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Han pasado más de veintiséis años desde la toma e incendio de nuestra embajada en Guatemala, donde perdieron la vida 37 personas, entre ellas todos los funcionarios españoles a excepción del embajador, Máximo Cajal. El fuego fue provocado por la policía guatemalteca siguiendo órdenes del presidente Fernando Romeo Lucas García, fallecido en 2005 (circunstancia que no ha impedido al juez Pedraz ordenar el pasado mes su busca y captura por genocidio).
En un sentido más amplio, la responsabilidad de los hechos, según los familiares de dos de las víctimas –nada menos que Eduardo Cáceres Lehnhoff, ex vicepresidente de la República, y Alfredo Molina Orantes, ex ministro de Relaciones Exteriores–, habría sido del embajador. Máximo Cajal lo explica así: "no pueden aceptar que quienes los condenaron a una muerte cierta formaban parte del mismo establishment al que pertenecían sus deudos" (El País, 29-1-05).
Una sombra tiene que haber perseguido al diplomático español durante todos estos años. Y no me refiero a la sombra que arrojan sobre él los Cáceres y los Molina, sino al remordimiento de haber sobrevivido a todos sus subordinados. Él lamenta el trato que le dispensó el gobierno de UCD al regresar a España, aislándolo de la prensa.
Diplomático desde 1965, intérprete de Franco en su entrevista con De Gaulle, en 2003 publicó el libro Ceuta y Melilla, Olivenza y Gibraltar ¿Dónde acaba España?, en el que defiende la "retrocesión" de la soberanía de Ceuta y Melilla a Marruecos, mintiendo (pues un diplomático no puede ignorar esto) sobre el estatuto de las dos ciudades, que considera colonias. Según declaró: "Hay que remediar una situación que me parece básicamente injusta. Una situación colonial que es una afrenta a Marruecos."
Máximo Cajal colaboró en la confección del programa electoral del PSOE y es asesor personal y representante especial del presidente Rodríguez para la Alianza de Civilizaciones, la iniciativa que el líder iraní Jatami presentó ante la ONU a finales de los noventa y que Rodríguez recicló ante la misma instancia en 2004.
El hombre que fue embajador ante la OTAN y principal negociador del acuerdo hispano-estadounidense de 1988, revela inquietantes afinidades con la República Islámica de Irán: "¿Por qué se la va a negar el derecho a tener armamento nuclear, cuando está rodeado de países que lo tienen?" Afinidades que lo apartan de cualquier posición homologable no ya con la Unión Europea, no ya con Occidente, sino con la comunidad internacional.
Afinidades que alinean al perpetrador del programa del PSOE en materia internacional con la potencia que arma y financia a Hezbolá, con el país cuyo presidente niega el Holocausto y declara la necesidad de borrar a Israel del mapa. La tiranía que con su programa de enriquecimiento de uranio amenaza la estabilidad mundial. Máximo Cajal, otro activo del presidente Rodríguez.

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