente salvó in extremis los tres condimentos básicos de esa sopa boba intelectual que alimenta la santa alianza entre Zapatero y los antisistema que lo llevaran en volandas hasta La Moncloa: islamofilia, antiamericanismo y judeofobia. Porque muerto y enterrado el viejo sujeto revolucionario –la clase obrera–, nuestra izquierda acaba de descubrir que Alá es grande, muy grande. De ahí que, tras la indulgencia plenaria para los estudiantes de teología en el caso del Cougar, llegase el idilio platónico con el Partido de Dios en el Líbano. Y todo gracias al viento, a ese viento selectivo de Alá que supo encubrir la cobertura propagandística de Zapatero a los combatientes jihadistas del mundo entero, al tiempo que participaba a escondidas en el exterminio de esos mismos ahijados doctrinales. Al viento del silencio.

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