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Columna publicada el 08-12-2003
Los nacionalistas de CiU se fueron de puente con la sonrisa de los ganadores y regresaron con la mueca de los estafados. Mas empezó a preguntarse por la calidad de la mercancía que le vendían sus informadores cuando vio a Maragall y a Carod juntitos en el fútbol. Todo había ocurrido a sus espaldas. Mientras Madrid celebraba el aniversario de la Constitución, Cataluña vivía una revolución súbita y silenciosa. Tan silenciosa que ha pasado por encima de los negociadores Pere Macias y Josep Antoni Durán Lleida sin que los arrollados se dieran ni cuenta. Son tiempos para los enérgicos, para los muy despiertos, tiempos que no perdonan el letargo ni la flojera de los incrustados en el presupuesto.
Mientras los observadores diseccionan los detalles, las consultas, reuniones y asambleas a la espera de la investidura del nuevo presidente de la Generalitat el próximo día 16, alcemos nosotros la vista y tratemos de comprender algunas de las claves de la nueva situación. De entrada, ya vemos cómo piensa vender Zapatero a la nación la alianza de su partido con la organización con más posibilidades de romper España que ha existido en el último siglo: para que no veamos lo evidente, trata el hombre de distraernos con la invocación de los Juegos Olímpicos de 1992, y con el orgullo que sentimos entonces “como españoles, catalanes y barceloneses”, gracias a Maragall. No sé, como español, catalán y barcelonés, lo único que yo sentía en el verano de 1992 era la tristeza de vivir en un país gobernado por una ristra de chorizos de Cantimpalo.
Se ponga como se ponga Zapatero, lo de Cataluña acaba con todas sus opciones en una carrera hacia la Moncloa que, de todos modos, tenía muy cuesta arriba. Dos asuntos estrechamente relacionados marcarán la vida política en el próximo año: la oferta de Rajoy al PSOE para alcanzar después de marzo grandes pactos sobre el modelo de estado y el desafío de Ibarreche, entre otros, y el incierto futuro de CiU. Es de esperar que cuando Convergència –pero sobre todo Unió– ayunos de presupuesto y completamente innecesarios en Barcelona y Madrid, vayan a llamar a la puerta del PP, Rajoy contenga su declarada disposición a ofrecerles ministerios y recuerde unas cuantas cosas: la estigmatización de sus partidarios en Cataluña, la condena de millones de ciudadanos a la diglosia, las diarias acusaciones de anticatalanismo a una parte de la población, la infecta propaganda sectaria de TV3, de Catalunya Ràdio y Avui durante todos estos años y, por último, el reciente, patético e inútil “sí a todo” a los independentistas.
Aprendamos de ERC, que ha dado una gran lección sobre cómo hay que tratar a CiU: que se arrepientan primero, que se desdigan, que entonen un inverso “sí a todo” y entonces y sólo entonces... tampoco hay que creerles. Sería una crueldad alargar su agonía.

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